La eterna lucha

En estos tiempos donde las ideas para hacer un guión cinematográfico escasean y mucho, el cómic se ha convertido en una enorme fuente de recursos a la que cada vez se recurre con mayor asiduidad y que en muchas ocasiones sirve como aditivo a la hora de promocionar la obra de celuloide. Esto es así hasta tal punto que ya no se apela únicamente (y ya era hora) a los clásicos superhéroes de siempre, sino que se acude a infinidad de obras dentro de este amplio espectro, obras a las que el cine, en el fondo como hace con las novelas, puede deformar a su gusto, que puede ser bueno, malo o, como en este caso, regular.

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El germen literario (me atreveré a llamarlo así a pesar de que en el fondo no son más que monigotes según algún, seremos buenos, despistado)  de Los sustitutos es el comic de cinco volúmenes no muy voluminosos escrito por Robert Venditti e ilustrado por Brett Weldele en el que se nos adentra en un mundo perfecto donde la ausencia de criminalidad y la disminución de las enfermedades y unas cuantas utopías más se han conseguido gracias a que los humanos viven dentro de su bata anclados al sofá de casa, manejando a sus sustitutos que son los que se encargan de exponerse por ellos a la realidad diaria, ahorrándose así penurias tales como trabajar, morir atropellados o asesinados, contraer enfermedades sexuales, o besar o abrazar a sus seres queridos. Unos sustitutos mucho más guapos, por no decir perfectos modelos de televisión. Más la idea del juego Second Life que la de la película Matrix, a pesar de que el verdadero ser humano resulta tan inutilizado como en aquella, sirviendo solo como controlador de la entidad sustituta.

Este punto de partida es empleado por John Brancatto y Michael Ferris, colaboradores habituales del director Jonathan Mostow (Breakdown, Terminator 3) para construir el típico entretenimiento de acción que se ajusta a las necesidades de Bruce Willis y al público habitual de sus películas pertenecientes a tal género. Con un sentido del humor que hay que reconocer que sienta bien al film en contraposición al de su origen de papel, mucho más serio, se aproxima a la historia también desde una óptica más comercial (sirva como ejemplo que el compañero del protagonista es aquí sustituido por una fémina, Radha Mitchell para más señas), más optimista (el desenlace sin ir más lejos, siendo esto lo menos criticable visto el tono del film) y plagado de tópicos del cine negro (protagonista con problemas conyugales, el peso de la culpa de un hijo muerto a sus espaldas, es retirado del caso en el que trabaja y decide emprender su propia investigación,…), y esto ya no es tan de agradecer pues son tratados con tal dejadez a la hora de enfocar el guión que no se puede aportar apenas nada en ese sentido.

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Lo atractivo y lo profundo de una idea verdaderamente poderosa como esa, propia de una ciencia-ficción deudora de Phillip K. Dick, se diluye entre las escenas de acción, eso sí, brillantemente rodadas por Mostow, al que talento no le falta, y para darse cuenta no hay más que ver la espectacular persecución en coche de Greer (Willis) tras el sustituto secuestrado de su compañera saltando por encima de los vehículos. Es una suerte que un proyecto como este haya caído en manos de un director competente como él, que consigue transformarlo en un producto de verdadero entretenimiento, pero bastante más digno de lo que estamos acostumbrados en el Hollywood actual, en el que cabe destacar el cuidado y colorista trabajo en la fotografía de Oliver Wood.

Pero también es una pena que ese potencial presente en el cómic (del que también se obvian algunos detalles majos como el origen del profeta, aquí interpretado por el siempre enorme Ving Rhames) no se exprima como es debido. Probablemente una realización más underground y menos presupuestada hubiera sido más acorde al espíritu del cómic, pero también hubiese atraído a mucho menos público. Es la eterna lucha entre el cine como expresión artística o como inversión monetaria, entre trabajar en lo que uno quiere o en lo que puede y le conviene, entre tener un sustituto que nos haga la compra y los deberes o sacar a pasear a nuestro yo verdadero aunque tengamos que recoger su mierda del suelo.