La última transmisión del Mayor Tom

Aquí estoy flotando, alrededor de mi cápsula, lejos, por encima de la luna. El planeta Tierra está triste y no hay nada que pueda hacer». Estas son las últimas y enigmáticas palabras que el Mayor Tom transmite al Control terrestre antes de desvanecerse en al inmensidad del espacio. Más allá de nuestra atmósfera todo es misterioso, incomprensible, sobrecogedor. La frase promocional de una película que ahora cumple treinta años, Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979) y que tantas noches de insomnio nos provocó fue «En el espacio nadie puede oír tus gritos». Tal vez, porque allí no existe nada y tan sólo es el lugar que forma una suerte de representación de la soledad. La cara oculta de la luna todavía nos provoca escalofríos ¿Qué oculta entre las sombras nuestro asteroide? El astronauta Sam Bell, después de tres años, quizá logre acercarse a la resolución del enigma. Tal vez, al final, la única respuesta sea perderse como el Mayor Tom entre las estrellas mientras desde la Tierra nos preguntan si hay algo mal y si el sistema está fallando.

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El alucinado Mayor Tom era el protagonista de una de las primeras, y más hermosas, canciones de David Bowie y sus imágenes parecían surgir como prolongación de la hipnótica 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968). El astronauta Sam Bell (Sam Rockwell) surge de la imaginación de Duncan Jones, también conocido como Zowie Bowie y no por casualidad hijo de un marciano llamado Ziggy Stardust, y durante los tres años que dura su misión en la cara oculta de la luna vive en una nave que podría pasar por aquella en la que navegaban Bowman y Poole a principios del Siglo XXI. Sin embargo, más allá de ciertas similitudes escenográficas y la aparición de un robot, que responde al nombre de GERTY, que podría ser un pariente lejano, más bien descafeinado, de HAL 9000, la ópera prima de Jones estaría más cerca de Solaris (Solyaris, Andrei Tarkovsky, 1972) que de la gélida space opera de Kubrick.

Moon por momentos tiene cierta calidez y sobre todo una melancolía presente durante todo el metraje muy humana que poco tiene que ver con la hermosa pero excesivamente tecnológica propuesta del megalómano autor de La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971). Sin embargo, las similitudes entre el film de Duncan Jones y el de Tarkovsky no van mucho más allá de la idea de la identidad. El cineasta construye a partir de la aparición del clon del protagonista una interesante reflexión sobre la identidad humana muy sugestiva pero que lamentablemente en demasiadas ocasiones se acaba quedando en la superficie. El camino que se opta para la resolución del conflicto es más dramático que intelectual, por eso los paralelismos con la obra de Tarkovsky son en definitiva tan discutibles como los que pueda haber con la de Kubrick. Si debemos buscar la esencia y las raíces de Moon en otra película, acertaríamos de pleno si recordáramos la interesante Naves silenciosas (Silent running, Douglas Trumbull, 1972), pero si ampliamos nuestras miras nos daremos cuenta que este film se construye en base a la esencia de los años setenta. En un plano digamos superficial, porque rechaza de pleno la tecnología digital que tan frías está convirtiendo a demasiadas películas en los últimos años, a favor de las maquetas y trucajes que se utilizaban en aquellos años, pero sobre todo porque recupera, y además muy acertadamente, la aspereza, desencanto y sobre todo humanidad de trabajos que en su día firmaron cineastas como Robert Altman, Peter Bogdanovich o Jerry Schatzberg. De todas formas, todo esto no dejaría de ser secundario si Duncan Jones a la hora de construir su película no fuera coherente con la intención. Su puesta en escena se mueve entre la sobriedad y la corrección, y pese a que nunca llegue tan lejos como el material parece permitirle, la narración consigue en todo momento atrapar al espectador y transmitirle a la perfección la angustia del protagonista.

Mención aparte merece el notable trabajo del actor protagonista Sam Rockwell, quien compone dos personajes totalmente opuestos, pese a tratarse del mismo (!) y lleva brillantemente toda la película. Sigue siendo lamentable estar hablando de un intérprete (de los más solventes del actual cine USA) que no consigue salvo notables excepciones encontrar papeles a su altura y que de nuevo nos debería llevar a preocuparnos por la salud de la cada vez más hipotética fábrica de los sueños.

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La mejor manera de resumir esta obra es afirmando que está muy bien equilibrada. Es una narración lo suficientemente entretenida para poder atrapar a un amplio sector del público, sin caer en lugares comunes y tonterías diversas, pero por otra parte es una interesante reflexión sobre la propia condición humana, pese a que como decía más arriba, se muestre en exceso superficial en ocasiones en este aspecto. Moon consigue superar esa condición de híbrido y sin ser especialmente valiosa resulta mucho más estimulante que otros trabajos de ciencia ficción, teóricamente más arriesgados, presentados por ejemplo en el último festival de Sitges, como la insufrible Splice (Vincenzo Natali, 2009).

Creo no equivocarme al afirmar que esta película es un emotivo bastión de resistencia frente a un cine cada vez más técnico y menos humano. A principios de los años setenta, trabajos como Naves silenciosas podían ser saludados como interesantes films de género. A día de hoy, Moon sin ser objetivamente mejor, se convierte, en un panorama cada vez más desolador, en la más notable pieza de ciencia ficción que ha surgido del cine industrial en los últimos años.

En unas declaraciones, Duncan Jones ha afirmado que su siguiente trabajo estará situado en un futuro próximo y el personaje de Rockwell volverá a aparecer en un cameo. Sólo puedo decir que estoy impaciente.