Exhumación (digna) de un cadáver

25 de junio de 2009. Biblioteca municipal de Austin, Texas. Cerca de las dos de la tarde. El tiempo trascurre fatigoso en la zona pública de ordenadores y nada parece indicar un cambio repentino. Junto a mí, un hombre chatea con una desconocida. Un poco más allá, una chica tararea una canción procedente de un vídeo del Youtube. Detrás, un par de niños hojean una revista. Mientras tanto, yo me recupero del asfixiante calor exterior y echo un vistazo al correo electrónico. Escasas novedades. Cruzas el Atlántico y todo sigue igual. O casi. Porque, de repente, un grito retumba en la sala y el rumor inunda todo el edificio: Michael Jackson is dead! Michael Jackson is dead. La incredulidad se apodera del personal. Alteración, tecleo, movimiento. El individualismo da paso a la cooperación colectiva. ¿El objetivo?: encontrar una fuente fiable. La realidad: no la hay (¿la habrá alguna vez?). Sólo un medio online amarillista (TMZ) se ha tirado a la piscina y ha confirmado (sin pruebas) lo inimaginable. Nadie más se ha atrevido, pero tanto da. Ya es demasiado tarde. Pronto, los presentes parecen (parecemos) convencidos y se enorgullecen de saberlo en directo. La transmisión de la noticia trágica está, por tanto, en marcha y en breve será vox populi. Incluso antes de que la muerte (de un ser ya cadavérico) se anuncie oficialmente. Cosas de la sociedad global. O del cotilleo.

Con toda seguridad, en Los Ángeles el tumulto ya es, escasos minutos después, indescriptible. Los fans hacen guardia en el hospital (no nos cansaremos de verlo luego por televisión) e invocan a su dios sin lograr respuesta afirmativa. En otros lugares (más bien cercanos) se frotan las manos. No lo negaremos. El inesperado acontecimiento es, a todas luces, una gran oportunidad. Y los que tienen algo que decir en el negocio del espectáculo, no van a desaprovecharla. Esa misma noche, el mítico Drafthouse Cinema de Austin (contra)programa una sesión de madrugada dedicada al inventor del moonwalk. No me pregunten qué proyectan ni de dónde lo han sacado (¿acaso guardan celuloide de todas las estrellas moribundas en el desván?), pero a media tarde las entradas ya están agotadas y me lo pierdo. Las camisetas conmemorativas tampoco tardan en llegar (si acaso, un par de días) y pronto ocupan los aparadores turísticos de toda California con un eslogan de lo más llamativo: The Pop is Dead: Michael Jackson (1958-2009). Sin embargo, el gran golpe comercial aún no se ha concretado. O al menos no tenemos constancia de ello. Unas noches después, mientras bailamos al son del enésimo Thriller e intentamos ignorar el macrofuneral televisado, los ejecutivos de Sony negocian una inversión millonaria. Transcurrido un mes de la defunción del artista se deciden a adquirir los derechos sobre cien horas de material filmado durante los ensayos de This is it, un espectáculo escénico pensado para una serie de conciertos londinenses que el cantante estadounidense nunca llegó a celebrar.

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Hoy sabemos que, por problemas de salud, Jackson se vio obligado a cancelar (o posponer) su pomposo retorno a los escenarios. Pero es más difícil dilucidar hasta qué punto el exigente trabajo físico previo —comandado por el coreógrafo Kenny Ortega— avanzó (¿por fatiga?) su repentina muerte. Algunos fans así lo creen. Para ellos, este imposible tour (de force) británico —que pretendía ser una resurrección artística— ha sido más bien el anticipo del fin. Y quizá tengan parte de razón. Aunque, tal y como era de preveer, la película resultante de los ensayos —editada y dirigida por el mismo Ortega— no da argumentos (ni indicios) que nos inviten a seguir la teoría conspiratoria. Si no es un filme morboso…¿Qué es, por tanto, This is it? Pues varias cosas a la vez y bien distintas. No estamos —primera sorpresa— ante un producto hagiográfico. Ni tampoco —segundo motivo de alegría— ante un cansino reportaje plagado de bustos parlantes (aka entrevistas). Sino más bien ante un documento esencialmente musical —también superficial— sobre los entresijos del oficio y las entrañas del show business. Una suerte de making off de un concierto que nunca lograremos ver y al que sólo podremos acceder desde la imaginación (y a través de las pistas visuales que nos da Ortega).

Pese a lo dicho, el interés global del filme es más bien limitado para todo aquel que no sea un seguidor acérrimo de Jackson. De acuerdo, el realizador (el montador, si prefieren) huye de lo lacrimógeno (ni tan siquiera usa primeros planos) y se centra en exponer los hechos (las canciones) y en mostrar el proceso de creación (el prueba-error y su compleja representación en escena). Eso le honra. Pero su película nunca deja de ser, por lo demás, un refrito de imágenes intercambiables (sin firma, sin motivo claro) que poco nos aportan sobre la persona detrás del mito o sobre su singular visión de la música y la vida. A lo mejor, uno peca de demasiado exigente —se trata de un proyecto oportunista y hecho a toda prisa—, pero es lícito buscar en This is it algo más de lo que se nos ofrece. Y más cuando, para el recuerdo, nos quedan algunos instantes de aislada naturalidad: la danza solitaria de Michael, su complicidad con los músicos o la espontánea reacción de los bailarines elegidos para el show… Destellos que, en mayor cantidad, bien podrían haber aumentado el valor de esta curiosa superproducción que, al menos, logra exhumar con dignidad un cadáver. Y, por momentos, casi consigue redimir la deteriorada imagen pública de un Jackson que aquí aparece solícito, cercano y naïf. ¿Realmente se creía que iba a cambiar el mundo con la bondad de su música? Ciertamente, fue un personaje desconcertante. Tanto antes como ahora.