Conócete a ti mismo

El plano más significativo de la nueva superproducción de Roland Emmerich no es ninguno de los muchos que representan el Apocalipsis con un detallismo y una espectacularidad obscenos, embriagadores. Es aquel, apenas iniciado su desmesurado metraje, que nos muestra a Adrian Helmsley (Chiwetel Ejiofor) hojeando la lectura favorita de Ignatius Reilly, La consolación de la filosofía.

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Adrian está a punto de descubrir que, debido a los efectos de una tormenta solar especialmente virulenta, a nuestro planeta le queda poco para alborotarse «como un pollo olvidado en el microondas». Desde luego, ante tal coyuntura no están de más las reflexiones estoicas de Boecio, que animan a relativizar pasadas alegrías, apreciar la importancia de la mala fortuna para recuperar valores trascendentes, y aspirar al regreso a una Edad de Oro en la que la felicidad resida en conocerse racionalmente a sí mismo; jalones perceptibles, si se presta atención, de la ficción que nos ocupa.

Pero las ideas del pensador romano no son aplicables a Adrian: en su condición de brillante asesor presidencial, el científico tiene asegurado sin esfuerzo un billete a la salvación de unos pocos que preparan secretamente en el Himalaya las autoridades mundiales. Atañen más bien a Jackson Curtis (John Cusack), escritor de ciencia-ficción pluriempleado como conductor de limusinas a quien la destrucción pisa los talones sin descanso, aunque él logre salir indemne una y otra vez en el último instante merced a su única virtud palpable, la voluntad. Que, en cuanto humana, expresa para Boecio el movimiento de la razón y, por tanto, el camino correcto para cumplir con las etapas de perfeccionamiento reseñadas.

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Promocionando su anterior película, El Día de Mañana (The Day After Tomorrow. 2004), Emmerich afirmaba no estar interesado en adaptar al cine cómics de superhéroes: “No los leo. Soy incapaz de hincarles el diente. No sé por qué el mundo necesita superhéroes”. Una declaración de principios corroborada por su filmografía, en la que abundan protagonistas sin atributos a quienes les resulta muy costoso influir en acontecimientos de proporciones titánicas; acontecimientos descritos por el director alemán con equiparables apuros estilísticos: sus cintas están hilvanadas por incontables tomas frontales de escasa movilidad, en las que actores y objetos tienden además a ocupar el centro del encuadre, redundando en un estatismo y una arritmia fatigosos. Si su cine hasta la fecha era ínfimo, no se debía a que lo conformasen préstamos y clichés, pulp y supercherías, oportunismo coyuntural, pompa y circunstancias. Sino a que, como sus personajes, Emmerich se ha desvelado impotente para hacer otra cosa que reconocer esos aspectos. Con la posible excepción de Stargate: Puerta a las Estrellas (Stargate. 1994), sus escaparates han manifestado carecer de una dinámica de conjunto, de una sinergia entre los materiales de desecho manejados y su reciclaje. Los ojos de Emmerich eran los de un adolescente no demasiado despierto que emulase a sus mayores —Cecil B. De Mille, Irwin Allen, Steven Spielberg— regido por principios únicamente cuantitativos. Lo que le ha llevado, ante la falta de resultados convincentes, a una práctica temeraria del corregido y aumentado saludada ya con irrisión por crítica y aficionados.

Sin embargo, en 2012 uno ha percibido por primera vez signos de madurez en Emmerich. Quién sabe si, como en el caso de Jackson Curtis, fruto del triunfo agónico de la voluntad, de la persistencia en el género de las disaster movies. Así, el humor que salpica los hechos en los momentos más inesperados presenta una elaboración mayor de lo acostumbrado. Los peajes discursivos y sentimentales son despachados con un laconismo expositivo que bordea la crueldad (véase la despedida televisada del presidente norteamericano). La realización hace gala de un vigor inusual, casi una euforia que, dado que estamos asistiendo a la muerte de miles de millones de personas, permite hablar de guilty pleasure no tanto, en esta ocasión, por la nula calidad de la película, sino en términos de ética audiovisual, que Emmerich parece debatir con insertos tan perturbadores durante la fastuosa, antológica destrucción de Los Ángeles como el de una niña llorando aterrorizada o unos oficinistas colgando sin posible escapatoria de un rascacielos abierto en canal. El divertimento sin sentido de la medida y una imaginería cataclísmica que roza por instantes lo surreal, son compatibles con ciertas reflexiones acerca de la universalidad del instinto de supervivencia, ejemplificadas por ese dramático plano/contraplano que hermana a un ser humano y un animal presos de la misma situación desesperada…

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En tanto guionista y director, Emmerich continúa delatando numerosas insuficiencias; baste con citar ese clímax a varias bandas que resuelve muy confusamente. Pero a los aciertos consignados hay que sumar, por infantil y presuntuoso que pueda parecer viniendo de quien viene, una agenda política muy explícita, que certifica de la manera más gráfica posible el fin de Estados Unidos como superpotencia y el auge de China, así como las bondades de la Alianza de Civilizaciones (sic); y la inserción socarrona en lo narrado de claves culturales y mediáticas que enriquecen su disfrute (no suele contarse que Emmerich es un gran coleccionista de arte controvertido y con motivos sociopolíticos). Algunas de esas claves son obvias, como las referidas a Isabel II de Inglaterra, Arnold Schwarzenegger y Lady Di. Otras no tanto: el nombre del investigador enloquecido que interpreta Woody Harrelson remite al del escritor y explorador de lo oculto Charles Fort (1874-1932); el del afable presidente Thomas Wilson (Danny Glover), al del asimismo mandatario estadounidense Thomas Woodrow Wilson, impulsor de la Sociedad de Naciones y ganador del Premio Nobel de la Paz. Y el epicentro del tsunami que acaba arrojando el portaaviones USS John F. Kennedy contra la Casa Blanca se localiza en la bahía de Chesapeake, donde el hermano del presidente asesinado, el senador Edward Kennedy, dejó asfixiándose a Mary Jo Kopechne.

En su superficie, 2012 representa otra pica de Roland Emmerich en la nada cinematográfica. Soterradamente, da testimonio de un tipo sin grandes aptitudes que, al menos, empieza a conocerse a sí mismo y a gestionar con habilidad sus limitaciones e intereses. De ahí a encadenar películas potables, a lo mejor no hay mucho trecho. «Sólo el ejercicio y la paciencia robustecen las virtudes» (Boecio).