¿Y qué?

En 1976, Elia Kazan realizaba su última película, El último magnate (The Last Tyccon, 1976), basada, a su vez, en la póstuma e incompleta novela de F. Scott Fiztgerald, quien a partir de su experiencia como guionista en la década de 1930 lanzaba una visión bastante desoladora de la época dorada del cine de Hollywood que Kazan y Harold Pinter trasladaron a la pantalla. No era la primera película que se acercaba al tema, tampoco, obviamente, la última. Sin embargo, interesa en tanto a que su protagonista es el mismo que en Algo pasa con Hollywood (What Just Happened, 2008): Robert De Niro. De entes las posibles comparaciones entre ambas películas la presencia de De Niro resulta la más llamativa, quizá porque mientras que en la película dirigida por Kazan componía una de sus mejores interpretaciones, en la dirigida por Levinson se contenta con pasearse delante de la pantalla y sacarle partido a una experiencia adquirida y ganada con el tiempo película tras película. En ambos films sus personajes suponen el núcleo alrededor del cual giran los demás personajes así como la trama, quizá con más énfasis en Algo pasa con Hollywood (no hay plano en el que De Niro no aparezca), y mientras que en El último magnate su interpretación aportaba personalidad a las imágenes, en la obra de Levinson se alza como el símbolo indolente y desidioso de una película indolente y desidiosa.

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Que algo sucede en Hollywood lo sabemos desde hace tiempo y lo constatamos a lo largo del mes con el sinfín de estrenos que pululan por la cartelera. No obstante, Barry Levinson se ha propuesto en Algo pasa en Hollywood el mostrarnos cómo andan las cosas por la industria del entretenimiento norteamericana. Para ello, el productor, director y guionista Art Linson ha adaptado su propio libro, conformado por más de un centenar de artículos publicados en Rotten Tomatoes sobre su experiencia personal como productor para, en clave de amarga y de cínica comedia (en teoría), contarnos cómo es la vida de un productor en Hollywood hoy en día. Su alter ego es Ben (De Niro), un productor de cine que durante una semana (la película se estructura a base de los días de la misma más un salto temporal al final) se tiene que enfrentar a sus ex mujeres, a sus hijos de diferente edad, a una productora (Catherine Keener) quien demuestra que en ciertas cuestiones la diferencia entre hombres y mujeres no es tanta, a un director de cine (Michael Wincott) histérico e histriónico, a un actor (Bruce Willis) que no acepta el afeitarse la barba para rodar como afirmación de su personalidad (sic)… en resumen, un productor de cine que debe enfrentarse a todo y todos para sacar hacia delante su última película y no sucumbir. Uno cambia las piezas, los rostros, ciertas líneas argumentales y se encuentra con que ya ha visto Algo pasa con Hollywood: mostrar cómo funciona la industria cinematográfica norteamericana para, desde dentro, lanzar una mirada crítica hacia ella. Obviamente, siempre resulta curioso, que no criticable, que estas películas vengan firmadas y protagonizadas por profesionales que ocupan un lugar gracias, precisamente, a todo lo que critican en sus películas. No es reprochable el intento, por supuesto, aunque, a su vez, no se tenga demasiado claro a qué obedece tal deseo, qué se intenta conseguir con ello. ¿Demostrar a los espectadores, que se encuentran sentados en sus butacas contemplando la película que son parte de una maquinaria formada por arribistas, mezquinos e idiotas? ¿Decirles que el dinero que pagan o pagamos por cada entrada no es sino una leve aportación dentro de una aportación mayor para alimentar tripas, egos, coches, ex familias y viajes? ¿Anotar que a los productores de la industria cinematográfica norteamericana, en general, les importa más bien poco las cuestiones creativas de una película y más bien mucho las recaudaciones en taquilla no teniendo escrúpulo alguno de comportarse como mafiosos en sus actos y decisiones con tal de salirse con la suya?  Las anteriores, y otras, son cuestiones que surgen en el visionado de Algo pasa con Hollywood. Sin embargo, hay otra que me planteo a tenor del resultado, ¿era completamente necesario incidir en un tema de la misma manera en que lo han hecho otros y, lo que es peor, de manera plana, aburrida y, en ocasiones, incluso irrisoria? Básicamente porque todos los involucrados en la película, supongo, han buscado, además de lanzar esa feroz crítica a las bases hollywodienses, ganar dinero. Y en esta interesante contradicción surge la duda de si es posible, en verdad, llegar a algo con planteamientos como el que presenta Algo pasa con Hollywood (que, además, y eso es imperdonable, no consigue ni hacerte reír). La película queda en tierra de nadie, dirigida por un Levinson que parece pensar que para ser un director moderno es necesario acelerar constantemente la imagen para que entendamos que Ben está estresado en sus idas y venidas por las calles de Hollywood, protagonizada por unos actores quienes podrían sacar mucho más partido a su presencia y no mostrar que están ahí como podrían estar en un balneario de vacaciones relajadoras.

Recuperando a Kazan: si El último magnate era una elegía a una forma de entender el cine que llevaba muerto ya bastante tiempo y, además, desde una perspectiva muy poco cinéfila y deconstructiva, Algo pasa con Hollywood es simplemente un paseo acomodaticio por los lugares comunes que todos más o menos tenemos en cuenta al pensar en Hollywood, tanto para lo bueno como para lo malo. Cuando a estas alturas se intenta mostrar que los productores son unos cretinos capitalistas, los directores unos genios incomprendidos, las cifras aquello que rige el destino de muchas personas en la industria y las alfombras rojas de Cannes un espectáculo payasesco, si no lo hacen con gracia o con mala hostia de verdad, lo que queda es Algo pasa con Hollywood y la pregunta, ¿y qué?