Encontrando a Ken

No es un secreto que a la gente de izquierdas nos molesta realmente el discurso oficial de los medios que se hacen llamar/ocupan el mercado de izquierdas. Nos asusta más El País que El Mundo, nos hace más gracia Losantos que Gabilondo (uno tiene un hermano ministro y el otro no), para escuchar la SER nos ponemos Radio Marca y nos tomaríamos antes una copa con Bertín Osborne y Norma Duval que con el matrimonio izquierdisérrimo (yo antes trabajaba al lado de sus dos mansiones de izquierdas) de Ana Belén y Víctor Manuel. Yo a León de Aranoa no me lo creo, con el programa de El Gran Wyoming no me río, con las sexsymbols oficiales de la izquierda no me empalmo. Y, además de todo eso, al cine nunca lo juzgaré por su ideología. Como creo que tendrían que hacer todos los críticos de izquierdas.

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Pero donde digo nunca digo ahora y por una vez haré una excepción: no soporto el cine de derechas y por eso no soporto el cine de Ken Loach cuando se pone de derechas. No soporto al Ken Loach que reduce el mal a un malo y a su amigo. No soporto al Ken Loach que cree en la venganza violenta por encima del sistema judicial. No soporto al Ken Loach que hace un cine de Hollywood desde el lumpen (¿Lumpenywood?) con todas las características más reaccionarias y conformistas del mainstream californiano. No soporto que los personajes sólo sean malos al contacto con los malos (como si el mal de la sociedad de la globalización residiera en vampiros), que la culpa y la redención judeocristiana sea tan persistente como acogedora. No soporto que para dar pena haya que dar lástima, no soporto que los trucos de guión se cuelen en los bares donde van los padres de mis amigos y los amigos de mi padre. No soporto el reduccionismo, ni el sectarismo, ni las mentiras demagogas. Aunque se digan de verdad.

Por eso el cine de Loach, tan anquilosado como obsoleto, tan formulario como complaciente, hace tiempo que dejó de parecerme destacable dentro del panorama actual. Su alcance es tan corto como sus miras y su acabado formal hace ya demasiado tiempo que parece formalmente acabado. Sólo algunas fugas temporales como las de El viento que agita la cebada (una película interesante pero alargada y a ratos exhibicionista) pueden sacarles del pozo conformista de su inconformismo de salón y de su humor aguardentoso sin punch ni swing. Aquí todo parece orquestado para sacar a relucir la rebelión y la humana contundencia de Riff Raff, la honestidad sin resquicios ni esquinas de Lloviendo piedras o, incluso, la furiosa toma de conciencia cotidiana de, la ya un poco acomodaticia, Mi nombre es Joe, pero todo se queda en trasunto y en impostura, en sucedáneo que intenta mantener la esencia de un cine que se ha convertido en tan repetitivo, previsible y pesado como para provocarnos más ardor en el estómago que placer en el paladar.

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A pesar de todo eso, Buscando a Eric tiene un detalle que la salva del desastre absoluto y le confiere cierta hondura y un halo de esperanza. La presencia de Eric Cantona le sirve a Ken Loach como metáfora de triunfo del trabajo, la motivación y la confianza en uno mismo. El cartero protagonista está atravesando un mal momento y el delantero francés sirve como espejo que le devuelve la esperanza y la imagen de luchador que no se rinde ante los crueles avatares del día a día de la clase obrera. Ahí es donde, en la mejor escena de la película, el protagonista le pregunta a Cantona por su gol favorito y sorprendentemente el francés le habla de uno que él no metió. La película se convierte así en un homenaje a los Irwin, McLeary, Butt, Kanchelskis y demás gregarios que hicieron, con su trabajo oscuro, que Cantona haya sido nombrado mejor jugador de la historia de la Premier League. El cartero lo entiende y vuelve la mirada hacia los otros carteros que al final serán los que le solucionen la vida (cada vez más complicada) al protagonista. Ahí hay un retazo de quién fue Ken Loach y del que nos gustaría que volviera a ser.

Pero luego ves el gol que meten al final y es un fuera de juego tan grande como Old Trafford.