Imaginar, crecer…

Resulta curioso comprobar cómo la mayor parte de las personas con las que he tenido la oportunidad de hablar sobre el último film de Spike Jonze se hagan la misma pregunta: ¿verdad que no es para niños? Sin embargo, no creo que ésta sea realmente la cuestión de base sobre la que debería girar nuestra reflexión en torno a una película como Donde viven los monstruos. Porque, al fin y al cabo… ¿dónde se encuentran los límites del cine infantil? Y más importante aún, ¿existe de verdad un público infantil en la actualidad? ¿Con qué clase de películas deberíamos formar el imaginario de los niños? Precisamente nos encontramos en una época en la que los más pequeños comienzan a nutrirse con más celeridad  del universo adulto a través de un inadecuado uso de la cultura audiovisual, mientras al mismo tiempo consiguen una mayor permisividad por parte de los padres a la hora de imponer su voluntad. En ese caso, Donde viven los monstruos podría perfectamente ir dirigida a ellos, aunque también, quizás, pueda ir encaminada a sus mayores, a esa generación en edad de tener hijos que todavía sigue ensimismada en sus propias diatribas existenciales y no sabe cómo criarlos; niños mayores que todavía sueñan con el paraíso perdido de la infancia, niños egoístas que no quieren crecer y que se regodean en la ausencia de responsabilidades. Generación cubierta por el malditismo y la negación a la que pertenecería el propio Spike Jonze y el afamado guionista y escritor que colabora en el guión del film, Dave Eggers [1]. Generación que ha creado y sigue creando monstruos.

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Basada en un cuento corto de Maurice Sendak, Donde viven los monstruos se inserta dentro de esa estirpe de filmes que permiten a los niños aprender a través del conocimiento de sus propias diatribas infantiles y a los adultos a investigar acerca del sentido de su propia evolución emocional. Es una fábula que abre las puertas a la fantasía y a la vez es un cuento moral sobre el aprendizaje y el final de la inocencia. Es un viaje (real y simbólico) asociado a la idea de aventura, pero también a la de conocimiento. Un viaje que separa dos realidades que conviven entre sí a uno y otro lado del espejo, como le ocurría a Alicia en Alicia en el país de las maravillas o a otras homólogas más recientes como es el caso de Coraline en Los mundos de Coraline o de Sarah en Dentro del laberinto, al alcanzar a tocar deformaciones de una imaginación que, no por menos distorsionada, resulta más semejante al mundo de verdad.

El Max de Donde viven los monstruos es también un niño extremadamente imaginativo. Es capaz de inventar historias que sorprenden hasta a su propia madre. Pero Max está creciendo y eso provoca que todo el pequeño universo que se había creado a su alrededor comience a desmoronarse. Sus padres se han separado y su madre (Catherine Keener) apenas tiene tiempo para él. Su hermana Claire se ha instalado en la adolescencia y han dejado de tener la complicidad que los mantenía unidos. Ahora Max está solo, y su respuesta es la rabia e incluso la violencia frente a aquellas cosas sobre las que cree que ha perdido el control. Intenta llamar la atención a través del despotismo, del descontrol en sus reacciones… pero se siente perdido.

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Spike Jonze pone en imágenes de manera impetuosa y virulenta el comportamiento de Max a través de una cámara que sigue, airada, sus rápidos e imprevisibles movimientos. Parece como si el comportamiento del muchacho se quisiera regir por un principio de caos y anarquía, de desafío frente a la autoridad, así que, de igual forma, las imágenes que sustentan esa provocación, también tienen algo de reto, posiblemente el que Spike Jonze se crea a la hora de esculpir un cuento clásico a través de los moldes del cine independiente. Sin embargo, Donde viven los monstruos quizás sea el film menos forzado de la carrera de Spike Jonze y sin duda alguna, el menos pretencioso, el que llega de una manera más directa al espectador. Parece que del alambicamiento estructural de los guiones de Charlie Kauffman se hubiera abierto camino hacia un sentido más diáfano y transparente de la significación de la arquitectura y la lógica de la narración. Donde viven los monstruos es un film más intuitivo y en cualquier caso, más revelador a la hora de mostrar los procesos internos a través de los que evolucionan los personajes (tanto  humanos como bestias) en su intento de integración en el mundo que los rodea.

Max escapa de casa porque piensa que allí ha dejado de tener su sitio. Entonces emprende un viaje (no se sabe si real o imaginario) para alcanzar una dimensión paralela (un aspecto siempre presente de uno u otro modo en el cine de Spike Jonze) donde encuentra a una serie de monstruos[2], al mismo tiempo tiernos y peligrosos, que se convertirán en su nueva familia. Una familia excéntrica y salvaje (en cierto modo, un tanto primitiva) en la que, en un primer momento, Max piensa que puede encajar, sobre todo a partir del instante en el que las bestias lo nombran su rey y él es capaz de ejercer un cierto poder sobre ellas para imponer su voluntad y ser respetado y tenido en cuenta, al fin y al cabo, lo que tanto buscaba en su verdadera familia. Sin embargo, el germen de la discordia se encuentra esparcido en todas partes, incluso en los últimos lugares donde llega la fantasía. Por eso, el mundo recién descubierto, termina siendo en realidad una emulación virtual del que Max ya conocía en el momento en el que empiezan a sucederse las disputas y los malentendidos entre Max y los monstruos. Con la única diferencia, y de eso Max terminará dándose cuenta, de que realmente, ellos no son su familia, y la isla a la que ha llegado, tampoco es su hogar.

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Y es que las dificultades de la convivencia, la fragilidad de las relaciones humanas y las complicaciones que conlleva el mantenimiento de las estructuras familiares en la actualidad, se convierten en el germen matricial de un film que intenta poner en evidencia las contradicciones sobre las que asentamos nuestros pensamientos, angustias, deseos, intereses y decisiones. Al fin y al cabo, en eso consiste el aprendizaje y la evolución como personas… y eso es algo que no sólo se lleva a cabo durante la niñez, sino a lo largo de toda nuestra vida. Puede que esa sea la razón por la que Donde viven los monstruos, sea una película quizás impactante para los más pequeños, y emocionante para los más mayores.


[1] Que también ha novelado el guión en el excelente libro «Los monstruos» (2009, Mondadori) que puede servir como complemento de la película o ser disfrutado de manera independiente.

[2] Creados a partir de técnicas que mezclan la imagen real con la digital: entre los muppets y los efectos CGI, lo que les otorga una complexión muy verosímil y humana. Donde viven los monstruos es el Cristal Oscuro (The Dark Crystal; Jim Henson, Frank Oz, 1982) del nuevo milenio.