Artefacto disfuncional

Todas las películas son discutibles. Bien por su contenido, bien por su forma, bien por el desequilibrio o la incoherencia entre ambos. También hay películas aparentemente impecables, pero que no expresan, que no emocionan: no comunican. Por fin, las hay que reúnen todo eso y ante ellas, de alguna manera, resulta complicado hilar un análisis con la suficiente habilidad como para no convertirlo en una simple enumeración de errores, incongruencias, confusiones, feísmos, vacilaciones o fallas insoslayables. El último filme de Trueba pertenece, en mi opinión, a este último grupo, y aunque intentaré no caer en ese listado interminable de imperfecciones, no prometo que lo consiga.

Decía «el último filme de Trueba», pero podría ampliarlo al anterior, El embrujo de Shangai (2002), otra obra completamente fallida. Y esto debe movernos a la primera reflexión: ¿es realmente Trueba un cineasta sólido o más bien el autor de un par de películas de interés lanzado al éxito por su Óscar en 1992? El visionado de sus dos últimos filmes de ficción no dejan lugar a la duda y, de hecho, causa desasosiego no hallar por ningún lado, a pesar de buscarlo, al director fresco y divertido de Belle Epoque (1992) o al cineasta brillante y expresivo de La niña de tus ojos (1998). ¿O es que la colaboración de Rafael Azcona en los guiones de ambas tiene mucho que ver con el resultado final? Esto nos lleva a otras dudas, como la de pensar si Jonás Trueba es el mejor guionista posible para El baile de la Victoria, o su mayor mérito es ser hijo de Fernando; o si Ariadna Gil era la mejor elección para el papel de Teresa Capriatti, o quizá lo determinante es ser cuñada de Fernando… Dudas.

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Lo cierto es que El baile de la Victoria comienza con cierta confusión narrativa, se desarrolla como un collage insostenible de tonos y temas, y termina vacía y muerta. En ningún momento logra Trueba traspasar la piel dura de unos personajes aparentemente blandos, ni trasladar al espectador la relación entre las emociones y las ideas. El fin de la dictadura chilena y la excarcelación de presos es una simple tramoya contextual, sin trascendencia alguna ni funcionalidad narrativa o sentimental. El filme se revela pronto como un hábil intento de buscar la emoción fácil mediante la mixtura de dos relaciones sentimentales de diferente procedencia pero complementarias, con el telón de fondo de la memoria histórica. Nada funciona por separado y, por tanto, tampoco en el conjunto, dejando así demasiado al descubierto el esforzado y fallido trabajo de guión.

Más sorprendente resulta, si cabe, el papel jugado por la dirección de Trueba, que no sólo no consigue en ningún momento levantar el vuelo de un relato cojo, manco y ciego, sino que, además, contribuye en algunas ocasiones a impulsarlo hacia el fondo, con escenas tan impostadas y fuera del tono del filme como aquella en que la muda Victoria (Miranda Bodenhofer) huye corriendo por la ciudad y se baña semidesnuda en una fuente (¡con música del cine de Kieslowski!); o con imágenes decididamente horribles (el primer plano sostenido de Ricardo Darín en el karaoke, el contrapicado de Ángel –Abel Ayala– y Victoria cabalgando bajo un cielo estrellado, el inserto de una mano ensangrentada, etc., etc.). Parece incomprensible que alguien que ha rodado La niña de tus ojos muestre aquí tanta impericia, o desgana, o tantas equivocaciones juntas…

Nicolás Vergara Grey (un siempre solvente Ricardo Darín, lo mejor del filme) es un celebérrimo ladrón de bancos que recién salido de la cárcel, tras la amnistía, acude en busca de su hijo y su mujer, Teresa, que está casada ya con un hombre rico. Ángel es un adolescente que sufrió abusos en su infancia y que, tras liberarse de prisión, quiere vengarse de aquellos hechos, pero conoce a Victoria, y el amor le impulsa a organizar un golpe, con ayuda de Nicolás, que le permita encontrar una vida mejor. Como todo melodrama que se precie, casi todo acaba bien, pero en ningún momento el espectador tiene elementos para comprender el comportamiento de Nicolás; no sabemos apenas nada de su mujer; tampoco Victoria, a pesar de su expresividad escondida bajo la mudez, logra nunca traspasar el terreno de la simulación; Abel Ayala intenta ser gracioso, pero no hace gracia. Todos son marionetas con una función predeterminada, que no viven, sino que actúan, y por eso nada funciona. Y entonces recuerdo las notables interpretaciones de Belle Epoque y de La niña de tus ojos, lo que me impulsa a creer que, además de un nuevo Azcona, Fernando Trueba necesita, para hacer buen cine, un casting acertado y unos actores en estado de gracia.