Arqueología

Acogida con éxito en festivales de medio mundo y seleccionada como representante uruguaya en la carrera para los Óscar, llega a nuestras pantallas la ópera prima de Álvaro Brechner, joven realizador de origen uruguayo afincado en Madrid curtido durante años en el mundo del cortometraje. Su debut en el largo puede considerarse una rara avis entre las producciones actuales. Donde el cine de autor suele esforzarse por desmarcarse de la mediocridad imperante a base de relatos elípticos y radicalidad formal, la película de Brechner toma la vía opuesta construyendo un relato que se sostiene mediante la estilización de materiales viejos que remiten, en un (algo forzado) ejercicio de atemporalidad, tanto al clasicismo formal y narrativo del Hollywood de los años cincuenta, pasado por el tamiz de la mítica cinéfila que creció añorando la pureza de ciertos relatos y personajes, como a cierta extensión  manierista de éste desarrollada ampliamente por los novísimos de la industria norteamericana de los ochenta: Spielberg, Coppola, etc.

Mal día para pescar adapta un brevísimo relato de Juan Carlos Onetti, «Jacob y el Otro», para dar cuenta de las andanzas por tierras latinoamericanas de un luchador alemán en horas bajas, Jacob van Oppen (Jouko Ahola), y su representante que se hace llamar “Príncipe” Orsini (Gary Piquer) y que a la postre se erige como verdadero protagonista del relato. La extraña pareja recorre pequeñas poblaciones organizando exhibiciones y combates de dudosa legalidad que tienen más de circo ambulante que de esforzadas demostraciones deportivas; cuando recalen en el poblado de Santa María  una serie de acontecimientos provocarán que sus miserias se vean expuestas poniendo en peligro su medio de vida y tensando la cuerda de su relación.

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Brechner y su equipo apuestan desde el primer momento por la creación de un ambiente aislado, ficticio y autosuficiente, que se sirve de multitud de elementos reconocibles para situar al espectador en un entorno mítico que bebe tanto del western, crepuscular o no, como del cine negro: carreteras polvorientas, partidas de póquer, austeros hoteles, misteriosas mujeres, sedes de periódicos locales, etc. entre los que, sin embargo, uno puede acabar por sentirse desplazado si no acata desde el primer instante el acuerdo propuesto por la película. Ésta, en su voluntad de recuperación entre nostálgica y arqueológica de cierto espíritu clásico ¾no tan alejada, por tanto, de las propuestas de alguien como Jose Luis Garci, como a primera vista pudiera parecer¾ tiende más por momentos a repetir ciertas formas características del cortometraje (por lo forzado de ciertas soluciones) que a una verdadera solidez en su construcción, haciendo siempre de lo pintoresco y lo peculiar, uno de sus elementos primordiales.

Afortunadamente, y pese a lo previsible de sus derivas argumentales, el relato termina por afianzarse en su último tercio, ganando al espectador a través de la convicción con la que despliega sus elementos, en especial en cuanto se refiere al trabajo  interpretativo y a la pausada observación de éste por parte de su director. Así, en estos tiempos en los que una (mal entendida) rapidez de las acciones impera, Mal día para pescar opta por la observación pausada, la escrutación sobre los rostros de sus personajes, sustituyendo, como Orsini en su relación con Van Oppen, sus eventuales carencias (afectivas / narrativas) por algo parecido a la amistad o el amor.