Itinerarios

1. La técnica

Una idea falsamente extendida: el cine de autor deja a un lado la factura técnica para refugiarse en la imprecisión del aplicado amateur (y que será generosamente disculpada según ciertas coartadas morales o económicas).

No podemos negar que en un determinado momento esto haya sido así para determinadas películas —incluso como afirmación, esta vez sí, estilística (del Neorrealismo al Nuevo Cine Americano)—, pero centrándonos en lo que incumbe al cine realizado aquí (España) y ahora, esta idea no puede seguir aplicándose indiscriminadamente sin incurrir en una falsedad.

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Viene a cuento esto para hacer una reivindicación técnica del cine de autor estatal. No escapa a nadie que en lo que se refiere a la mayor parte del cine de producción convencional (sea esto lo que sea) en nuestro país, las continuas muestras de dejadez no son tan sólo temáticas, sino también, y más graves, técnicas y formales[1].  Puede observarse, sin embargo, que de un tiempo a esta parte, en lo que se refiere a ciertos autores —en este caso Javier Rebollo, pero también José Luis Guerín, Isaki Lacuesta o Pere Portabella, entre otros— puede percibirse justamente una evolución opuesta. Hay pocos títulos en la historia del cine de nuestro país que posean la precisión de la que hacen gala, por ejemplo, En la ciudad de Sylvia (Jose Luis Guerín, 2008) o, sin ir más lejos, esta La mujer sin piano. Y es obvio que aquí no habamos de una mera cuestión de cantidad o de vistosidad de los recursos, sino de su más pura esencialidad, de concreción y capacidad de trabajo con los elementos propios del cine. A pocos puede escapar que la secuencia del café en el citado filme de Guerín es de una audacia y meticulosidad en lo que se refiere al trabajo de edición como pocas veces hemos tenido la oportunidad de ver; y que la puesta en valor del trabajo sonoro desde un punto de vista creativo —en todos los estados del proceso: de la grabación, a la mezcla final— en ambos filmes (a cargo en los dos casos de Daniel Fontrodona) supera con creces lo oído en la mayor parte de producciones. Hablamos de técnica sí, pero de la única manera posible: una técnica al servicio de las Ideas.

Resumiendo, cuando hablamos de cineastas como los citados no hablamos tan sólo de temas o de miradas distintas, peculiares, singulares, etc., sino que estamos en disposición de hacerlo de cineastas preocupados por su oficio y con una capacidad técnica muy superior a la demostrada por otros tantos e intercambiables directores[2] de reconocidas habilidades imitativas (cuando no, atléticas).

2. El cineasta

La mujer sin piano, viene a demostrar, una vez más,  que sin la forma, el tema casi siempre termina por ser un apéndice inútil destinado a perderse en algún rincón oscuro de la sala de proyección. He de decir que como espectador, poco me importan, a priori, las desventuras de la aletargada ama de casa, aquejada de acúfenos y soledad, interpretada por (la habitualmente insoportable) Carmen Machi, en tanto que figura representativa de cierto estrato social (aunque en este sentido cumpla certeramente su misión dentro del relato); sino que el interés por ella se pone en marcha por el modo en que ésta es mostrada, visualizada: es decir, por la rigurosidad del planteamiento formal impuesto mediante el constante trabajo de encuadres, composición, colores, sonido y espacios en off, que Rebollo erige a su alrededor.

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De la mano de su admirado Marcel Hanoun (Une simple histoire, 1958) y escoltado por el fantasma minimalista y serial de una Jeanne Dielman (Jeanne Dielman. Chantal Akerman, 1975) desposeída de cualquier deseo de venganza;  Rebollo conduce a Machi en un deambular hiperrealista por las calles de Madrid en el que se encontrará con soledades nocturnas tan gratas a Aki Kaurismäki y el esencialismo formal y  humorístico de Jacques Tati (reflejado en la incapacidad total de su heroína para la conexión con el mundo que le rodea, y que le impide conseguir nada de lo que pretende durante la mayor parte de su itinerario, aunque se trate de un simple bocadillo de calamares). Podríamos también, hablando de La mujer sin piano, en presuroso homenaje, hacer buenas las enseñanzas de Eric Rohmer en torno al tratamiento del espacio en el cine, quien señalaba a los verdaderos cineastas como esforzados organizadores de espacio. En sus imágenes, Javier Rebollo, hace una minuciosa tesis sobre cómo filmar y escuchar  la ciudad y la noche, evocadora y  absolutamente precisa, llevando de la mano ética y estética. Eso supone tanto como decir que con este film, Rebollo se incluye en ese selecto (por escaso) puñado de cineastas que pueblan nuestro cine.


[1] Indicar ya, que cuando hablo de técnica no hablo de tecnología ni de factura (envoltorio), sino de formas cinematográficas, es decir,  de su conjugación visual.

[2] Nótese que aquí me permito utilizar el término director en clara oposición a cineasta.