Una mala tarde la tiene cualquiera (título alternativo: Acepta el misterio)

Como al Jerry Lundegaard de Fargo (1996), o como al Ed Crane de El hombre que nunca estuvo allí (The Man Who Wasn’t There. 2001), al Larry Gopnik de Un tipo serio todo empieza a derrumbarse a su alrededor; como Barton Fink, inicia desde ese momento un imparable descenso a los infiernos. La diferencia es que él no ha hecho nada para que esto ocurra; en realidad, no ha hecho nunca nada.

Hay varias películas en el interior de Un tipo serio, pero todas forman parte de la misma, son en realidad inseparables —y si están espacialmente separadas, los Coen las unen, para que se confundan, como hacen con el montaje de los dos accidentes de coche que ocurren simultáneamente—: en Un tipo serio la historia de Larry, la de su hijo, la leyenda yiddish del prólogo, la historia del dentista, las pesadillas que atormentan a Larry,…. Del mismo modo que son inseparables los terrenos de Larry y su vecino, y cuando un abogado parece tener la solución acerca de los límites legales de sus respectivas propiedades, un inoportuno infarto deja el asunto irresuelto; del mismo modo que la realidad se resiste tenazmente a su compartimentación matemática, como queda claro en las clases de física de Larry, excepto seguramente para él mismo.

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Paralelamente a la historia de Larry discurre, como en un reflejo invertido, la de su hijo. Después del prólogo, la película empieza desde el interior del oído del chico para sin transición seguir por el de su padre, ahora observado desde el exterior. Los males de ambos se anudarán alrededor de una cantidad de dinero: la que tiene que pagar el hijo, la que se niega a aceptar el padre; sobre el dinero se cerrará también el relato, también invirtiendo los roles padre e hijo: el primero acabará aceptándolo, cediendo a la tentación, y el dinero que debe su hijo, contrariamente, terminará siendo no aceptado. En todo caso, ambas historias las concluirán los Coen con los signos de una destrucción próxima, con la aparición ineludible de malos presagios. Ambos, en fin, celebran su particular bar mitzvah, su rito iniciático de acceso a la adultez, y ambos lo hacen con la ayuda de la marihuana.

La enorme densidad conceptual de Un tipo serio está expresada con la prodigiosa ligereza de sus formas, en la que sin duda es una de las grandes virtudes del cine de los Coen. En su última película se mueven en la confrontación de una serie de términos enfrentados: El azar y el destino, la carencia de sentido del mundo y la idea de una divinidad que se lo otorga, el nihilismo y la responsabilidad moral, la razón y el absurdo, la ciencia y la fe. Todos en Un tipo serio procuran aprehender la realidad. Larry con las matemáticas y llevando una vida matemática, en que las rutinas son los términos de su ecuación; su hermano, Arthur, con un sistema que ha ideado para vencer al azar y hacerse rico con el juego; los rabinos con sus creencias religiosas y con los ritos de la comunidad; incluso el hijo de Larry intenta apresarla durante toda la película —en realidad, que lo haga su padre— a través de la antena de la televisión. Finalmente, tan sólo el principio de incertidumbre —al que ya recurriera con pretensiones discursivas, y mucho más toscamente, Álex de la Iglesia en Los crímenes de Óxford (2008)— ofrece una respuesta, que no es una respuesta, o al menos no la que a ellos les gustaría: la realidad no se puede aprehender totalmente.

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Y para un cineasta la realidad es su película: la tortuosa trayectoria de Larry por el relato discurre también paralelamente a la del espectador, ambos procuran encontrar un sentido a lo que va sucediendo, y en ambos casos de forma igualmente frustrada: uno de los grandes logros de la película reside en la recuperación del misterio en cuanto elemento dramático como no sucedía en su obra desde los tiempos, nada menos, de la magnífica Barton Fink (1991). Y es que en esta película los Coen ya no son dos sino tres, los tres rabinos a que Larry se dirige en busca de una explicación a las desgracias que lo persiguen: uno le dirá que todo depende de cómo se mire, del punto de vista adoptado, otro le contará una divertida historia que no significa nada, y el tercero ni siquiera se dignará a responder a los interrogantes de Larry, a su desesperada búsqueda de una explicación —el silencio de Dios, que diría Bergman—. Tres posibles definiciones, en definitiva, de lo que es Un tipo serio.