Un hombre, todos los hombres

Hace algo más de cuarenta años D. A. Pennebaker dirigía Dont Look Back (1967), una de las más celebres obras del cinéma vérité americano de los años sesenta, en la que el autor de Monterey Pop seguía la gira que Bob Dylan hizo por Inglaterra en 1965. En 2007 Todd Haynes dirige I`m not there —llegando sólo ahora a las pantallas españolas—, también inspirada en la vida y la obra del cantante de Minnesota. Aunque en principio ambas películas no pueden estar planteadas desde presupuestos más divergentes, incluso opuestos, resulta llamativo que ambas acaben arribando por caminos bien distintos a algunas conclusiones similares.

Pennebaker se planteó una película que, en la línea del cine directo en pleno auge en esos años y del que Penebaker es uno de sus principales integrantes, plasmara simplemente unos hechos, los relativos a la mencionada gira —y no tanto los conciertos como todo aquello que había alrededor: la vida en las habitaciones de los hoteles, el seguimiento de la prensa y de los fans, las gestiones del representante de Dylan,…— con la intervención mínima del director. Haynes —que en la parte interpretada por Cate Blanchett recrea algunas de las escenas de Dont Look Back, esto es, que transforma en ellas el documento en ficción— concibió su película como todo lo contrario, como una obra que exacerbara los elementos ficcionales en su acercamiento a Dylan, a partir de la evocación del pasado inmediato de su país, el de los años sesenta y setenta —o más lejano, como la época del salvaje oeste—. En el fondo, no obstante, ambas describen la vida de uno de los compositores más influyentes del siglo XX como lo mismo, como una historia de ficción construida alrededor de la estrella —por los que la rodean y por ella misma—, como una continua representación —que la presencia de la cámara no hace sino potenciar en Dont Look Back—, como la agotadora interpretación de un papel. Así, el que Haynes se aproxime a Dylan menos como persona real que como mito inagotable en el que convergen multitud de reflexiones acerca de los EEUU, justifica en parte cierto desequilibrio de que adolece la película entre la complejidad de su estructura y la simpleza de su/ s personaje/s, cierto vasallaje a la mitomanía en que a veces cae, cierta complacencia.

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Ya en Velvet Goldmine (1998) Haynes incidía insistentemente en esa idea, la de las estrellas del glam rock que recreaba como personajes de ficción —y aún más evidentemente en su corto Superstars: The Karen Carpenter Story (1987), en el que se acercaba a la trágica historia de la cantante de The Carpenters a partir de un relato interpretado por muñecas Barbie—, construcciones idealizadas con que satisfacer ciertas necesidades colectivas y paliar algunas carencias individuales. Haynes retrata a Bob Dylan como un personaje escindido en varios personajes —y uno de ellos, eso es importante, es el propio Dylan, el Dylan real, que aparece al final de la película—, multiplicado, a través de un relato también bifurcado en varios senderos, un collage que integra al personaje y a su obra, los hechos propios de cualquier biopic y elementos puramente ficticios, a partir de una narración interesada menos en los hechos que la hacen avanzar que en las digresiones que le confieren mayor amplitud. Es decir, a la hora de acercarse a la figura de Dylan, Haynes lo hace menos desde dispositivos narrativos que musicales, y eso como mínimo resulta coherente, es obvio, y más tratándose de un compositor tan poco narrativo como Dylan.

Durante toda la visión de la película no pude desprenderme, sin embargo, de una pegajosa sensación de impostura, de un molesto sentimiento de fraude. Ahora que escribo estas líneas pienso que tal vez estas impresiones sean también congruentes con los propósitos de Haynes. Tal vez al principio sentía que Haynes no se cree nunca la realidad que narra —un sentimiento que para mí restaba mucho valor a Lejos del cielo (Far from Heaven. 2002), el anterior largometraje de Haynes—; en este momento me queda la duda de si lo que ocurre es que Haynes en realidad siempre narra, incluso con toda la convicción de que es capaz, una mentira —y el ejemplo más claro es, de nuevo, el de Lejos del cielo: la mentira o el silencio de sus protagonistas, e indirectamente los de un sistema narrativo, el del Hollywood clásico, obligado también a mentir por omisión, a callar ciertas cosas-. Ahí encuentra, creo, una película como I`m not there su principal valor: su arquitectura poliédrica, su rechazo a efectuar un acercamiento unidimensional —mezclando dispositivos como el del documental, el reportaje televisivo, la entrevista, la ficción acogida a diferentes modelos genéricos: el western, los relatos itinerantes, la comedia, el drama de pareja,,…-, desmonta una de las principales falacias que perjudican a tantos biopics: la mentira de pretender que es posible reconstruir una vida, un personaje, aún más, una realidad. I`m not there es un filme sobre farsantes pero afortunadamente es también un filme que no esconde su carácter de singular farsa.