El cine que vemos

Disney siempre ha sido un compañero de viaje para cualquier generación de espectadores. Nuestro bautismo cinematográfico sucedió con la reposición de un clásico, se vio atravesado por la ingente producción televisiva que moldeaba la programación del fin de semana, y culminó —además de en el formato papel— en el descubrimiento, ya adulto, del universo cálido que habitamos durante nuestra educación sentimental. Ese continente animado fue la puesta en escena de nuestra novela de aprendizaje.

Para explicar lo que significa Disney como concepto habría que pensar en aquella escena de Inteligencia Artificial (A.I., Steven Spielberg, 2001) en la que la madre lee al hijo en estado de sueño suspendido un cuento clásico. O, tal vez, evocar la nave perdida que conserva los recuerdos de una diva de la ópera en La rosa magnética (Magnetic Rose, Kôji Morimoto, 1995). Ambos ejemplos, expresiones de un sentimiento que embalsama un tiempo sellado —que, sin embargo, forma parte de todos nosotros—, a la espera de que alguien lo despierte, reanime y viva de tal manera que parezca que nunca se detuvo.

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La sensación al ver Tiana y el sapo (The Princess and the Frog, Ron Clements y John Musker, 2009) es la de que el descanso tradicional de Disney no ha sido tal. La animación, más refinada sin por ello sacrificar el encanto de la vieja artesanía, redirige inmediatamente a aquel espacio que el cine digital reconfiguró a partir de diferentes premisas. Vuelven las canciones como expresión de la vida secreta de los personajes, la bonhomía enfrentada al interés despiadado, y el gesto naïf de héroes y heroínas que viven el sueño interpretándolo como realidad. Todo, con ese aire distendido de celebración —conectado íntimamente con los aires sureños de Louisianna, entre la música, la alegría popular y la magia propia de los ritos autóctonos—, como si el regreso al formato antiguo tuviese, al mismo tiempo, el carácter de una fiesta en la que la propia Disney convoca a lo mejor de cada una de sus producciones, para reenganchar las ilusiones perdidas.

La pérdida es, a menudo, el motor de búsqueda de los personajes disneyanos. Aquí, Tiana busca no perder el elemento —su futuro restaurante, Tiana’s Place— que mantenga con vida la memoria de los viejos tiempos, de los sueños familiares, el contacto con su padre fallecido y las aspiraciones infantiles de ver cumplidos los deseos cuando pasa una estrella fugaz. Las canciones apelan a que ya casi lo ha conseguido, con un esfuerzo que huye de la fantasía y recoloca a su heroína en el pabellón de los trabajadores de la América deprimida. Y, mientras tanto, el mundo marcha como una melodía alegre que transforma un baile de máscaras en la repetición imposible del encanto de La bella durmiente (Sleeping Beauty, Clyde Geronimi, 1959). Tchaikovsky en mitad de la vivaracha Louisianna.

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Ron Clements y John Musker, revisando la tradición helena, a Hans Christian Andersen o a R.L. Stevenson, aportaron una dimensión entre romántica y posmoderna, en la que la ironía se abrazaba con el poso que cualquier clásico deja en nuestro interior. Tiana y el sapo prolonga el esquema de sus precedentes al combinar, por ejemplo, flashbacks cómicos enfocados en la figura del caimán Louis con el entorno de melodrama sureño que apuesta por la determinación de la voluntad. En Tiana la fantasía consiste en tener un lugar en el mundo, Tiana’s Place; en ser alguien porque se han echado raíces, porque perteneces a un sitio concreto, tangible y material. Por mucho que príncipe y princesa, liberados del encantamiento que los convierte en sapos, sellen su unión en matrimonio y, como dictan los relatos, vivan felices.

El encanto perdido de la fantasía habita en los inmensos castillos de Disney, como aquel que aparece justo antes de cada filme, erigido ya en representación de la compañía. Es un sueño suspendido, atrapado en mitad del tiempo, como la nave que zozobra a la deriva sin rumbo aparente. Una arcadia que la propia empresa ha buscado resucitar alternativamente en Tiana y el sapo. Para ello, han vestido a su protagonista como una muchacha que vive el aprendizaje de manera fantástica hasta culminar en su propio lugar, que le ha llevado del sueño al deseo, de la voluntad a la realidad.  De este modo, el cuento adquiere un sentido renovado por las circunstancias y Tiana ejerce de metonimia de la propia Disney: Necesita un espacio en el que el recuerdo eche raíces, el palacio se habite, y toda la calidez del trazo y las buenas intenciones tengan correspondencia en una realidad tragicómica que habla de convicciones y empeño. Algo que, nosotros, los espectadores, sintetizamos en el paso del cine que vimos —con sus universos modelados a partir de nuestros deseos, anhelos e inocencia; los palacios deshabitados— al cine que vemos, preñado de contingencia, que apela a nuestra responsabilidad como constructores de todo relato.