Buenas intenciones

François Truffaut escribió en mayo de 1957, que los jóvenes cineastas en el futuro se expresarían en primera persona contándonos sus vivencias a la manera de un diario íntimo y  que las películas en definitiva serían un acto de amor. Estas hermosas palabras fueron redactadas por uno de los críticos más notables de la vasta historia del cinematógrafo, poco después de haber registrado su segundo cortometraje, que  suponía todo un anticipo de la que iba a ser su celebre opera prima, la inmortal Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, 1959). Poco, sin embargo, tenían de profético estas líneas que suponían, en realidad, además de toda una declaración de principios estético-morales, una reivindicación de una serie de miradas que el cine albergaba desde sus primeros años. No se me ocurre una forma mejor para abordar el debut como cineasta del popular showman Emilio Aragón que recurrir a esta afirmación de Truffaut. Y en este momento, muchos lectores estarán, tal vez, rasgándose las vestiduras por qué he osado, en cierta forma, equiparar al incuestionable autor de títulos como Jules y Jim (Jules et Jim, 1962) con quien fuera conocido como el atontado payaso Milikito.  Pero no encuentro forma más ajustada para aproximarme a Pájaros de papel, que asegurar que es todo un acto de amor. Obviamente, la película está plagada de errores, en muchas ocasiones garrafales y en otras inclusive imperdonables, pero a lo largo de todo su  metraje destila una particular honestidad, y sobre todo sinceridad para con el propio autor, que prácticamente no encuentra su igual en toda la producción española contemporánea. No resulta difícil encontrar las huellas de la familia del cineasta, y las suyas propias, en las andanzas de los cómicos ambulantes que tratan de sobrevivir durante los primeros años de la dictadura franquista. Pero por encima de cuestiones autobiográficas o no, la narración en todo momento nos resulta perfectamente coherente con la figura del autor, hasta alcanzar incluso en ciertas ocasiones una emotividad, quizá un tanto forzada pero incuestionablemente real y sobre todo sincera, como no se veía en el, cada vez más lamentable, cine español, desde hacía demasiados años, si exceptuamos, por supuesto, tan honrosas como escasas excepciones. Emilio Aragón ha construido uno de los films más sorprendentes de los últimos tiempos ya que se sitúa completamente a contracorriente de la producción nacional (desde los trabajos más supuestamente comprometidos hasta las estupideces con ínfulas de producción norteamericana, supuestamente destinadas a un público juvenil que en todo momento no disimula su desprecio hacia ellas, pasando por las clásicas marcianadas de autor). La película está cargada de una ingenuidad no siempre interesante, y parece buscar su público entre los espectadores más veteranos. Sin embargo, no estamos frente a un título conservador o acomodaticio. Nos encontramos ante un intento de narración en primera persona que recurre a elementos propios de épocas muchos más cándidas para conformarse, asumiendo con plena conciencia su condición de apátrida en el año 2010, encontrando ahí precisamente la curiosa fuerza que transmite.

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Lamentablemente, las buenas intenciones, y el magnífico planteamiento, de Aragón, chocan contra una serie de irregularidades que a la larga resultan definitivas para mermar el alcance de este emotivo trabajo. Pese a la indudable solvencia narrativa de buena parte del conjunto, la construcción en imágenes y la ejecución de muchas de las secuencias es en exceso irregular. El realizador alterna  auténticos hallazgos expositivos  con demasiados subrayados y superficialidades, desde un puñado de personajes absolutamente planos, hasta el abuso en la utilización de una enfática banda sonora, de la que también es responsable. Demasiado contemplativo y condescendiente, en muchos momentos, el conjunto  sufre un fuerte desequilibrio narrativo, especialmente en el tramo final, en el que se nos cuenta, de forma tan apresurada como atropellada, la fuga de los protagonistas rumbo al exilio en Argentina. Precisamente estos protagonistas, verdadero motor del relato, no acaban de encontrar nunca su auténtica esencia, quedándose demasiadas veces al borde la caricatura o la invisibilidad. El personaje más significativo para comprender este particular, es, sin lugar a dudas, Enrique, al que encarna el siempre solvente Lluís Homar, en uno de sus trabajos menos conseguidos, precisamente por su errática definición y/o evolución. A lo largo de la película, esta figura parece deambular buscando su propia personalidad sin éxito, hasta el punto de convertirse después de unas pocas secuencias en una suerte de fantasma/presencia que sigue a su compañero, sin tener ninguna facultad para inmiscuirse en los acontecimientos. Esta ausencia de alma se extiende a toda la troupe. Es de lamentar que la poca definición de los diferentes caracteres y sobre todo una errática dirección de actores reste alcance a la empatía que podría crearse entre el espectador y el intérprete. Así, Jorge Del Pino, encarnado por Imanol Arias, en su regreso a la gran pantalla después de varios años, resulta, en demasiados momentos, una prolongación del celebre Antonio Alcántara televisivo de la serie Cuéntame, más que un personaje con la suficiente entidad y las diferentes capas emocionales que precisa para existir plenamente. Al igual que el verdadero protagonista del film, Miguel, quien no encuentra su verdadero lugar hasta los últimos minutos, convertido en una suerte de representación de toda una generación de artistas, que  prácticamente ya ha desparecido.

En este punto, no puedo dejar de recordar primerizos trabajos de Federico Fellini o Mario Monicelli, igualmente centrados en los entresijos de míseras compañías de artistas ambulantes, y en el certero retrato que conseguían, con apenas unas pinceladas, de todos los personajes, y en el espléndido cuadro social que trazaban de la Italia posterior a la Segunda Guerra Mundial. Sería descabellado comparar a Emilio Aragón con los dos maestros, incluso si recordamos títulos como El viaje a ninguna parte (Fernando Fernán Gómez, 1986) o Cómicos (Juan Antonio Bardem, 1954), Pájaros de papel se revela como una realización, siendo amables, poco interesante y/o conseguida. Pero al igual que podemos observarlo en Monicelli, Fellini o inclusive Fernán Gómez, hay una intención en Aragón. Una intención que se queda a medio camino y que naufraga en demasiados momentos pero que es honesta, y es  esa honradez la que  alimenta su opera prima y la que la aparta, al menos parcialmente, del fracaso.

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Por encima de todo, esta película es una inesperada y más que grata sorpresa. Una propuesta más que necesaria en una cinematografía cada vez más perdida en sinsentidos y absurdos. Resulta tan significativo como revelador que uno de los trailers que la acompañan  sea de un título a simple vista mediocre como Que se mueran los feos (Nacho G. Velilla, 2010), perfecto ejemplo del tipo de producción por el que apuesta buena parte de nuestro cine, ya que nos ayuda a la perfección a comprender que el primer film de quien fuera el temible Médico de familia, es una pequeña isla situada en medio de un océano cada vez más agresivo.  Nos encontramos frente a una película con un planteamiento y una ejecución totalmente cinematográfica, en la que apenas se aprecian ciertos resabios televisivos, que son precisamente los que  sin remedio hunden a muchos de los títulos españoles de la última década, que ni siquiera consiguen funcionar mínimamente en la pequeña pantalla, para la que parecen estar concebidos.

La última secuencia, una de las más emocionantes de toda la película, además de un sentido homenaje del cineasta a la figura de su padre, Emilio Aragón Bermúdez, el popular Miliki, nos devuelve de la mano de un Miguel ya envejecido, algo que parece importar muy poco al cine contemporáneo, la capacidad de soñar. Por encima de otra consideración, y siendo plenamente consciente de sus carencias, ampliamente enumeradas más arriba, estoy convencido de que Pájaros de papel, es el debut más importante de los últimos años en España.