Bendita heterodoxia

Los amantes de Taxi Driver (1976) tuvieron que hacer un esfuerzo adaptativo para creer que el musical New York, New York (1977) era también obra de Martin Scorsese, el cineasta nacido en Queens (EE.UU., 1942); Toro salvaje (Raging Bull, 1980) vino a desorientar de nuevo a quienes pretendían encorsetarle, y no digamos la comedia loca Jo, qué noche (After Hours, 1985); cuando dirigió Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) algunos le veían recuperado para el gran cine de autor, pero entonces se descolgó con la excelente e incomprendida El cabo del miedo (Cape Fear, 1991), un inaceptable filme de género; como muestra de que seguía haciendo lo que le daba la gana, a pesar de unos y de otros, dirigió Casino (EE.UU.-Francia, 1995) y Kundun (1997); la épica demostración de fortaleza escenográfica volvió a engañar a los talibanes de la política de los autores en Gangs of New York (EE.UU.-Italia, 2002), que se encuentran otra vez como pollo sin cabeza tras ver Shutter Island (2010). Y es que Scorsese es, bendita heterodoxia, algo tan sencillo y complicado como un magnífico director de cine que logra hacer suyas historias que no lo son: un brillante realizador de guiones cinematográficos. Para algunos es poco. Para mí lo es todo.

Quizá por eso, tampoco parece estar atinándose mucho con el tema principal de esta última maravilla. Sin duda, sobre Shutter Island revolotean el miedo, la locura, la guerra. Y muchos más temas. Pero lo que dota de coherencia a la compleja, rigurosísima y medida estructura del filme es el concepto dual realidad / relato.  Cuando el cineasta declara que en su última película “nada es lo que parece”, está definiendo el núcleo profundo de la misma. Haciendo uso de herramientas codificadas por el cine clásico, Scorsese nos introduce a través de un barco, al principio del filme, en una realidad que parece incontrovertible. Pero esa historia, que protagoniza el inspector Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio), comienza a verse salpicada por otra narración, existente en la mente del personaje, y relacionada con dos traumas de su pasado: la entrada como soldado en los campos de concentración nazis y la muerte trágica de su mujer. Entremezclados estos dos relatos, el espectador no deja de ver elementos que le producen un poderoso extrañamiento, y que le empujan inevitablemente a trazar su propia interpretación de lo que está viendo, cada vez más rota la evidencia de que lo que observamos es esa realidad antes incontrovertible. Daniels, cuyo relato sobre su propia vida no deja de llegar al espectador en ningún momento con coherencia, se encuentra en una cueva con un personaje que reforzará e impulsará la realidad de ese relato, en una escena clave de la película; pero en otra escena primordial, uno de los médicos del centro psiquiátrico donde el inspector ha acudido para llevar a cabo una investigación, el Dr. Cawley (Ben Kingsley) le da pruebas, aparentemente irrebatibles, de que la realidad de su vida es otra muy distinta; y, de paso, Scorsese nos da a los espectadores evidencias de que existe un relato alternativo a todo lo que conocíamos.

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Este gran cineasta de origen italiano nos dice, así, que la realidad es sólo un conjunto de piezas percibidas y sumadas por nosotros. Por eso tiene que hacer un ejercicio de funambulismo absoluto, hasta el mismo final del filme, sumiendo al espectador en un desconcierto total, sin anclajes ciertos: estamos encargados de reconstruir nuestro propio relato de experiencia fílmica. Es en este sentido en el que Shutter Island es una película valiente a rabiar, poderosamente contemporánea, de una madurez narrativa impresionante y, en fin, una de las obras clave, ya, del audiovisual del siglo XXI. Pero eso no es todo.

No es banal que el fascismo se encuentre en el relato soñado / recordado / imaginado por Daniels. Porque lo que ocurrió en los campos de concentración de los nazis se ha convertido hoy, para el hombre contemporáneo, en otro relato. Pero Scorsese nos muestra cadáveres amontonados una y otra vez, y la sangre manando de la sien de un oficial alemán que se ha suicidado: elementos indiscutiblemente tangibles, cruelmente reales, por más que se encuentren inmersos en un relato dentro de otro relato. Scorsese nos enfrenta así a la realidad del exterminio judío y del suicidio nazi, obligándonos a enfrentarnos a la presencia cruda de la muerte. Todo lo contrario que algunos ejercicios blandos y cosméticos (y diría que cobardes y hasta un punto hipócritas), como La ola (Die Welle, Dennis Gansel; Alemania, 2008) o La cinta blanca (Das weisse Band – Eine deutsche Kindergeschichte, Michael Haneke; Austria-Alemania-Francia-Italia, 2009) donde, respectivamente, el fascismo aparece como el resultado corregible de la irresponsabilidad de un profesor, o como la suciedad moral de un pueblo alemán en 1913 que, probablemente, tuviera algo que ver con el origen del nazismo. No, señores, el fascismo no está compuesto de probabilidades ni de pruebas de ensayo / error. El fascismo es —en color— sangre y montañas de cadáveres: por eso incomodan tanto esas imágenes de Shutter Island, porque Scorsese está sustituyendo el relato colectivo por la cruda realidad. Porque su cine no es sólo estética, sino también ética.

Estoy seguro de que cuando vuelva a ver esta película me gustará aún más. Es lo que suele suceder con las obras maduras, valientes y rigurosas.