Un lugar en el sol

Confundes tus privilegios con tu talento!», acabó espetándole Marlon Brando al beefcake endiosado de la temporada, Val Kilmer, durante el rodaje de La isla del Dr. Moreau (The Island of Dr. Moreau, John Frankenheimer, 1996). Sin duda, el lector contará a su alrededor con ejemplos palmarios de esa interesada confusión general entre los signos consensuados de talento —fácilmente aprehensibles por concretarse en réditos no ya económicos sino también sociales (los segundos son hoy, más que nunca, cómplices de los primeros)— y el talento real; cuya valoración lo debe todo a un criterio que no se forja llevando la vaselina y el bozal allá donde fueres. En el ámbito crítico, sin ir más lejos, no es raro toparse con plumillas arribistas, jefes de redacción negligentes y editores inescrupulosos, cuyos talentos para sus cometidos respectivos son mucho menos visibles que los ostentados para medrar y perpetuarse en posiciones de respeto, que escribiría Roberto Saviano.

Anvil. El sueño de una banda de rock es una película centrada en individuos cuya obsesión es el reconocimiento ajeno, las posiciones de respeto, auspiciada por un fan cuya obsesión ha pasado por sancionar sus derivas existenciales rescatando de una oscuridad supuestamente injusta y amarga a sus ídolos musicales de la adolescencia. Una combinación explosiva, que disfrutarán a tope quienes siguen haciendo apología del carpe diem, las flores del mal y el sexo, las drogas y el rock and roll mientras explotan al Estado o a sus sufridos familiares, amigos y parejas, aferrados a la calculada omisión de lo que el espejo inmisericorde de su cuarto de baño se empeña en mostrarles cada amanecer, a favor de la imagen ensoñada y obsequiosa que les gusta perfilar en los espejos deformantes del sarao en que procuran convertir el resto del día. Hipocresía pareja, en fin, a la que reseñábamos al comienzo, que tan bien enunció el atormentado Richard Nixon de Oliver Stone ante al retrato de John Fitzgerald Kennedy: «A ti te amaban porque, cuando te miraban, veían lo que querían ser. A mí me odian porque, cuando me miran, ven lo que son».

Por ello, no es de extrañar que Lips y Robbo, cabezas visibles del grupo Anvil, desplieguen mucho menos énfasis en la cinta que nos ocupa al hablar de su música —la inspiración, las estrategias y el sentido concurrentes en sus composiciones— que al hacerlo de cómo se les escapó la fama de que gozaron efímeramente al principio de su carrera, del peso de la justicia poética que esperan caiga sobre ellos antes o después, y del valor emocional de exponer frente a la cámara sus miserias en giras y sesiones de grabación. Como no es de extrañar que el productor, guionista y director Sacha Gervasi ponga en escena tales desvelos igual que lo hiciese como guionista de las ficciones The Big Tease (Kevin Allen, 1999) y La Terminal (The Terminal, Steven Spielberg, 2004); es decir, orquestando un relato quimérico lleno de tropezones ejemplarizantes y con final feliz. Es aquí donde conviene recordar que Anvil. El sueño de una banda de rock llega a los cines etiquetada como documental, lo que da pie a dos consideraciones.

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La primera: resultando iluso en nuestra era de la sospecha audiovisual establecer parcelaciones creativas inflexibles entre lo documental, lo pseudodocumental, el falso documental y el mockumentary, la adscripción de cualquier título en cuestión a uno de tales géneros ya no depende tanto de la voluntad programática del autor, como de las claves existenciales y culturales de quien mira; una apelación breve a la teoría del espectador que nos llevaría a situar Anvil. El sueño de una banda de rock —salvo en lo que respecta a la estampa de la cotidianeidad de Robbo y Lips, única que desprende un púdico hálito contemplativo— en algún lugar intermedio entre el mockumentary involuntario y la feel-good movie basada en hechos reales.

La segunda: si nos limitamos a tildar ortodoxamente la película de documental, no queda más remedio que dar la razón a Bill Nichols cuando afirma que «lo realista para una época es artificial para la siguiente, deben surgir nuevas estrategias para reflejar las cosas»; y aportar como críticos a las categorías por él establecidas a la hora de representar la realidad una nueva, acorde con nuestros tiempos, que podríamos llamar proactiva. Insuficiente ya para muchos el poder vindicativo de la ficción, lo real ha sido tomado por asalto y convertido en escenario adaptable a medida de la autoafirmación ideológica y vital de ciertos protagonistas y quien los filma; mientras que los acontecimientos adoptan forma de cliffhangers idóneos para la construcción de excitantes epopeyas de superación personal. El registro documental actúa en estos casos a modo de simple catalizador expresivo de la queja histórica, el resentimiento íntimo, la demagogia de clase, con el objetivo añadido sin demasiada sutileza de reivindicar un lugar en el sol. Tenía que ser Michael Moore quien exclamase que Anvil. El sueño de una banda de rock es «el mejor documental que he visto en años».