El lugar del drama

Llevo unos minutos en silencio leyendo un texto hecho a partir de imágenes del cine de Philippe Garrel. Y, como hace dos días, lo que más me sorprende es que la última imagen sea la pantalla en negro. Me intriga lo que significa, un punto de no retorno, un corte abrupto que preludia el vacío de los títulos de crédito. A partir de ahí, el drama no da más de sí y sólo queda el dolor. Por decirlo de alguna manera, creo que el drama va acercándose cada vez hacia ese espacio en negro que mantiene con vida las heridas abiertas; un espacio que se cierra con una mirada, un movimiento, que carecen del contraplano, de la respuesta, de la continuación. En otras palabras, un lugar, el drama, que no desea tanto continuar la vida como sí, en cambio, respetar el dolor.

Entre nosotros (Alle Anderen, Maren Ade, 2009) podría, desde su mismo título, definirse como ese espacio en negro que sentimos más cercano conforme el relato se acerca al final. ¿Recordáis al protagonista de Betty Blue (37º 2 Le Matin, Jean-Jacques Beineix, 1986)? Con la vida en contra, el amor se deslizaba entre sus dedos hasta diluirse en el dolor de aceptar la progresiva desaparición de su mujer. La sensación estaba ahí, como un nudo en el estómago, forzándole a admitir que nada duraría para siempre. Ni siquiera el recuerdo podría colmar la agonía de no volver a escucharla, sentirla, verla; de tener que imaginarla como un fantasma para recuperar a la mujer que amó.

Para Chris y Gitti, la pareja protagonista de Entre nosotros, la crisis significa no poder volver al pasado. Quizá porque ese pasado no existe y el presente les obliga a rehacerse satisfactoriamente —Chris se cuestiona su masculinidad y Gitti reclama su diferencia por encima de una realidad sentimental mediocre— para continuar juntos. Les obliga a ir dejando un poco de ellos mismos para acomodarse a una vida interior narcotizada y penosa, aquella representada por Hans y Sana. Una vida sin posibilidad de escape. Por más que lo intente, Gitti no puede escapar. Saltar por la ventana sólo la precipita contra la hierba del jardín provocándole una pequeña brecha en su rodilla. Hacerse la muerta no la transforma en un fantasma al que Chris pueda añorar. Sólo eleva el dolor de ambos porque ya no se quieren ni se comprenden, ni saben cómo quererse ni cómo comprenderse.

Me comenta un amigo, a propósito de un libro de Vila-Matas, una frase de Nicholas Ray: «El drama contemporáneo yo lo resumiría así: No podemos volver a casa». En Entre nosotros no volver a casa significa no poder amar, no poder reencontrarnos con el origen y la raíz que despertó nuestra relación. Cerdeña es un no-lugar, un espacio sin vínculos en el que Chris y Gitti deambulan mientras observan la descomposición de su amor, de su vida, de su pasado. En otras palabras, de todo lo que habita entre nosotros. A medida que el filme enfrenta su final, el vértigo aumenta y nos aterra que la última imagen pueda ser la pantalla en negro, la ausencia de contraplano que respalde una llamada de socorro —¡Mírame!, Ya no te quiero, ¿para siempre?—, una última respuesta. No queremos, como en El desprecio (Le Mepris, Jean-Luc Godard, 1963), aceptar el misterio del desamor, la realidad del dolor o la indiferencia que en el amor produce perder el pasado en común.

Empecé asegurando —ahora no lo tengo tan claro— que el drama no desea continuar la vida sino respetar el dolor. Pero en Entre nosotros el pánico a que todo acabe se torna en resignación, y el dolor, en otra parte más de nosotros que hay que aceptar. Aceptar la angustia, la pasividad, la carencia de final y de respuesta como algo natural; aceptar que el amor se deslice entre nuestros dedos sin que hagamos nada por recuperarlo. En definitiva, aceptar el final de la historia y la irrupción violenta de la pantalla en negro que suspende cualquier atisbo de respuesta. No podemos volver al pasado y sólo nos queda aceptar ese silencio como expresión de lo que hay entre nosotros.