Volare, volare…

Debo advertir al lector que soy una de las pocas personas que conozco que disfrutó viendo Caótica Ana (2007), hasta el punto de que, hasta ahora, era para mí el filme más acertado de Medem; y que soy también de los pocos que ha visto, con gusto, las siete horas de la versión completa de La pelota vasca, la piel contra la piedra (2003); y que las consideradas películas-cumbre del director, Tierra (1996) y Los amantes del Círculo Polar (1998) son, en mi opinión, quizá las dos menos satisfactorias. O lo que es lo mismo: mi relación con el cine de Julio Medem es problemática o, al menos, muy poco al uso. Podría definirla en pocas palabras: casi siempre disfruto de su cine, pero pocas veces acaba convenciéndome plenamente.

Habitación en Roma no es una excepción, aunque creo que es, por el momento, la película del cineasta vasco que más cerca queda de la excelencia. Dos de los grandes méritos de Medem, que logro reconocer incluso en sus películas que menos comprendo, aparecen aquí con brillantez: su indiscutible capacidad para narrar con la pureza de las imágenes y la habilidad de crear en cada filme un mundo nuevo. Habitación en Roma es una película extraordinariamente sensitiva, no sólo por el festín epidérmico y erótico sino, fundamentalmente, por el manejo coherente y exquisito de los colores, la música, la luz o los movimientos (de la cámara y de las actrices). Medem evita el sexo como una mezcla de fluidos corporales, o como una sinfonía febril, y lo convierte en una pequeña fiesta de cámara, donde las palabras importan tanto como el tacto, y donde las confidencias resultan tan eróticas como el roce de las pieles de Alba y Natasha (Elena Anaya y Natasha Yarovenko, ambas bellísimas y espléndidas actrices en un trabajo de máximo riesgo).

El riesgo es, con seguridad, el tercer gran mérito constante en el cine de Medem. Podríamos remontarnos al funambulismo narrativo de Vacas (1992), a la suicida valentía ideológica de La pelota vasca, la piel contra la piedra, o al desahogo visceral de Caótica Ana: da igual. El cineasta nunca ha dejado de explorar, de investigar, de huir de la complacencia, de asomarse al precipicio… En Habitación en Roma, donde sostiene a dos mujeres desnudas en plano durante casi dos horas, evitando al mismo tiempo la banalidad y la chabacanería, volvemos a encontrar ese amor por el inconformismo.

A pesar de la construcción artificiosa de casi todos sus filmes (este quizá sea el más naturalista, excepción hecha del documental sobre Euskadi), Medem suele conseguir pequeños momentos de una autenticidad emocional sobrecogedora que, además, logran traspasar la pantalla y alcanzar de lleno ese reducto de intensas emociones olvidadas que todos llevamos dentro. Me estoy refiriendo, en este caso, al momento en que Alba y Natasha, después de una noche de intimidad sentimental y pasión sexual, esperan sentadas en ese balcón de ese hotel de Roma, sencillamente, a que salga el sol; el nacimiento del nuevo día trae consigo la muerte decisiva de esas horas mágicas que ya no volverán; y esas dos sensaciones unidas, la de la maravilla vivida y la de la melancolía de lo perdido, que se concretan en las lágrimas de Elena, las revivimos en nuestro recuerdo (o las imaginamos) con una lucidez escalofriante. Uno de los momentos inolvidables de toda su filmografía.

El otro es la escena en la ducha, cuando las dos mujeres unen sus voces en el célebre Volare de Doménico Modugno, y entendemos entonces que uno de los grandes temas de la película, sino el más importante, como ocurre en buena parte de su cine, es la libertad. Esa habitación resulta ser, claro, un espacio de absoluta libertad, no sólo en comparación con la sociedad que existe fuera, donde ambas deberán cumplir después unos papeles que no les satisfacen… es algo más grande: un momento de máxima libertad en sí mismo, donde dos almas desnudas, con sus dos cuerpos desnudos, cantan y bailan alrededor de un pequeño universo de sensaciones que han creado exclusivamente para ellas, que no será compartido con nadie y que, además, jamás podrá repetirse. Y cabe recordar que este tema, el de la libertad, era la columna vertebral, que muchos no entendieron, de Caótica Ana, y lo que le daba su radical carácter feminista.

No insistiré, en este breve texto, en esa parte del cine de Medem, la del feminismo, porque es un tema demasiado delicado para tratar en pocas palabras. Pero diré dos cosas: que quizás es el gran cineasta español de la mujer, y quizá quien mejor entiende su psicología; y, en segundo lugar, que este filme —a pesar de algunos excesos— es probable que haya hecho por la visibilidad de las lesbianas más que todo el cine español junto hasta el momento.

Y, por fin, tampoco insistiré en las debilidades de Habitación en Roma, porque creo que no se le escaparán a casi ningún espectador: la escena de la flecha de Cupido y la bañera ensangrentada, me resulta muy difícil de entender en la coherencia del resto del filme; algunos diálogos de un artificio casi paródico («La historia nos contempla»); algunas licencias de puesta en escena verdaderamente lúdicas, pero mayormente innecesarias… No es, en fin, un filme redondo. Pero sí un filme emocionante y emotivo; un filme inmensamente bello; un filme inteligente y valiente. Creo que siempre querré ver más y más cine de Medem, por más imperfecto que sea… ¿O precisamente por ello?