Si las nubes saben a besos, ¿qué es lo que sueñan los elefantes?

Lukas Moodysson es, junto con Josef Fares o Maria Blom, uno de los pocos cineastas suecos contemporáneos que ha conseguido cruzar las férreas fronteras de sus país y alcanzar un indiscutible prestigio a nivel internacional. Sus films revelan por encima de todo un incuestionable sentido de la observación y una particular veracidad expositiva. En su, todavía breve filmografía, sigue destacando como la pieza más conseguida, la emotiva Together (Tillsammans, 2000), encantadora evocación de la cotidianeidad de una comuna a mediados de los años setenta.

Mamut, realizada después de la marginal y pseudo experimental  Container (2006), supone un importante punto de giro en su trayectoria. Filmada en Estados Unidos, Filipinas y Tailandia, con una pareja de intérpretes de renombre, con un presupuesto mucho más holgado que los manejados hasta la fecha y sobre todo con unas ambiciosas intenciones artísticas. A partir de tres historias, conectadas entre sí, el cineasta trata de teorizar sobre temas como la educación de los hijos, la soledad, la infelicidad, la pobreza, la desigualdad, la globalización y un largo etcétera, partiendo de una mirada en exceso ingenua y simplista. El film resultante es un largo y aburrido panfleto pseudo humanista que pretende teorizar, sin jamás implicarse verdaderamente, sobre los males del mundo contemporáneo, al igual que buena parte de las calculadoras realizaciones de directores como Alejandro González Iñarritu. Moodysson ha construido una película llena de apariencias pero vacía por completo. En ningún momento encuentra el tono, ni los caminos narrativos que le permitan conducir su propuesta a un terreno medianamente interesante. Los personajes están tan muertos y resultan tan esquemáticos como las propias situaciones en que se mueven. El abuso de lugares comunes, tanto literarios como estéticos, propios de determinado tipo de cine gafa pastoso, resulta incluso hilarante. Los diálogos, la nulidad de los actores protagonistas (Michelle Williams nunca ha estado tan insustancial, por no hablar de las insuficiencias del siempre mediocre Gael García Bernal), o la pretendida crudeza de las supuestas realidades no hacen sino conformar un frágil castillo de naipes que en las primeras secuencias ya se revela implacablemente, para desmoronarse a continuación. Más próximo a una hinchada publicidad de una poderosa ONG o al video clip que pueda realizarse a partir de la sempiterna canción comprometida del antipático cantante multimillonario de turno, que a una realización cinematográfica seria, Mamut, es un trabajo particularmente antipático. El problema es que el realizador es tan condescendiente que ni siquiera es capaz de sacar partido de esa antipatía que contagia su película. En realidad, con todas sus intenciones humanistas sobre la mesa, Moodysson no se ha dado cuenta de que su realización se deslizaba peligrosamente hasta convertirse en un sosias de los clásicos libros románticos, que firman gente como Danielle Steel y compañía, en los que a partir de un lenguaje tan recargado como vacío, se nos narran las penurias de los pobrecitos niños ricos que no son sino los hermanos mayores del matrimonio formado por Leo y Ellen Vidales. Más irritante, aún así, resultan las secuencias filipinas, en las que el cineasta parece jugar a ser Lav Díaz o Brillante Medonza. Tan esquemáticas como superficiales, el bueno de Lukas, se conforma con una acumulación de secuencias comprometidas que nos llevarán hasta el trágico suceso que conseguirá reunir a la Mary Poppins autóctona con sus hijos.

La brillantez formal y el buen acabado técnico de la cinta nos dan las últimas claves para descubrir el artificioso conjunto de sinsentidos que resulta Mamut. Al igual que sucede con títulos como My blueberry nights (Wong Kar Wai, 2007), It´s all about love (Thomas Vinterberg, 2003) o Mr. Nobody (Jaco Van Dormael, 2009), el film de Lukas Moodysson se pretende, arropado en su extraordinario poder visual, complejo y discursivo, cuando verdaderamente, no deja de ser un trabajo endeble que intenta bajo una brillante superficie ocultar todas sus carencias.

Como mucho, lo mejor que puede decirse del último trabajo del autor de Fucking amal (1998) es que es bonito y que el espectador que va al cine a buscar un lavado de conciencia y una buena sesión de poesía barata, al peor estilo Nawja Nimri o Isabel Coixet, no saldrá defraudado, después de escuchar a los irritante protagonistas preguntándose por los sueños de los elefantes, mientras escuchan a Cat Power, quien a este paso no tardará en convertirse, si no lo es ya, en la musa de todos estos modernillos de colorín.