El comercio frente a la lírica

Abdicar del análisis de los fenómenos de la cultura de masas es tanto como abdicar de la realidad que nos rodea: quizá sea una actitud muy cool, pero desde luego, en mi opinión, nada inteligente. Aún menos lo es convertir ese análisis en un mero ejercicio de desprecio superficial o en un conjunto de tópicos aplicables a cualquier producto de éxito comercial; tampoco parece muy sagaz emplear ese tono de superioridad intelectual que nunca ha aportado nada a la Historia del Conocimiento. La saga Crepúsculo tenía todas las papeletas, desde el principio, para ser despachada como un conjunto de novelas y películas para adolescentes; y, como toda generalización, tiene algo de disparo certero y algo de vuelo corto.

Parece que las decenas de millones de lectores y espectadores (que, evidentemente, no son sólo adolescentes) no importaran en absoluto. Tampoco parecen incumbir las buenas críticas que han obtenido las películas en medios del prestigio del Chicago Sun Times, The New York Times, Rolling Stone, Variety, Los Angeles Times, USA Today… Ni la abrumadora atención en todos los medios de comunicación del mundo, y no sólo por su éxito, sino también por su contenido. Quizá habría que volver a aquel artículo de Mario Vargas Llosa sobre la trilogía Millenium que, más o menos compartido, era tan necesario. Pero esa es otra historia.

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El interés del análisis amplio y global de La saga Crepúsculo es tan importante (independientemente de la calidad de libros y filmes) que no cabe en estas breves líneas, y me tendré que limitar a dar algunas pinceladas generales, y a focalizar esquemáticamente sobre las tres películas estrenadas en España (especialmente la primera, por ser la más atractiva). Como ocurre con todo gran éxito popular (de ahí su siempre insoslayable interés), se produce una conexión directa con una serie de temas contemporáneos que, a su vez, se encuentran en la definición misma del estado sociológico de las cosas. En este caso, y por poner sólo algunos ejemplos: la emergencia del fenómeno friki (lo raro, lo especial, lo marginal); la vuelta a la naturaleza como principio de todas las cosas; el individualismo feroz; la problematización de la sexualidad; el peligroso gregarismo; la traslación de la obsesión por la mitificación del físico desde la feminidad hacia la masculinidad. Como decía, la lista es mucho mayor, y el análisis pormenorizado, del máximo interés, aunque no tengamos aquí espacio. También resultan sugestivas algunas variaciones sobre el vampirismo (sobre todo en su vertiente cinematográfica), y muy especialmente el desplazamiento del binomio «vampirismo-sexualidad» al binomio «vampirismo-virginidad», incluyendo éste, además, un giro de 180º sobre el tradicional reparto de roles, donde el hombre-vampiro seduce a la mujer-humana y la convierte, sucediendo aquí todo lo contrario: la mujer humana quiere ser convertida-seducida, y el vampiro se resiste, apelando al alma por encima de la carne.

Más allá de estas interesantes ideas generales, el primer filme de la saga, Crepúsculo (Catherine Hardwicke, 2008), contiene, en mi opinión, muchos elementos estimables. Uno de carácter general, que afecta a toda la serie, es el acertado casting: sobre todo en lo que concierne a los dos protagonistas, un Robert Pattinson (Edward Cullen) cuya mirada lánguida y gesto al mismo tiempo frío y melifluo encarnan perfectamente algunas de las características clásicas del vampiro, casi sin necesidad de ser caracterizado; y una Kristen Stewart (Bella Swan) de belleza cotidiana, capaz de parecer al mismo tiempo una joven extraordinaria y la compañera de instituto que todos hemos tenido. Es una lástima que, a medida que avanza la serie, ambos intérpretes dejen arrastrarse por la inercia de unos personajes demasiado planos: sus trabajos en la primera película son notables, mientras que en las dos continuaciones de la saga parecen impulsados por el «piloto automático».

Otro de los méritos de La saga Crepúsculo es el trabajo con toda la banda de sonido, facilitado por la música de uno de los mejores compositores cinematográficos de las últimas décadas (Carter Burwell) y por el ajustado empleo de melodías ajenas (el Claro de Luna de Claude Debussy, por ejemplo). Y además de la música, cabe destacar el gusto por el uso del silencio, y el cuidadoso diseño de los paisajes sonoros. Un trabajo con el sonido que, en general, denota un interés por la adecuación al tono general del filme y al fondo de la historia: un elemento diferencial respecto a buena parte del cine estadounidense comercial contemporáneo. Esta es otra de las virtudes de Crepúsculo que se irá diluyendo progresivamente en las dos continuaciones de la saga, a pesar de que, para la música, en la segunda película se contó con el genial Alexandre Desplat (magnífico el tema New Moon), y en la tercera con el correcto pero cada vez menos brillante Howard Shore: y es que en ambas continuaciones se ofrece cada vez mayor protagonismo a las canciones pop, de gusto adolescente, con la vista puesta en la venta masiva de la banda sonora.

Además de estas dos características técnicas de Crepúsculo, lo mejor de la película (atribuible a la directora, mayoritariamente) es que logra un tono uniforme y coherente, de extraña melancolía, con el que resulta fácil identificar los sentimientos que expresan los personajes y el trasfondo emocional que proviene de todas las historias relacionadas con los vampiros. Un guión muy medido (el mejor de la serie), una trabajada fotografía grisácea y oscura, la escasez de pirotecnia visual, una exquisitez nada ornamental en los movimientos de cámara, un hábil empleo de las miradas y los silencios (unido al resto del trabajo con la banda sonora), y las buenas interpretaciones a las que me refería más arriba… todo ello da lugar a esa sensación, inquietante y tranquilizadora a un tiempo, de dulce y amarga melancolía.

Casi todo ello se pierde tanto en Luna nueva (Chris Weitz, 2009) como en Eclipse (David Slade, 2010), produciéndose un progresivo e intenso declive; habrá que esperar a ver la continuación (Amanecer) para dilucidar si ese declive tiene vuelta atrás o, al menos, hasta dónde conduce. La causa fundamental es la abdicación total de los dos mediocres directores que están al frente, y que dejan que las dos películas se conviertan en meros objetos de comercio, reduciendo el hálito lírico y expresivo de Crepúsculo a la mínima expresión. En ambas importa mucho más que se escuchen bien las canciones que luego se venderán en los CD de la banda sonora, que se muestre el torso de los chicos (especialmente de Taylor Lautner/Jacob Black) para vender carpetas y posters, o que se amortice el gasto realizado en efectos especiales. Justo todo aquello que evitaba serenamente la primera película de la saga.

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Si en Luna nueva encontramos, al menos, una sensata construcción del guión, con la sugestiva aparición del conflicto entre vampiros y hombres-lobo (de cierta originalidad, por cierto, dentro del género), en Eclipse resulta muy difícil sujetarse a la escasa solidez de una historia que se centra casi exclusivamente (y tediosamente) en la elección que Bella deberá hacer entre Edward y Jacob, es decir, entre frialdad y sensualidad, entre sofisticación y visceralidad, entre el alma y la carne, entre un mundo lejos de este mundo o la salvaje naturaleza. Y en ambas resulta especialmente molesto el radical cambio fotográfico respecto a Crepúsculo, convirtiendo en luminoso y cursi (más en Eclipse que en Luna nueva) lo que sólo debería ser oscuro e inasible.

Se tiene, pues, la sensación, de que la calidad de Crepúsculo va siendo víctima de su propio éxito, y que acaba por dar a sus supuestos espectadores potenciales exactamente lo que se supone que quieren (torsos desnudos, canciones de moda, amplios campos llenos de flores y conflicto sexual). Y parece que el resultado en taquilla, al menos en España, da la razón a los responsables de las producciones, convirtiendo en realidad todas las suposiciones: 2.126.575 espectadores para Crepúsculo y 3.254.720 para Luna nueva (un 53% más); los 816.067 de Eclipse en su primera semana parecen confirmar la tendencia. En el fondo, lo más probable es que ni la serie de novelas ni la saga cinematográfica correspondiente pretendan otra cosa, de modo que habrá que resignarse, otra vez, a que las matemáticas crematísticas se impongan a la creatividad, a pesar de que los mimbres con los que se contaba daban, sin duda, para mucho más.