Terrores (no tan) infantiles

Afortunadamente todavía quedan realizadores que conciben la sala de cine, no sólo como un impersonal recinto más dentro de un abarrotado complejo de ocio, sino como un reducto sentimental en el que compartir vivencias ajenas que en la mayor parte de los casos terminamos asumiendo como propias. Joe Dante es ejemplo vivo de esta manera de entender nuestra relación con el cinematógrafo. De ahí que tengamos que agradecer al 3D, por mucha morralla que nos esté colando últimamente, que nos brinde otra oportunidad de conectar con la sencillez conceptual, la exultante emotividad, y al mismo tiempo, la atrevida incorrección de un viejo maestro como Dante. Porque se puede ser incorrecto de muchas maneras, un hecho que el realizador de New Jersey viene manifestando desde sus inicios, sin importar el material del que parta, el medio hacia el que trabaje o el público al que se dirija. Miedos (The Hole, 2009) es una nueva constatación de este hecho, pese a que superficialmente vista piel de cordero y su apariencia sea un tanto inofensiva.

Dante trabaja una masa con la que ya ha lidiado en múltiples ocasiones. Una barriada feliz, un nuevo hogar que habitar, una familia con un padre ausente, dos hermanos con todo un verano por delante, y un agujero misterioso en el sótano. Hasta ahí nada nuevo. Un comienzo que parece extraído de un relato de R. L. Stine trufado de referencias pop, pero que poco a poco va dejando entrever una inusitada complejidad entre sus pliegues. Y esos pliegues que se desenvuelven alrededor de una trama de terror aparentemente infantil, tienen su base en un discurso sociológico que desemboca en el manejo de los conflictos de la infancia, y en la relación que mantiene ésta con el mundo adulto.

El cine comercial de los ’80 quizá fue el último reducto que concibió la niñez como un universo aparte. La sociedad ha ido amputando progresivamente el ciclo infantil, escudándose en falsos aforismos como “los niños de ahora son más listos”, “es que lo saben todo”, “crecen muchísimo antes”, etc… afirmaciones que se han trivializado y tergiversado hasta tal punto que los mundos de los menores y de los adultos han terminado solapándose, implicando a los primeros en los conflictos de los segundos, haciéndoles partícipes de sus miedos, y en definitiva obligándoles a asumir una carga experiencial (y por tanto, emocional) que los niños no están listos para procesar. El cine, fiel reflejo de la sociedad, ha tomado el mismo camino. Los niños de Suburbia (id. 2007), consumiendo porno en su tele de alta definición es el ejemplo más paradigmático de esta tendencia, pero esos tentáculos han tocado irremediablemente ficciones más populares, como el terror.

Por ello es curioso comprobar cómo los protagonistas de Miedos viven en una constante tensión entre lo que son y lo que ya desean ser. El adolescente protagonista, con su camiseta de The Killers; la vecina de al lado, con sus fiestas y sus amigos surfers; el hermano pequeño, empeñado en asumir un rol familiar que no le pertenece. Todos ellos están atravesando un período que desean quemar lo más rápido posible, porque en el fondo todavía se hallan inmersos en conflictos derivados de una etapa prepuberal. De ahí que aquello que ese misterioso agujero les devuelve, no dejan de ser los miedos en los que se encuentran anclados, teniendo que enfrentarse a los escenarios de su niñez —el parque de atracciones, el sótano, el armario— mediante la ejecución de actos propios de tal etapa. Joe Dante construye una película infantil desde la autoconsciencia de un adulto que entiende la infancia como un territorio ajeno a los conflictos de los mayores. Para ello mantiene al margen de la ficción a las figuras adultas, empapadas de sus propios problemas. Y además parodia de manera alarmante a determinadas figuras de ese cine de terror adulto —el payaso que parece extraído de la saga Saw, el fantasma femenino a lo Sadako—, empeñado en convertir también a los menores en parte de su ficción. Dante, por tanto, no sólo no ha envejecido, sino que su cine está más vigente que nunca.

Cuando salí del cine tuve la tentación de regresar al pasado escuchando If your are feeling sinister, ese maravilloso disco de Belle & Sebastian, compañero de tantas vivencias. Pronto me di cuenta que esas letras que habían erigido parte de mi self durante mi etapa universitaria, ya sólo podían arañar los últimos mimbres que conforman la nostalgia; y que esas melodías apelaban a una sencillez que tanto añoro y a la que casi nunca puedo regresar. Miedo a crecer, miedo a que el mundo te cambie cuando uno no puede cambiar el mundo, miedo a no poder controlar las cosas que en el fondo nos hacen tan felices, miedo a no conseguirlo…joder…Miedo a que cumplir años no equivalga a mejorar sino a sufrir. Miedos, esos de los que también nos está hablando Joe Dante, aunque muchos no podamos, o mejor aún, no queramos entenderlo.