Es la economía, estúpido

De entre las numerosas confesiones críticas que se disputan la instrumentalización de la fe cinéfila, una de las más llamativas es la que emplea como púlpitos los suplementos salmón de la prensa generalista y publicaciones especializadas como Expansión y Cinco Días. En sintonía con sus restantes contenidos, las críticas de cine que publican estos medios contribuyen de modo impúdicamente utilitarista al anhelo del capitalismo liberal por reformular nuestra especie en clave de homo œconomicus. 300 (íd. Zack Snyder, 2007) pasa a ser ejemplo de las sinergias que debe aprender a desarrollar la pequeña y mediana empresa si desea subsistir entre corporaciones; Los intocables de Eliot Ness (The Untouchables. Brian De Palma, 1987) manifiesta la importancia del coaching a la hora de forjar líderes capaces de gestionar el capital humano y la resolución de conflictos…

Haríamos mal en minusvalorar este tipo de interpretaciones funcionales. Lo pecuniario constituye a menudo el trasfondo argumental de las ficciones que se estrenan cada viernes: The Girlfriend Experience (íd. Steven Soderbergh, 2008), Origen (Inception. Christopher Nolan, 2010), Repo Men (íd. Miguel Sapochnik, 2010), El silencio de Lorna (Le silence de Lorna. Luc y Jean-Pierre Dardenne, 2009), Splice: Experimento Mortal (Splice. Vincenzo Natali, 2009), Sunshine Cleaning (íd. Christine Jeffs, 2008), un largo etcétera. Más aun, hoy como nunca, «los pronósticos sobre el destino de la cultura forman parte del mayor o menor negocio que represente […] la cultura ha cambiado y la economía decide su rumbo» (Vicente Verdú). Atendiendo a tales determinantes, The Karate Kid se desvela un remake tan oportuno como satisfactorio, y una de las películas más honestas de entre las exhibidas comercialmente esta temporada.

La cinta original realizada en 1984 por John G. Avildsen, versaba en torno a las enseñanzas de autoconocimiento y superación que impartía un maduro inmigrante japonés a un adolescente de Nueva Jersey recién llegado a la California del Silicon Valley. Una anticipación alegórica de las lecciones que la pujante economía nipona estaba empezando a darle en aquella época a la estadounidense —sin ir más lejos, la productora de Karate Kid y sus tres secuelas, Columbia Pictures, sería adquirida en 1989 por Sony—, así como un jalón temprano en el debate sobre los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial, los prejuicios racistas y adaptativos de los norteamericanos, y su proverbial capacidad de reacción que amplificarían títulos como Pisa a fondo (Gung Ho. Ron Howard, 1986), La Jungla de Cristal (Die Hard. John McTiernan, 1988), Black Rain (íd. Ridley Scott, 1989), Bienvenido al Paraíso (Come See The Paradise. Alan Parker, 1990) y Sol Naciente (Rising Sun. Philip Kaufman, 1993).

El atractivo de The Karate Kid radica en la manera programática con que aborda y actualiza los aspectos latentes en la película de Avildsen. Hasta el punto de conformar un discurso sociopolítico de insólita explicitud sobre nuestros tiempos de globalización, crisis medioambiental, ocaso de las economías tradicionales y alborear de la china (que acaba de adelantar a la japonesa y amenaza el liderazgo de la estadounidense). Una franqueza expositiva, resaltada entre otros por Howard Schneider y David Cox, que trasciende la servidumbre propagandística a que obliga el carácter de co-producción entre Columbia y China Film Group, para devenir toque de atención a un imperio americano que sólo parece saber oponer a la implacable determinación de los ojos rasgados esa expresión farisaicamente humana que ensaya ahora mismo en nombre de las plutocracias occidentales Barack Obama, padre espiritual del pequeño protagonista de The Karate Kid, Dre (Jaden Smith). ¿Es suficiente para conservar la preeminencia mundial?

Puede que sí, a tenor de lo bien realizada que está la película. Los travellings laterales iniciales bosquejan una Detroit apocalíptica de la que no sería exagerado afirmar que Dre y su madre, Sherry (Taraji. P. Henson), están escapando. Las subsiguientes panorámicas por el inmueble donde ambos vivirán en Pekín transmiten, por el contrario, la sensación de un nuevo mundo que vale la pena explorar. Un plano medio sostenido subraya el inédito vértigo sexual que sacude a Dre mientras contempla cómo su nueva amiga Meiying (Wenwen Han) baila al son de Lady Gaga. Estos y otros cuantos detalles visuales por parte del hasta hoy anodino Harald Zwartz perfilan una narración pulcra y concienzuda, cuya pretensión no pasa por que olvidemos el hecho de que esta historia ya nos la han contado, sino por resaltar que se nos puede contar muchas veces si se hace con inteligencia, respetando el valor de marca pero aclimatándolo a las circunstancias renovadas del entorno. Son sintomáticas al respecto las continuas referencias al teatro de sombras, y la sugerencia metafórica de que el cine de Hollywood ostenta méritos suficientes como para recoger el testigo de esa expresión representativa popular y milenaria.

Puede que Estados Unidos pierda contra China en los próximos años las batallas relacionadas con la balanza comercial o el déficit presupuestario. Pero The Karate Kid certifica que la alquimia audiovisual todavía está en sus manos, lo que seguirá traduciéndose en réditos de considerable valor cultural y, por tanto, económico.