La vida, la creación

Por lo general, cuando el cine ha tratado de trasladar a la pantalla la vida de algún artista de renombre, le resulta cuando menos difícil evitar la tentación de convertir los detalles biográficos del mismo en un rimbombante recorrido de acontecimientos significantes, una sucesión de instantes privilegiados que parezcan capaces por si mismos de crear a cada paso una equivalencia entre determinada obra y determinado momento de su vida, como si de una mera relación de causa-efecto se tratase. Esta visión, comprensible hasta cierto punto y útil para guionistas perezosos es, sin embargo, siempre reductora, puesto que convierte algo tan esquivo como la creación artística en vehículo de dudosos conceptos como la inspiración y la inherente genialidad del artista. Por fortuna, no todos los casos son iguales y en el polo opuesto de este modelo podemos encontrar, por ejemplo, el acercamiento a la figura de Van Gogh que realizara Maurice Pialat, en la que la figura del célebre pintor era abordada desde un acercamiento naturalista, cotidiano, puntuado por momentos dramáticamente (que no biográficamente) significativos; un tratamiento casi idéntico al que el cineasta francés emplearía para dar cuenta de cualquier otro personaje ficticio como la Isabelle Huppert de Loulou (id., 1980).

En este sentido, el (relativamente) singular acercamiento propuesto por Jane Campion a la vida del poeta británico John Keats (1795-1821), muerto por tuberculosis a la temprana edad de 25 años, es probablemente uno de los rasgos más interesantes de Bright star. Dirigiendo sobre la figura del poeta una aproximación lateral, organizada a partir del punto de vista de Fanny Brawne —quien a la postre ha sido considerada como la inspiradora del último de sus poemarios, Lamia, Isabella, La víspera de Santa Inés y otros poemas (1820)— y la relación sentimental que con ella tejió Keats.

Aunque Campion no lleva el planteamiento hasta sus últimas consecuencias —algo de lo que estaría más cerca una película como Crónica de Anna Magdalena Bach (Chronik der Anna Magdalena Bach. Jean Marie Straub, 1967)— es interesante que proponga un acercamiento desde el exterior, reservando por tanto ciertas lagunas y misterios sobre el objeto principal de su relato, y evitando con ello, al mismo tiempo, esa sensación de incómoda sospecha que nos asalta ante la enésima visión del retrato del artista atormentado.

Para plasmar esta visión Bright star plantea la colisión y enfrentamiento entre dos caras del poeta, o mejor, en un sentido más amplio, de la creación. Una, representada por Fanny, será la del apego a la materialidad de la vida, la naturaleza y el sentimiento amoroso; la otra, concretada a través de la figura de Charles Brown, crítico, amigo y protector del escritor, será la del acto creativo visto como sacerdocio exclusivo, la entrega total a las letras y la renuncia a todo elemento distractor llegado del exterior. Así, serán más frecuentes los enfrentamientos dialécticos y visuales —batallas silenciosas que Campion resuelve mediante recurrentes y tensas composiciones triangulares— entre ambos, que las enseñanzas o disertaciones sobre lírica por boca del propio poeta, quien, incluso, durante gran parte del relato permanecerá ausente o relegado al espacio en off. De este modo, Campion, evita cargar las tintas sobre la construcción de una figura excesivamente romántica, dejando los excesos para los personajes que le rodean. La figura de Keats se nos aparecerá como el centro de ese triángulo, ecuánime, comprensivo y distante, tocado por la enfermedad y la proximidad de la muerte, necesitando de la creación y de la vida como materias necesaria e íntimamente entrelazadas.

La tendencia al preciosismo pictoricista de la estética de Campion —como señaló certeramente el camarada Israel Paredes, más inspirada en el neoclasicismo que en el propio romanticismo— aunque si bien se hace presente en exceso durante muchos tramos de la película, viene refrendada por su particular anclaje al punto de vista del personaje de Fanny, que se nos presenta desde el primer momento obsesionada por cierta concepción de la apariencia y la perfección estética. Campion, a diferencia de las producciones históricas (color marrón-maleta) del cine español, hace gala en todo momento de un preciso control del encuadre y del color, logrando a fin de cuentas algo importante: que objetos, decorados y personas ofrezcan la sensación de querer-estar-allí