Ejercicio sin alma

La experiencia cinematográfica es muy personal pero creo que la mayoría de los espectadores de esta segunda película de Rodrigo Cortés, igual que yo, apenas si guardan rastros significativos de ella en su mente, poco tiempo después de verla. Esto es algo que suele ocurrir con todos los ejercicios de estilo que, más allá de llevar al extremo determinadas técnicas o de hacer demostración de fuerza de ciertos efectos, apenas si guardan algo más. Eso es exactamente Enterrado, quizá con el agravante de que buena parte del experimento se viene abajo por las frágiles condiciones de verosimilitud y por algunos errores de planteamiento visual bastante básicos.

Rodrigo Cortés, por otra parte, ya había mostrado en la sugerente Concursante (España, 2007) mucho más interés por el efecto que por la densidad, mayor preocupación por el funambulismo que por el dramatismo; también allí, como aquí, había problemas de credibilidad y de trabajo en los extremos, antes que una apuesta segura por un guión fuerte. No nos puede sorprender, por tanto, que Enterrado se encuadre bajo esas mismas coordenadas, y será una de las asignaturas pendientes si el cineasta español pretende dar un salto adelante.

Que el marketing cinematográfico no ha hecho mucho bien a innumerables películas —envueltas como productos en un papel llamativo que no corresponde luego a la realidad— lo sabemos todos, y tampoco a Enterrado le hace ningún favor. Dice la sinopsis del filme ampliamente difundida en España: «Paul Conroy (Ryan Reynolds) es un padre de familia que trabaja como contratista civil en Irak. Un día, se despierta en una situación angustiosa: ha sido enterrado vivo dentro de un ataúd de madera. Le quedan 90 minutos antes de consumir todo el oxígeno. Su única esperanza es un teléfono móvil que encuentra entre sus ropas, pero tiene muy poca batería y la cobertura también falla por momentos». « […] Su única esperanza es un teléfono móvil que encuentra entre sus ropas, pero tiene muy poca batería y la cobertura también falla por momentos»… si no fuera porque le han enterrado, además de con un teléfono móvil… con un encendedor, una linterna, un tubo fluorescente luminoso, una caja de pastillas para la ansiedad, un reloj, un cuchillo… y algunas otras utilidades que seguramente ahora no recuerdo. Este es uno de los primeros golpes frustrantes para el espectador porque, lógicamente, hace muy poco creíble toda la situación y mucho menos meritorio el ejercicio técnico del cineasta. « […] Le quedan 90 minutos antes de consumir todo el oxígeno […]», podría haber sido un buen argumento para mantener el suspense del filme, pero es la rotura del ataúd y la introducción de la arena en él lo que se convierte en detonante del final.

Por otra parte, resulta poco comprensible que en un filme que se pretende esencialmente claustrofóbico, su autor realice varios planos donde ofrece una visión falseada del espacio del ataúd, ampliando su altitud y colocando la cámara unos metros por encima del personaje. No sólo se convierten en momentos de desahogo para un espectador que debería sentirse tan atrapado como el protagonista, sino que además pone de manifiesto el andamiaje creativo de ese ejercicio de estilo que es la película, rompiendo uno de los pocos rastros de su magia: la construcción técnica.

Así las cosas, y convertido el teléfono, efectivamente, en el catalizador del guión (se comunica con el secuestrador, con las autoridades españolas, etc.), el filme casi se transforma en un largo chiste sobre las dificultades de lograr hablar en cada momento con la persona que se necesita, sobre la burocracia impuesta en los trámites telefónicos, y sobre la impotencia del usuario ante todo ello. Otra de las debilidades de la película consiste en que no es fácil identificarse con un personaje en absoluto simpático, a pesar de su desgracia, de modo que al espectador, me temo, le resulta indiferente el destino de alguien a quien ni conoce ni le agrada.

Todo ello es muy poco para sostener una película de hora y media, sin negarle a Cortés la habilidad para lograr algunos momentos agobiantes y otros hilarantes: quizá hubiera sido más inteligente y riguroso realizar un cortometraje pero, eso sí, mucho menos rentable. Enterrado, en lo que concierne a mi experiencia cinematográfica, no contiene elementos suficientes (ni de fondo ni formales) para interesar ni emocionar, convirtiéndose en algo parecido a un frío ejercicio de fin de carrera, sin alma y sin trascendencia que, todo lo demás, servirá para epatar a quienes no hayan visto algunos episodios de CSI (CBS; EE.UU., 2000-2010) o de Bones (FOX; EE.UU., 2005-2010).