By Vázquez

Los sesenta eran una época entre el gris de una sociedad que se iluminaba en verano con la llegada de las suecas y el blanco y negro de un solitario canal televisivo que ilustraba las oscuridades del régimen franquista en horario diurno. Una época que esperaba un boom económico que nunca llegó del todo para la mayoría de españolitos. Una riqueza que se insinuaba con los números del Gordo. Una época dónde los vecinos todavía se conocían y los transeúntes podían entablar conversación entre sí aun sin conocerse. Una época de 600, guardias urbanos con salacot y letra, mucha letra… para pagar a cómodos plazos. Pero frente a ésta literatura de deudas y pobreza, para sobrevivir en ella, para crecer entre sus miserias, se podía contar con la ayuda de las revistas semanales editados por Bruguera (Din-Dan, Can Can, DDT, Pulgarcito…), con el TBO (una suerte de outsider, que, sin embargo, les dio nombre a todos)  con productos que alternaban lo infantil con el fantastique (Tíovivo, Jaimito o Pumby) o por los seriales de aventuras como El Capitán Trueno y El Jabato (Las Hazañas Bélicas y El sargento Gorila serían, junto a los posteriores cuadernos Marvel, otra historia que llegaba con ecos de más allá de los Pirineos). Los tebeos, así en general,  eran la burbuja que permitía a los más pequeños ignorar la zafiedad que les envolvía. Con el tiempo los personajes del Pulgarcito pasarían a dominar el panorama llegando a rango de Gran Pulgarcito y, posteriormente, la dominación del indiscutible Paco Ibáñez daría lugar, en los setenta, a Mortadelo (revista que se enriquecería con la importación de personajes y autores de Dargaud y Pilote).

Es en la segunda mitad de los sesenta, cuando los personajes de Ibáñez no arrasan todavía en las viñetas, cuando Manolo Vázquez (Manuel Vázquez Gallego, Madrid, 1930 – Barcelona, 1995), alcanza el rango de grande y firma con el inconfundible “by Vázquez”. Vividor, mujeriego y gorrón, Vázquez fue autor de Las Hermanas Gilda, La familia Cebolleta, Ángel Siseñor, La familia Churumbel, Angelito o La abuelita Paz pero es conocido especialmente por Anacleto, agente secreto, quien, más a imagen y semejanza del televisivo Superagente 86 que de James Bond, resolvía casos de robo y espionaje con elegancia y altas dosis de surrealismo. La película de Óscar Aibar se centra no tanto en la obra como en el gran Vázquez y, muy especialmente en el personaje sableador que el dibujante cultivó en vida y papel. Personaje que paradójicamente le permitiría alcanzar la inmortalidad no sólo con su propia creación del Tío Vázquez sino encarnado en el temible burlón de la azotea de 13, rue del Percebe con el que Ibáñez homenajearía al que fue su rival y maestro. Para todos aquellos que nos tronchamos con las peripecias de este último individuo o con las de las criaturas del dibujante, El gran Vázquez (O. Aibar, 2010) es altamente recomendable. Los ojos desorbitados de jefes enfurecidos, la oficina siniestra, la silueta inefable del edificio más mítico de la historieta española, los acreedores y los urbanos en persecución del moroso y los sablazos más arriesgados reproducen en celuloide, con mayor o menor fortuna, las viñetas que antaño nos hicieran reír.

Sin embargo, pese a su irregularidad narrativa, la película de Aibar merece ser valorada por mucho más. El gran Vázquez consiguió su sobrenombre no sólo por su destreza con el lápiz sino también por su desfachatez, su burla de la autoridad y de las normas de una sociedad reprimida y condenada a la hipocresía. En esta sociedad es dónde un caradura llega a sortear aquellos obstáculos que bloquean a los más timoratos, a los que cumplen la norma. Vázquez saca provecho de las trampas del capitalismo franquista. “Compre ahora, pago después”. La posibilidad de no pagar se hace real para pescar inocentes. Pero Vázquez supo aprovechar esta posibilidad para comprar sin pagar, en un frenético vaivén de muebles y accesorios que sucesivamente entraban e, impagados, volvían a salir de alguno de sus pisos (cuyas rentas tampoco eran pagadas). El sexo debía legalizarse mediante el matrimonio. Bien, pues fácilmente podían crearse varios matrimonios sucesivos… aunque el divorcio fuera una palabra desconocida. ¿Qué el jefe le exigía entrega absoluta en una oficina siniestra? Aun mejor. Vázquez se dejaba hacer para, una vez fuera imprescindible su entrega semanal, lanzar el anzuelo de nuevos engaños y sablazos.

Con la impagable colaboración de Santiago Segura, Óscar Aibar sigue a este personaje en su trayectoria de desmanes y heroicidades antisistema, consiguiendo momentos hilarantes aunque fallando en aquello en lo que Vázquez también era grande, en la capacidad de contar historias en un espacio muy reducido. El Gran Vázquez se queda pequeño en lo que hace a biopic, perdiendo el hilo de personajes que aparecen y desaparecen, lastrando la capacidad dramática en lo que hace a sus relaciones. Tal vez se trate de un exceso de respeto para con aquellos que aún están entre nosotros, como sería el caso de un hijo que aparece sólo para permitir la formulación de algún gag verbal o de un Ibáñez que se antoja más plano que sus propios personajes y menos ácido que sus compañeros de fatigas. Sin embargo, si revisamos su mejor obra, Platillos Volantes (íd., 2003), veremos que el gran mérito de Aibar y de El Gran Vázquez es su capacidad de retratar la ya citada miseria ambiental y, sobretodo, la de captar las fantasías que hacían soñar a los habitantes de aquella época. La diferencia radica en que mientras en la excelente Platillos volantes, sus protagonistas trataban de huir a otro planeta dónde ser felices, el tío Vázquez consiguió, en la realidad y en el cine, hoteles de lujo, muebles de último modelo, sexo libre de prejuicios y la posibilidad de burlarse de la autoridad. Aibar y Segura nos dan, aquí y ahora, viviendo el momento,  la opción de celebrarlo con Vázquez.