Dirección sin relato

No siempre es sencillo realizar afirmaciones tan claras y contundentes sobre una película: lo mejor de esta ópera prima es el trabajo de su directora. No hay nada definitivamente mediocre en la película ni tampoco hay nada especialmente brillante, pero si posee un elemento que hace interesante su análisis, ese es sin duda la puesta en escena; aunque al hablar del trabajo de su directora me refiero también al realizado con los actores. El filme cuenta con una excelente intérprete ya consolidada (Carme Elías) que corrobora su imagen, una actriz con amplia pero irregular carrera (Goya Toledo) que quizá ofrece aquí su trabajo más sólido, otra en crecimiento (Ana Labordeta) que construye el mejor personaje del filme, y una cuarta novel (Aura Garrido) que se mantiene a la altura de sus compañeras de reparto. No cabe duda de que cuando cuatro actrices de cualidades, experiencias y niveles tan diferentes modulan y complementan sus capacidades adecuadamente, el mérito de la dirección es una evidencia.

Es una lástima, no obstante, que el material dramático con el que contaba Planes para mañana (guión escrito por la propia directora, Alberto Bermejo y Juan Moreno) no constituyera aportación novedosa alguna al género del drama personal y familiar, tampoco en su estructura (dividida en cuatro partes dedicadas, cada una de ellas, a una de las mujeres protagonistas, que se cruzan en diversos momentos del relato). Aunque especialmente lamentable resulta que esa materia originaria caiga en algunos de los grandes tópicos del cine sobre mujeres como, por ejemplo, que todos los hombres que las rodean sean imbéciles, malvados o ambas cosas a la vez; o como que ellas apenas si sean seres volteados por el destino no siendo su voluntad sino una prolongación del azar o del entorno. Esta doble debilidad, que proviene del guión y que impacta directamente en el corazón narrativo de la película, es el principal problema de un filme bienintencionado, intenso y auténtico.

Estas virtudes —sobre todo la intensidad— llegan hasta el espectador gracias a la habilidad de Juana Macías, que elabora una inteligente y eficaz puesta en escena sobre un libreto débil y muy limitado. Es ella quien decide, por ejemplo, acercarse al rostro de las actrices en unos arriesgados pero reveladores primeros planos (valiosos también gracias a la interpretación), donde sus ojos y el destino de sus miradas acaban siendo vehículo privilegiado para pensar y sentir el drama. Es ella también la que decide fragmentar notablemente la acción, en consonancia con el universo roto y desordenado de sus protagonistas y, sobre todo, en coherencia con una estrategia discursiva que apela a lo inasible de nuestras vidas, a la necesidad de hacer frente al destino cogiendo las riendas con fuerza. Es Juana Macías, finalmente, quien coloca a sus personajes en unos exteriores urbanos hostiles y las más de las veces semidesérticos y, mayoritariamente, en unos interiores asfixiantes, poco amables, que parecen expulsar de sí mismos a esas mujeres.

El hecho de que los hombres de Planes para mañana sean en su mayoría despreciables y que las mujeres parezcan esencialmente sus víctimas no sólo no aporta nada a la profundidad dramática de la película, sino que actúa de boomerang contra la mayoría de sus aciertos, rellenando de tópicos adyacentes el núcleo emocional e ideológico de la película; y esto, a su vez, malversa el gran caudal de los planteamientos básicos de la historia unidos a la hábil planificación de Macías, dejando en interesante una película que bien podría haber resultado excelente, contando además como contaba con una de las columnas vertebrales de cualquier obra de perfiles psicológicos y sociales: el buen trabajo de las actrices.

Así las cosas, esta nueva ópera prima del cine español (preocupante es el porcentaje de debutantes que, en nuestro país, jamás llegan a realizar su segunda obra) confirma que el mal endémico de la cinematografía local son los relatos, los guiones; que sobra formación técnica para que asomen la cabeza nuevos cineastas de valor; que hay financiación suficiente, aunque no siempre adecuadamente justificada, para sacar adelante proyectos, por poco comerciales que éstos sean (como es el caso del filme que nos ocupa); que nuestros intérpretes pueden competir bien en el mercado interior e incluso en el exterior. Pero que el cine, en fin, sigue siendo relato: sin él, todo lo demás puede dar lugar a ponderados juicios de valor, que al espectador interesan poco o nada: la ausencia de relato le hacen huir hacia propuestas de otros países, quizá no tan bien intencionadas, pero sin duda más eficaces.