On the road (again)

Country road,

Take me home

To the place I belong…

John Denver, Take me Home, Country Roads.

Nada más antiguo en las artes narrativas que los viajes. Procesos de formación o de transformación, regresos al hogar, a la forma originaria, al estatus que nos pertenece o a uno superior ganado a base de sufrir toda clase de infortunios (Dejo aparte ciertas narraciones modernas donde no hay más premio que las cicatrices de la experiencia, porque no es nuestro caso).

Y tampoco son Robert Downey Jr. y Zach Galifianakis, el hombre exasperantemente normal y el freak inefable, los primeros en quemar el asfalto de los EE.UU. Con mayor o menor fortuna (cinematográfica), las mismas autopistas ya fueron transitadas por Robert De Niro y Charles Grodin, Steve Martin y John Candy, Patrick Swayze y Sabrina Lloyd, Audrey Hepburn y Albert Finney, Tim Robbins y Martin Lawrence,  Jim Carrey y Jeff Daniels, entre muchos otros. Personajes antagónicos en un viaje cuesta arriba, donde el destino importa menos que el trayecto recorrido. Una concepción no tan distinta de las estudiadas por Homero o Apuleyo.

Y es que el viaje como marco está indudablemente próximo a los intereses que ha manifestado Todd Phillips ya desde sus primeras películas: la tensión existente entre un pasado despreocupado y festivo y la asunción de los ritos de la madurez. Un pretérito recuperado momentáneamente en Resacón en las vegas (The Hangover, Todd Phillips, 2009) y Road Trip (Todd Phillips, 2000) por medio de una huida que será el último encuentro con una iconografía juvenil a punto de ser proscrita definitivamente. Es decir, un discurso que apunta a la eterna necesidad de sentar la cabeza. Una conclusión ciertamente conservadora que acaba jugando en contra del gamberrismo (a menudo superfluo, hay que decirlo) de sus nostálgicos relatos.

Sin ánimos de reinvención formal, Salidos de cuentas se presenta como un paso significativo en la carrera de Phillips, sembrada de títulos irregulares e incluso banales, pero también de películas construidas con cálculo artesanal, destellos de lucidez cómica cada vez más frecuentes y un dominio creciente del timing a la hora de introducir los gags. Y si por algo ha sorprendido, en muchos casos negativamente, la nueva propuesta del neoyorkino, es por apostar por la arquitectura convencional de la road movie, frente al talante (casi) insólito de su anterior película. Para quienes creemos que la originalidad es una cualidad sobrevalorada, esto no supone un gran problema: el director se apropia de un marco aparentemente extenuado por su uso recurrente, pero da un recital de frescura e imprevisibilidad, con un desarrollo que nunca traiciona su verosimilitud interna ni la lógica del relato.

Puliendo antiguas asperezas, Phillips opta por una sutil economía expresiva a la hora de desarrollar personajes y situaciones. Las relaciones paternofiliales, la camaradería o la necesaria comprensión del otro (con sus carencias y sus virtudes) son temas a los que se aproxima el filme prescindiendo de cualquier tipo de subrayado, equilibrando los momentos abiertamente sentimentales con un tono bufo que en ningún momento abandona la narración. Se subsanan, de esta forma, aquellas faltas que echaban por tierra los numerosos logros de Resacón en las Vegas, dañada por un desenlace que se tomaba excesivamente en serio a sí mismo. Nada de peroratas para recalcar la humanización del tipo borde y quisquilloso: sabiamente, el guión deja que las acciones definan el cambio por sí mismas. Y las precisas y magníficas interpretaciones de los dos protagonistas no dejan de ser enriquecedoras al respecto.

Sin embargo, el gran mérito de la obra, su absoluta efectividad cómica, se debe en buena parte a ese auténtico ariete humorístico que es Zach Galifianakis, destructor de toda edificación cimentada en lo previsible a través de otra extravagante, espontánea y anarquizante caracterización. El actor vuelve a ser el juguete perfecto en manos de Phillips: un torbellino andante que da perfecta continuidad a la tradición de los personajes interpretados por Linder, Chaplin, Tati, Belushi o Atkinson.

Me atrevo a asegurar que, con sus dos últimas obras, Todd Phillips ha pasado a jugar en la liga de gente como Trey Parker, Greg Mottola, Judd Apatow o David Gordon Green, convirtiéndose en uno de los grandes renovadores (o refrescadores) de la comedia americana contemporánea. Y si es cierto que Galifianakis tiene un algo de mi añorado John Belushi, no lo es menos que, tras haberse tomado su tiempo, Phillips se ha propuesto recoger el testigo del mejor John Landis.