Eficaz reformulación de arquetipos

Más de treinta años después de su estreno, la estela de una película tan áspera y poco complaciente como Fiebre del sábado noche (Saturday night fever. John Badham, 1977) ha quedado difuminada por su condición de monumento kitsch, acaso el destino inevitable de todos los manifiestos generacionales, independientemente de su vocación o pureza. Habrá quien diga que 3MSC ya nace kitsch, y por tanto vieja, que su reformulación de arquetipos es demasiado artificiosa para emocionar o trascender, lo que sí conseguía la película de Badham, pero no estará más que pidiendo peras al olmo, o lo que es lo mismo, intentando racionalizar en vano una obra de aplastante efectividad que, obviamente, apunta en otras direcciones, cuyos responsables no sólo conocen de buena mano el material con el que trabajan (el clásico binomio pija/macarra, rico en peligrosas ambigüedades), sino también reconocen a Badham (e incluso a Kleiser, a Floyd Mutrux y a la semiolvidada Martha Coolidge) como sus maestros, sampleando sus logros con las principales claves y formas del universo pokero de extrarradio, no por visible y cercano menos carente de posibilidades.

Las acusaciones de machismo, cursilería y superficialidad son las mismas que en su momento se achacaron a otros títulos que hoy se consideran pequeños clásicos, o por lo menos, estimables entretenimientos, y resulta particularmente injusta aplicada a una obra que no inventa nada, únicamente pretende reactivar una mitología prestablecida que de alguna manera pertenece al ADN de cierta vertiente del cine juvenil. Porque las bondades de Perdóname si te llamo amor (Scusa ma ti chiamo amore. Moccia, 2008) no eran un espejismo, y quizá Moccia, al menos en sus adaptaciones para el cine, esté dispuesto a asumir el puesto del JK Rowling de las bajas pasiones (ese deseo sucio y oculto que, por extraños vericuetos, conduce al amor más puro), igualmente interesado en las numerosas máscaras del Héroe moderno, mientras compone con notas discordantes una suerte de épica del encoñamiento, tan incorrecta en la España que condenara el romance entre Carlos y Fayna en GH2 como jaleada a rabiar, de nuevo, por una juventud que, en el fondo, es la misma de los años setenta. Nada que objetar a una obra que abraza el género tan de buena gana —y comprende que ese mismo género, nueve de cada diez veces, se alimenta de estereotipos y concesiones—, y con un ímpetu tan macarra y exhibicionista: al Mario Casas de las primeras escenas, auténtico animal desenjaulado, no le hace falta violar a ningún feto para convertirse en el paladín de la amoralidad, pero su furia conecta enseguida con su público objetivo, y es sorprendente comprobar cómo esa misma vesania despierta de inmediato tantos suspiros como incómodas complicidades.

No obstante, muy torpe y cerril por mi parte sería no reconocer que la esencia genérica y descaradamente comercial de la película la obliga a pagar ciertos peajes un tanto molestos, valga como ejemplo los feos e innecesarios flash-backs sobre el pasado del protagonista, o las aun más feas apariciones del más descarado produce-placement. Más grave, a mi juicio, resulta que tanto González Molina como el guionista Salazar, siempre más apreciable en sus registros desmelenados, parezcan haber asumido demasiado rápido y con demasiado cinismo la herencia de la fórmula televisiva que se ha convertido en el signo de estos tiempos: aquella que dicta que por cada momento de gloria (la carrera de motos, el novio pijo o la pelea de gatitas entre Valverde y Andrea Duro) ha de corresponder un porcentaje aproximado de celuloide estéril, preferiblemente concentrado en el último tramo. Con todo, la química entre una adecuada Valverde y un arrollador Casas, tan magnífico aquí como en Carne de neón (Paco Cabezas, 2010), y la entrega absoluta de todo el reparto juvenil (en especial Cervantes y Salas, con mención cum laude para la robaescenas Nerea Camacho), cierto distanciamiento irónico y la contagiosa energía del primer tercio, consiguen relativizar sus defectos y proporcionar empaque a una peripecia si no memorable, si por lo menos lo bastante divertida, y desde luego mucho más cercana al espíritu de De tripas corazón (Julio Sánchez Valdés, 1985) que al de títulos más fácilmente defendibles por la crítica seria como Ladrones (Jaime Marqués, 2007).