No sólo Bardem

El empobrecimiento del discurso a que nos ha conducido la sobreabundancia informativa —al contrario de lo que muchos afirman— provoca que una vez que ha calado un mensaje, repetido y amplificado por su sencillez y superficialidad, apenas si merece la pena tratar de desactivarlo, pues la comodidad general del lector/espectador lo impide casi por completo. El mensaje sobre Biutiful ya se ha consolidado, antes del estreno de la película en España: lo mejor/lo único valioso es el trabajo de Javier Bardem. Imposible luchar contra ello: un porcentaje alto de espectadores acudirá a ver el filme por la presencia del actor, un porcentaje alto de comentaristas apenas si hará el esfuerzo de entender el cine del mexicano; otro porcentaje importante de espectadores apenas si buscará más allá de la experiencia fílmica a flor de piel, y otro porcentaje importante de los críticos se instalará, de nuevo, en esa posición (muy cool) sobre la supuesta incapacidad de González Iñárritu para construir relatos complejos.

Para mí Biutiful es una de las mejores películas del año.

Es cierto que la interpretación de Javier Bardem es eminente como, por otro lado, la mayor parte de sus trabajos: estamos hablando de uno de los mejores actores del mundo en este momento; no es menos cierto que ese esfuerzo no tendría eficacia alguna si no estuviese realizado sobre la base de un personaje tan complejo, tan profundo y tan ambiguo como el Uxbal creado por González Iñárritu, Armando Bo y Nicolás Giacobone; y, yendo más lejos, de nada serviría el atractivo de ese personaje si no estuviese integrado en un dibujo social y moral que dota a Uxbal de un significado singular y genera un aluvión de matices semánticos, ideológicos, políticos, sociales, psicológicos y éticos.

Por otro lado, me sigue asombrando la facilidad con la que se desdeña, en líneas generales, la puesta en escena de este cineasta mexicano. A mí me ocurre, viendo todas sus películas, que no puedo dejar de mirar el plano; eso es lo que me seduce de su cine, y tiene, evidentemente, una base objetiva en su forma de construir los filmes. González Iñárritu es perfectamente consciente de que el acto de colocar una cámara y un micrófono no es inocuo, y que ambos espacios, el de la imagen y el del sonido, son lienzos en blanco sobre los que volcar toda la emoción y todo el significado. Dos lienzos que se fusionan y que juguetean entre ellos (en ocasiones el silencio deja todo el escenario a la imagen, a veces el vacío del plano nos obliga a escuchar el paisaje sonoro) pero, sobre todo, dos lienzos repletos de detalles que se interrelacionan y enriquecen mutuamente. Es asombroso cómo la composición, el encuadre, la luz, el sonido, la perspectiva… todos los elementos del lenguaje cinematográfico son puestos en juego por el autor para hacer indivisible el corpus emoción-reflexión.

En Biutiful, como en sus otras películas, esta estrategia conduce a imágenes inolvidables, de una pregnancia y de una fuerza emotiva difíciles de hallar en el cine contemporáneo (la escena del mar abandonando en la playa los cadáveres de los inmigrantes chinos, la panorámica sobre una Barcelona lujosa plagada de grúas que sabemos manejadas por inmigrantes explotados) pero, además, esta película ofrece una singularidad añadida: una mixtura genérica (documental, fantástico, melodrama, terror) en plena coherencia con la complejidad del personaje y del entorno. Una mixtura ligada con maestría, donde resulta igual de increíble el retrato de corrupción rodado en tono documental en las calles de Barcelona, como reales parecen los espíritus de los muertos que es capaz de ver Uxbal.

Bajo esta perspectiva, la de diversas texturas y elementos heterogéneos urdidos con precisión, con rigor narrativo y con extremado lirismo en ocasiones, nos encontramos con otra de las ideas fuerza del cine de Iñárritu, llevada en este filme —quizá el más personal de todos los suyos— al extremo, que determina también un estilo y una moral: el principio de contradicción. Desde el mismo título (la transcripción incorrecta de “beautiful”, “bello” —que nos informa ya de uno de los temas de la película: el estrato cultural en función de la nacionalidad, es decir, de la renta— choca frontalmente con el feísmo, estético y ético, que domina buena parte de la película), pasando por Uxbal (un ser generoso pero al mismo tiempo corrupto, padre voluntarioso pero ciudadano poco ejemplar, etc.) hasta el propio retrato de la ciudad catalana (bellísima en la luz del atardecer, oscura y sucia en los callejones donde ocurren las cosas de las que no queremos saber)… todo es ambiguo y contradictorio, todo es y debe ser objeto de procesamiento y de reflexión. Iñárritu, al contrario que algunos de los popes del cine contemporáneo animados por algunos de los popes de la crítica contemporánea (recuerdo ahora a Fincher, Nolan o Haneke) no propone un camino único y dogmático —y, por tanto, casi siempre tramposo— para acceder a las ficciones, sino que compone poemas abiertos, donde la libertad creativa se impone a las ideas preconcebidas, y donde la moral de lo controvertible vence la batalla a la anti-ética de los imanes de la cultura. Si me gusta su cine es porque me deja espacio para pensar. Tiempo y espacio. Precisamente por eso no será fácil, en esta época en la que se van buscando aprisa respuestas cerradas, que su cine pueda despuntar más allá de algunos defensores acérrimos entre los que, por el momento, me encuentro. Porque González Iñárritu sí es consciente, y lo lleva coherentemente a la práctica, de que justo ahora que creíamos tener todas las respuestas, nos han cambiado las preguntas.