Oda a la persistencia

La crítica cinematográfica exprés es, por naturaleza, injusta. No negaré que, a veces, uno tiene bien claro lo que ha visto en un primer visionado y es perfectamente capaz de orquestar con ello un discurso coherente, pero, en buena parte de las ocasiones, este no es suficiente. Algo que se acentúa cuando el filme en cuestión requiere de un reposo, de un dejar calar las imágenes hasta llegar a intuir lo que estas esconden. No les mentiré. En su estreno mundial en el Festival de Venecia 2010, Caracremada me dejó indiferente. Ya fuera por el cansancio acumulado, por el exceso de filmes exigentes del certamen, o por las malas condiciones de la proyección (ciertos colores se veían difusos), el caso es que me sentí apartado de lo que ocurría en la pantalla y no supe qué opinar al salir de la sala. Por un lado, achacaba a la película sus excesivas deudas al ya cada vez más extinto cine del silencio (desde Gus Van Sant hasta Lisandro Alonso) y por otro me preguntaba hasta qué punto estaba siendo injusto como espectador y menospreciaba un trabajo arriesgado que, además, contaba con unos encuadres exquisitos. La duda perduró durante el resto del certamen y se acentuó aún más cuando un veterano crítico italiano me aseguró que el debut de Lluís Galter le había entusiasmado, hasta el punto de hallar en Caracremada detalles dignos de un Robert Bresson.

La película merecía, claro, una revisión. Y esta ha llegado ahora, coincidiendo con su inesperado estreno en salas. Dejando de lado la alta predisposición que requiere por parte del espectador para ser disfrutada, estoy en condiciones de asegurar que es una pieza mucho más estimulante de lo que en su momento me pareció y que, pese a sus imperfecciones y su excesiva rigidez formal, no debería pasar desapercibida. Tanto el modo en que el filme se enfrenta a un pasado que el cine español nunca ha logrado captar con precisión (la resistencia anarquista posterior a la Guerra Civil) como el depurado trabajo del director con la imagen y los efectos sonoros (dejando atrás el sometimiento al diálogo) son dignos de aprecio; y más en una ópera prima que es toda una carta de presentación. Los referentes de Galter, eso sí, están presentes en la película y es innegable que un halo bressoniano contagia el filme, especialmente en su primer tramo donde apenas se vislumbran los rostros de los personajes y predominan los planos detalles de una serie de manos que llevan a cabo distintas acciones, un poco a la manera de los ladrones de Pickpocket (Robert Bresson,1959).

Caracremada no se ahoga, sin embargo, en esas deudas a la modernidad y sabe sacar partido de una serie de mecanismos formales para construir una obra política atípica, una suerte de reverso marginal de la reciente Pa Negre (Agustí Villaronga, 2010) que, en vez de enfrentarse a la psicología de los personajes, opta por el vaciado del único protagonista —Ramón Vila, el último maquis—, del que poco supimos en su vida real y poco llegaremos a saber a lo largo del metraje. ¿Qué pretende entonces el filme? ¿Qué persigue Galter cuando nos invita a compartir los silencios de Vila? Quizá el director solo aspire a la comprensión, a la empatía del espectador por un ser coherente en sus postulados, por un hombre que, más allá de su ideología y sus métodos (que algunos compartirán y otros no), es capaz de ser fiel a lo que cree hasta las últimas consecuencias, mientras los años pasan y el resto de camaradas vuelven al redil con una máscara acorde a los nuevos tiempos.

Los cambios de clima dan lugar a bellas elipsis y los sonidos diegéticos en fuera de campo nos ayudan a intuir qué ocurre en la oscuridad del bosque, pero es difícil que Vila (t.c.c. Caracremada) altere su rutina; basada esta en pequeños sabotajes, alimentación medida y un aislamiento absoluto. Lo que sucede en el mundo civilizado tiene, pues, para él —y para el filme— una importancia relativa (aunque las muertes y las proclamas políticas no son ajenas al relato) y lo relevante es seguir el devenir de un hombre que, pese a la irrupción de una joven fascinada por sus ritos, seguirá su camino y solo encontrará oposición en otra figura —en su reverso, en su contraplano— con la que establecerá un enfrentamiento mortal, un choque digno de un western entre dos concepciones de la realidad, un duelo entre el cazador y la especie persistente, aquella que está en peligro de extinción y se resiste a morir sin luchar.