La versión oficial

No me gustan las versiones oficiales porque oficial, más que por oficio, me viene normalmente por fuerzas armadas. Yo que no hice la mili ni la prestación sustitutoria obligatoria soy más de mostrarme insumiso a los cables que nos tiran desde la orilla. Sé, negativamente, que allí se resguardan oficiales con fusiles y fuselajes y que después es muy difícil volver a navegar sin que te importe el viento. Al terminar de ver Blog tengo la sensación de eso, de que es como el intento de crear la versión oficial (por narices) de una tendencia, de que quiere convertirse en piedra angular de un viento de cambio en las relaciones cambiantes, de que pretende ser ese cable que una esa nueva forma de comunicarnos entre nosotros con una manera definitiva de comunicarnos con los demás: espectadores que se desconecten un rato de sus ombligos o los pongan en silencio, sufridores/disfrutadores de lo ajeno a tiempo parcial. Por eso Blog cuando empieza con las movidas de las webcams y una chica, que lo graba todo porque ella es así, comienza a caerme antipática. Le veo la patita y el patito (feo) de ponerse unas gafas grandes porque son modernas y tapan la cara. Porque me parece que eso es lo que se espera, que es lo que está mandado y que es menos de lo que realmente es.

Porque la película es en muchas cosas. Tiene frescura y coraje y eso es sorprendente. Asume con firmeza y sin miedo decisiones discutibles. Y eso es personalidad. Tiene actrices que molan y diálogos que brillan. Y eso es insólito (en el cine español). Todo esto la convierten en una obra irregular que nunca llega a ser desdeñable pero que tampoco logra  convertirse en satisfactoria, que bascula ensimismada entre momentos que son un trozo de verdad planificada con honestidad, a otros que parece dirigidos con piloto (kamikaze) automático. Derivas de la coherencia, saltos con red social, imposturas irrelevantes, glaciares de artificio que dormitan el poderío de los textos y  los subtextos que pueden generarse de su acabado y de la rebeldía ideológica, antropológica y socio-cultural que parece rezumar en su planteamiento.

Pero muy al contrario. Poco de eso, nada de lo otro. Es más, incluso dentro de esa aparente pátina contracultural inicial (e iniciática) encontramos que Marta la más espabilada  de las adolescentes (a la que le gusta leer y escribir) es la que pone en peligro a las demás al intentar hacer una novela de su aburrida existencia. La cámara se hace más turbia cuando la enfoca, enfanga nuestra mirada, no tiene el desparpajo de María, la clarividencia de Sandra o la candidez de Paula. La cámara no se solidariza con ella como con las demás y no creo que sea demerito de Candela Antón, la actriz que parece menos niña y más interprete que las otras. Luego más cosas extrañas y oficiosas (esa palabra me gusta más) que hacen que entonces la película me caiga bien. Me encandila que sea dulce en los momentos más amargos (las dudas, el fracaso, la rendición), me sorprende que sea amarga en los momentos más dulces (la amistad, la confianza, el proyecto en común), pero me deja noqueado (buscando las cuerdas y la esponja esa con agüita) la manera en la que Elena Trapé se salta todo su entramado narrativo para grabar un encadenado de postales preciosistas y horribles en las escenas de consumación en los camarotes del barco. Me sorprende y me desilusiona. Me decepciona y me muestra determinación.

Por eso para mí esta versión oficial es tan contradictoria que me niego a creer que los aciertos sean fruto de la casualidad y los defectos pulpa de la negligencia. Y lo contrario, también. Por eso no sé con qué carta quedarme ni que nombre ponerle a un nuevo blog. Por eso no sé si pensar que realmente es una película humilde que no puede con las pretensiones porque realmente no las tiene pero las lleva implícitas su asunción de un discurso narrativo determinado. De una praxis que no por involutaria pasa a ser inexistente. De una película que no por fallida deja de ser recomendable.