¡Viva la clase media!

Los seguidores de Garry Marshall, legioncilla de fondo inasequible al desaliento, estamos acostumbrados a pasarlo un poco mal. Si bien su obra ha oscilado siempre entre los imperativos de mercado y la asunción de ciertos rasgos generalmente ligados al discurso de autor, la mayoría crítica nunca ha acabado de tomar en serio su cine. Para sufrir y confundirse nos queda, pues, una de las filmografías más esquivas, irregulares, frustrantes y, aun así, coherentes, de estos tiempos extraños, adscrita con lealtad a prueba de bomba al que ahora parece, de pronto, el menor de los géneros: la comedia romántica. Cada película suya es una confirmación de estilo y personalidad y, en cierto modo, una decepción, y entre una cosa y otra hay lugar para que descuellen, por un lado, sólidas dramedies como Pretty Woman (1990) y Frankie and Johnny (1991) y, por otro, estimulantes rarezas de la catadura del alegato pro-sadomaso Dos sabuesos en el paraíso (Exit to Eden, 1994).

En estas, mientras Garry sigue, tan feliz, a lo suyo (la reciente Historias de San Valentín —Valentine´s Day, 2010—), ha surgido una corriente paralela de comedias románticas que, quien sabe si cundiendo con su ejemplo, fluctúan entre la independencia y la sumisión o, dicho de otro modo, entre la forma (reveladora) y la fórmula (acomodaticia). A este grupo pertenece esta simpática y algo inane Como la vida misma (Life as We Know it. Greg Berlanti, 2010), que le roba el título a una olvidable comedia bastante reciente a mayor gloria del improbable romance Steve Carrell/ Juliette Binoche. Asumida su ligereza, hay en ella algo peculiar, casi inquietante: su capacidad para dejar entrever la desazón de una clase media asentada pero sin demasiados horizontes profesionales y sentimentales, lo que la emparentaría con la desapercibida El amor es lo que tiene (A Lot Like Love. Nigel Cole, 1995). Treinteañeros inmaduros y, a la postre, tan idealistas como inútiles, con la etiqueta dazed and confused grabada en la frente y el reloj biológico corriendo que se las pela: un reverso disfuncional del american way of life que, a pesar de estar contado en susurros, con sutiles encajes (el personaje de la asistenta social) y ácidos contraplanos (la comunidad de vecinos) no puede evitar poseer una contagiosa y muy áspera melancolía.

Muchos dirán que estos claroscuros no bastan para defender una película que, como cabía esperar, acaba replegándose a las convenciones y resultando, incluso, más sosita de lo que debiera, quedándose un tanto por debajo de los logros de las espléndidas Niñera a la fuerza (Uptown girls. Yakin, 2003) y Una pareja de tres (Marley & Me. David Frankel, 2008). Pero es indudable que está formidablemente escrita y ribeteada con diálogos astutos, alguna réplica más osada de lo habitual, y servida con gracejo por dos notables maestros de ceremonias. Duhamel se muestra más convincente como ligón de supermercado que en el rol de padrazo sin preaviso, pero la parte del león se la lleva una arrolladora Heigl, altanera y displicente hasta con el último extra de fondo de plano, que se adueña de cada escena como una pre-Streep liofilizada con debilidad por el dangling fetichista. Cómoda y resignada tanto en su registro dramático como en el puramente histriónico, y dulcemente antipática en ambos, entiende muy bien que esto no es más que el peaje necesario antes de asaltar otros escalafones. Pero que esta es una película sobre la resignación es algo que queda fuera de toda duda.