La implacabilidad de un Clint menor

Puede llegar a ser doloroso traducir al español el título del último filme de Clint Eastwood. Sobre todo si los traductores aprecian y respetan al autor de Bird (1988). Y es que del lacónico, crudo, directo Hereafter original a Más allá de la vida hay todo un mundo de maldiciones e inferencias. Ya han pasado unos días desde su estreno y el sentir general de aquellos que la han visto es el de hallarse ante una película menor, cuando no directamente olvidable. Para ser de quién es, claro. Decía que lo del título español es trágico porque, sin que nadie lo haya querido así, contribuye a emparentar la película con ese tipo de productos culturales destinados al consumo de los buscadores no ya de respuestas sino de unas determinadas respuestas que ayuden a conciliar el sueño y, en general, a vivir sin demasiado miedo. Hay quien se rasgará las vestiduras ante la posibilidad de que un cineasta como Eastwood admita la somera posibilidad de que puede ocurrir algo después de la muerte, de que existe otro sitio, obviando que Hereafter, además de un drama, es una película de género fantástico. Es una fantasía, una elucubración al respecto de un vacío, un nudo en el estómago que todos notamos alguna vez; en mi caso, yo solía notarlo de niño, en la bañera. Era ahí cuando me daba por pensar en la muerte, no sé muy bien por qué.

El guión de Peter Morgan, firmante de los libretos de películas tan estimulantes como The damned united (Tom Hooper, 2008) o El desafío: Frost contra Nixon (Frost/Nixon, Ron Howard, 2008), no es sutil. Hace aguas, sobre todo, en el último tramo de la historia de Cécile de France, cuando trata de erigirse en caballo de batalla de Dios sabe qué certeza o intuición sobre la existencia de una conspiración (o más bien de un miedo atávico a la muerte) por parte de los medios de comunicación y del mundo en general. Y, seamos exigentes con las representaciones de lo irrepresentable, es de esperar que las visiones del más allá —un recurso reiterado en exceso a lo largo del metraje— sean algo más perturbador que un espacio blanco por el que deambula gente con aspecto de zombie. Al guión de Morgan le falta aspereza y también la voluntad de dejar, si lo que hemos visto lo exige, profundamente insatisfecho al espectador. Espiritualmente insatisfecho, intranquilo, tocado. Con la sensación de haber viajado por una carretera secundaria de esas que son retorcidas no sólo geográficamente hablando. Ahora bien, seamos también exigentes con la voz del que narra, con la música interna inherente a todo relato, que, cuando es buena, puede sobrevivir a una letra poco inspirada. Y la verdad es que ya nadie cuenta los cuentos como Clint.

Se ha dicho que Eastwood nunca antes había hecho una película como ésta, aunque si nos paramos a pensar un poco en ello, no es difícil ver en el personaje de George Lonegan (Matt Damon) al enésimo de los antihéroes que han transitado la obra del director norteamericano. En este caso, Lonegan es un solitario a su pesar. Es alguien que posee la capacidad para entablar contacto con la parte que más nos intranquiliza de nosotros mismos: el no ser, la acción de desaparecer para siempre, extinguirse. Y ese don, ese secreto que durante un tiempo George trataba de transmitir a cambio de dinero, es lo mismo que le hace infeliz y lo condena a esconderse de sí mismo y de los demás. Algunos han señalado el momento a partir del cual las tres tramas convergen como uno de los más forzados y chirriantes del filme, cuando es, en realidad, aquél en el que definitivamente colisionan lo dramático y lo fantástico: no deja de ser irónico y revelador que sea en una Feria del Libro, un evento teóricamente consagrado a la cultura y al conocimiento, dónde, súbitamente, aparezca un hombre que (él sí) posee un conocimiento verdadero, algo que no ha copiado o recibido de otros, algo tan original y trascendente como podría ser una línea directa con eso que llaman el Más Allá. Por un momento, las heridas de los tres protagonistas tendrán una oportunidad para cicatrizar o, si más no, para solaparse las unas a las otras. Es un instante estremecedor, diría que violento, al que no acaba de hacer justicia el epílogo posterior, que deja atados cabos que no era estrictamente necesario dejar atados.

La música, la gastronomía y el cine son tres cosas que pueden hacernos olvidar todo lo demás. Ni siquiera es siempre necesario lo excelso. Basta con que nos cojan de la mano de una determinada manera, o encontrarnos con un sabor reconocible, y ahí me darán la razón todos aquellos que sepan de la implacabilidad de ciertos platos sencillos de pasta o arroz. Efectistas y efectivos. Voy a confesar que a mí Hereafter me sirvió sobre todo para reencontrarme con Bobby Bacalieri (Steven S. Schirripa) semanas después de haber visto como lo descerrajaban a tiros en el penúltimo episodio de Los Soprano (The sopranos, David Chase, 1999-2007). Para más inri, en esa otra vida, Bobby da clases de cocina italiana en San Francisco, bajo una identidad falsa. Tiene sentido y todo, de una extraña manera. Es como si la película me hubiera ayudado a superar el final de esa serie. Y, al fin y al cabo, estamos hablando de Clint Eastwood. Se podía pedir más, pero también nos podrían haber dado mucho menos.