Pan blando

Desde hace unos años la presencia de productos made in Sundance no es sólo habitual en nuestras carteleras. También se han hecho un hueco en las nominaciones a todos los premios más o menos oficiales de los Estados Unidos. Aun así tal vez no hemos sido conscientes plenamente del relieve y la influencia que este festival ha llegado a desarrollar sobre toda una manera de entender el cine. La factoría Sundance va, de hecho, mucho más allá de los premios a través de una escuela de guión, de pitching forum y de la selección de determinados proyectos cara a posterior producción. Algunos de estos tendrán pues la financiación asegurada y algunos otros, aun sin la marca Sundance, tendrán su marchamo cuando lleguen a las carteleras. No sería mi intención desacreditar de manera sistemática una estrategia que de modo inteligente y con coherencia favorece tanto un desarrollo industrial como da la oportunidad a diversos autores noveles de debutar con mayores posibilidades de éxito de las que hubieran gozado en circunstancias más adversas. El problema radica básicamente en el formato escuela que determina de modo (aparentemente) inevitable la homogeneización de los productos Sundance y una cierta inanidad final.

El estreno de Winter’s Bone [1] es la oportunidad ideal para reflexionar una vez más sobre el fenómeno Sundance. La película de Debra Granik se ambienta en zonas rurales de las mpntañas Orzak en Missouri y sigue los pasos de Ree, una joven adolescente a quien la enfermedad de su madre y la fuga del padre han dejado a cargo de su propia supervivencia, de la citada madre y de dos hermanos menores. Debido a una demanda legal la familia queda a riesgo de ser desahuciada y sólo la aparición del padre o, eventualmente, la prueba de su muerte, les permitirá mantener su hogar. Ree tratará por todos los medios de dar con su progenitor en un entorno hostil, plagado de fabricantes de droga, violencia y engaños. Granik no elabora sin embargo ni una cinta de serie negra (aunque tiene algunos rasgos en la turbiedad moral de determinados personajes) ni una road movie. Winter’s Bone se articula como un drama de crecimiento personal y afirmación de Ree  en su asunción de cabeza de familia responsable. En este simple resumen se pueden observar, pues, las características del modelo dramático Sundance: protagonista femenina, joven, de clase social baja, enfrentada a situación adversa y mirada al patio de atrás de América,  a la llamada white trash… La elaboración incluye un guion sucinto, unas acertadas banda sonora y fotografía, un elaborado trabajo de casting con actores noveles o poco conocidios, buena interpretación y una excelente descripción del entorno. Una vez más, la industria americana nos da a conocer, exporta, su país. Sólo que ahora no vemos el glamour o las callejuelas de Manhattan o LA sino que nos da a contemplar estas zonas rurales desamparadas de ley y orden, de la justicia social más básica. Winter’s Bone sin embargo arrastra también los aspectos más negativos de los productos Sundance. Si bien vemos, de modo evidente y técnicamente recreada con realismo, la miseria y la bajeza moral del entorno en el que Ree debe bregar, no se nos plantean en ningún momento explicaciones de porque esta comunidad ha degenerado así. Estamos desconectados de todo referente geográfico o social que explique porque la familia de Ree pero también muchos de sus vecinos habiten en la pobreza. Debra Granik y Anna Rosellini, coguionista, contemplan sólo la anécdota vital de Ree, sin buscar mayores complicaciones. A este hecho, que puede considerarse por muchos una opción legítima de producción, una decisión asumida para evitar la dispersión argumental y reducir gastos, se añade otro que no sólo explicaría la opción tomada por las responsables de la cinta sino que define también su visión política del entorno desde el que contemplan a sus personajes y a su producto. Después de las penurias sufridas, de amenazas y golpes, de múltiples esfuerzos, un giro de guion facilita la resolución de la trama. Es como si, habiendo completado la descripción del personaje y su entorno, los responsables de Winter’s Bone han decidido no profundizar más y cerrar la historia con una resolución muy suavizada… Estamos en América. Dios aprieta pero no ahoga. Aún quedan buenos corazoncitos…

Y llegados al final de la cinta nos damos cuenta de otra ausencia. De que en la elaboración cuidada de este producto industrial algo se ha quedado por el camino. Winter’s Bone carece de emoción. No afecta, no duele. No basta la buena interpretación o la buena fotografía. La falta de conexión para valorar el entorno nos sitúa en la posición de espectadores de un drama que nos resulta muy ajeno. Pero, por otro lado, la limpieza, la claridad, la asepsia de la producción no nos dejan creer en Ree, en su problema o en su miseria. Algo así como sucedía en Pa negre (A. Villaronga, 2009) dónde la iluminación ensalzaba el trabajo de ambientación y vestuario y la realización equilibraba con forzados detalles de complicidad las simas de maldad que sólo veíamos de lejos. Winter’s Bone nos muestra una miseria que se seinte demasiado bien presentada. Sus protagonistas son demasiado guapos, van demasiado limpios, para ser una familia que no tiene qué comer y que depende de la caridad vecinal. No se les ve ni macilentos ni delgados. Las cuidadas imágenes no transmiten, pues, el sufrimiento de Ree. Nada que ver con el insoportable, angustioso, sufrimiento, casi épico en su dolor, de la Rosetta de los hermanos Dardenne —Rosetta (J.P. y L. Dardenne, 1999)—, o de la Mia de Fish Tank (A. Arnold, 2009) por citar un par de referentes de miradas a la miseria europea. A Sundance le sobra elaboración técnica y le falta capacidad reflexiva. Aun así sigue creciendo y alimentando las pantallas mundiales con estas migajas cinematográficas  blandas y poco nutritivas.


[1] Como The Fighter (D.O. Rusell, 2010), de nuevo un titulo en versión original… Parece que los distribuidores confían en nuestros conocimientos de inglés. ¿Por qué no, pues, todos los estrenos en versión original?