Historias de Nueva Orleans

Por lo general cuando un cineasta extranjero decide trabajar en Estados Unidos, ya sea por decisión propia o por la inevitable absorción de la gran industria de un nombre que ha despuntado con un filme de cierta relevancia, suele chocar contra un sistema implacable siempre dispuesto a eliminar de un plumazo, por paradójico que pueda resultar, cualquiera de sus señas de identidad. Por supuesto, esta aseveración se refiere a los últimos veinte-treinta años aproximadamente, tan sólo un zangolotino podría afirmar que el sistema hollywoodiense devoró a autores como Fritz Lang, Josef Von Sternberg, Billy Wilder o Roman Polanski. Así, en  las últimas décadas, con cierta regularidad, hemos visto como interesantes realizadores sufrían las consecuencias de caer en la tentación de la industria norteamericana. Ejemplos hay a decenas, que van desde un despistado Volker Schlöndorff,  lejos de sus mejores logros en Alemania, hasta el patético Florian  Henckel Von Donnersmack de The Tourist (2010), sin olvidar, desde luego, a Gavin Hood, que después de alzarse con el Oscar a la Mejor película de habla no inglesa  por Tsotsi (2005), acabó cargando con un Blockbuster tan malapata como X-Men origenes: Lobezno (X-Men origins: Wolverine, 2009). Sin embargo, determinados directores de alguna forma consiguen al atravesar las fronteras estadounidenses una suerte de extraño milagro cinematográfico al lograr algo así como un perfecto equilibrio entre sus miradas y la inmensa tradición fílmica del país que confluye en una serie de filmes inolvidables, que saben combinar con gran sabiduría la mítica cinéfila, cargada de conmovedores homenajes, con su propio e intransferible discurso. Uno de los títulos claves para abordar esta cuestión es, sin duda, el magistral Alrededor de la medianoche (Round Midnight, Bertrand Tavernier, 1986). Con esta pieza, además de alcanzar uno de sus mayores triunfos, Tavernier, construyó, partiendo de la mítica del jazz en general y en concreto del legendario saxofonista Dexter Gordon, una de las más hermosas y sinceras declaraciones de amor al propio medio en que se expresa. Por eso, su regreso al nuevo mundo, más de veinte años después (no debemos olvidar, eso sí, su anterior visita, acompañado de Robert Parrish, en 1983, con el magnífico documental Mississippi blues), después de varios trabajos en exceso irregulares, supone para el aficionado una espléndida noticia.  Si además para su nueva película norteamericana parte de un novela de un autor como James Lee Burke, habida cuenta de los buenos resultados obtenidos de su adaptación de Jim Thompson, las expectativas frente a esta realización no pueden ser mejores. Por todo ello, después del visionado de En el centro de la tormenta (In the electric mist, 2009) el espectador tan sólo  siente decepción, después de soportar una película tan sorprendentemente mediocre.

De alguna manera, el cineasta francés parece ser víctima de la maldición del cineasta extranjero al que la industria despersonaliza por completo para transformarlo en una suerte de monigote exótico al que pasear  durante la promoción de su nuevo juguete. Bertrand Tavernier lleva muchos años realizando filmes muy bien acabados pero también muy vacíos. No obstante, continúa siendo un inmejorable ilustrador de los guiones que maneja. Su domino de la praxis fílmica está fuera de toda duda, pero su capacidad de observación y la agudeza en el retrato de los diferentes personajes hace años que parece haberlas perdido. Por otra parte, en su labor como crítico, ha dado prueba en infinidad de ocasiones de un conocimiento asombroso del cine norteamericano y sus innumerables aristas, así como de las claves de la obra de imprescindibles directores como Walsh, Boetticher o Ulmer. Sorprende, por tanto, la acumulación de lugares comunes, el desfile de personajes planos y la planificación de manual que atropelladamente se agolpan en su nueva realización. Ningún rastro podemos hallar de sus grandes virtudes narrativas en esta convencional historieta de policía atormentado por unos fantasmas tan típicos comos simplones, al que da vida un Tommy Lee Jones, desesperadamente idéntico a si mismo. Parece que en ningún momento al director le interesan lo más mínimo los conflictos de sus personajes ni la posibilidad de profundizar en una historia que no presenta ninguna novedad frente a las mil producciones anteriores en que el mismo intérprete ha encarnado a similar sujeto con problemas parecidos. Es más, por momentos, realizadores de encargo como Andrew Davis o Stuart Baird consiguen insuflar más emoción y coherencia  a sus olvidables producciones de género que un autor reconocido por su talento y obra. El francés parece un principiante recién salido de la escuela de cine, sin ningún bagaje cinéfilo, que con inoportunos apuntes a la actualidad, con la tragedia del Katrina a la cabeza, o con la aparición de personajes tan risibles como ese General confederado al que interpreta Levon The Band Helm, y que supone una especie de voz de la conciencia del protagonista, trata de situarse por encima de los reconocibles títulos de consumo rápido, fracasando estrepitosamente.

En realidad, en el conjunto de esta película nada parece tener sentido, desde la improbable historieta de amistad entre el policía y una engreída estrella de cine, que no pinta nada en todo el metraje, hasta la relación rota entre los dos viejos amigos. Los recuerdos del pasado, con el asesinato de un muchacho negro como pieza principal de un rompecabezas a completar, los nuevos asesinatos de muchachas, todos los elementos en definitiva se antojan caprichosos apuntes deslavazados que intentan al precio que sea alcanzar un desenlace, mas o menos abierto que resulta el último chiste de mal gusto de un conjunto de vergüenza ajena. La comparación entre el policía decadente que bordaba Philippe Noiret en Corrupción (Coup de torchon, 1981) y el atormentado Dave Robicheaux son inevitables. Pero donde antes encontrábamos una brillante labor interpretativa y una incuestionable sagacidad para retratar los diferentes matices del personaje, ahora tan sólo hay conformismo e incapacidad para ir más allá de una propuesta tan poco lograda que en realidad no vale la pena ni considerarla para completar una filmografía irregular desde luego, pero también llena de aciertos y por supuesto momentos memorables.

Las poco entusiastas críticas recibidas por su última producción, La princesse de Montpensier (2010), todavía inédita entre nosotros, nos hacen lamentar que un cineasta tan interesante como Bertrand Tavernier esté atrapado en una espiral de tedioso conformismo creativo. Por supuesto, siempre nos quedará la posibilidad de revisar sus mejores títulos, que sin duda son unos cuantos.