Balaguer Begins

Mientras muchos críticos se empeñan en cifrar el destino manifiesto de la imagen en propuestas como Misterios de Lisboa —cuya repercusión en la sociedad española quedará circunscrita a dos o tres afectados por el síndrome de la clase turista—, el cine calificado de espiritual coloniza silenciosamente desde hace un tiempo las salas de exhibición.

No parece haber demasiado interés por averiguar qué puede implicar, en el marco de una grave recesión socioeconómica y en vísperas de un probable cambio de signo político en nuestro país, la muy exitosa especialización de Karma Films en este tipo de cintas; la «oportunidad de evangelización» que brindan, en opinión de críticos católicos como Juan Orellana; la aparición de particulares capaces de invertir millones de euros en fondos ideologizados de capital riesgo cinematográfico; o el recurso a estrategias de promoción y exhibición inéditas por estos lares —no en el Bible Belt estadounidense— que combinan la movilización masiva de feligreses y el Apostolado de la Opinión Pública, pases especiales con entradas a precios no menos especiales, proyecciones en cárceles y colegios, y la ubicación estratégica de folletos publicitarios en cadenas hoteleras y de estética.

No pretendemos hacernos eco del fenómeno como si constituyese una amenaza, sino en tanto síntoma: diríase que los adeptos a ciertas creencias se han cansado de no tener influencia en una esfera pública mediatizada por valores antagónicos que han apuntalado, en lo que al cine se refiere, títulos como Camino (Javier Fesser, 2008) y Ágora (Alejandro Amenábar, 2009). Y están haciendo valer su presencia. No solo a base de pagar entradas; véanse las noticias ahora mismo en circulación en torno a misas multitudinarias de desagravio en la Complutense tras la celebración de una performance contra la Iglesia en una capilla de Somosaguas. O la «derrota de los laicistas» en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que ha avalado la presencia del crucifijo en las escuelas públicas.

En cualquier caso, bajo el denominador común de su especial atractivo para una audiencia determinada, esta oleada de cine espiritual abunda en contrastes: la naturaleza inquisitiva de Lourdes (íd. Jessica Hausner, 2009). La pía y testimonial de La última cima (Juan Manuel Cotelo, 2010). La compasiva y ascética de Thérèse (íd. Alain Cavalier, 1986). La reflexiva de De dioses y hombres (Des hommes et des dieux. Xavier Beauvois, 2010). La melodramática de The Way (íd. Emilio Estévez, 2010). ¿Qué pretende Encontrarás Dragones?

Desde unos títulos de créditos iniciales con resonancias míticas, cuya exhortación «¿Y tú de qué lado estás?» nos remite al tagline de X-Men: La Decisión Final (X-Men: The Last Stand. Brett Ratner, 2008), y cuyo recurso metafórico a los dragones alude a la oscuridad que anida en el corazón de los hombres y a las facetas por revelar en un relato archisabido, el director —y, por primera vez, guionista en solitario— Roland Joffé apuesta por lo que Batman Begins (Christopher Nolan, 2005), Casino Royale (íd. Martin Campbell, 2007) y Star Trek (íd. J.J. Abrams, 2009). Es decir, por liberar a su protagonista, el fundador del Opus Dei Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), de su aureola petrificada de santo, hacedor de milagros, Padre de la Iglesia, que tanto fervor y tanto recelo despiertan; remontándose a su infancia y juventud para reinterpretar su legado espiritual al gusto de la muchachada, quién sabe si también los numerarios, del siglo XXI.

Balaguer es representado en casi todo el metraje de Encontrarás Dragones con su muy reconocible panoplia superheroica: gafas de montura a lo Harry Potter, sotana a lo Neo. Pero el actor Charlie Cox otorga al rancio disfraz un morbo tolerado para todos los públicos. Y, aunque no cabe duda de que la prioridad de Josemaría pasa por entregarse a Dios con todos sus «sentidos y potencias», se pone buen cuidado en que también le percibamos como un chaval espontáneo y sanote que se deja llevar por el entusiasmo a las riendas de un carruaje, estrella su cena contra la pared ofuscado por el silencio de Dios, hechiza a una coqueta católica que acude a confesarse a su vera, y apuesta por el entendimiento entre ideologías contrapuestas durante la convulsa España de Alfonso XIII, la segunda República y la Guerra Civil.

A Joffé no le basta con soslayar los vidriosos procesos de beatificación y santificación posteriores al fallecimiento de Balaguer, ni los años acomodaticios, esplendorosos y dogmáticos previos a la misma y coetáneos al franquismo. Para demostrar que su vida y obra no solo estaban llenas de virtudes admirables en origen, sino que estas tienen el poder de alumbrar los pasos de la humanidad descreída y confusa de hoy, las aventuras tempranas de Josemaría se articulan como flashbacks por obra y gracia de los recuerdos de Manolo (Wes Bentley), vecino del santo en su Barbastro natal cuya paralela trayectoria existencial a lo largo de la época reseñada sobrepasa todos los límites de la abyección. Lo que hace de él un negativo perfecto del héroe, un villano prototípico, obligado por la naturaleza del film no a expiar sus crímenes cayendo desde una azotea y reventando contra el capó de un coche patrulla, sino rindiendo armas en su lecho de muerte al perdón y los milagros.

En las dos únicas películas que a este paso se citarán en su necrológica, Los gritos del silencio (The Killing Fields. 1984) y La misión (The Mission. 1986), Joffé ya había confrontado modos antitéticos de transitar las marejadas de la Historia: la de quienes —Dith Pran/Gabriel— dan testimonio comprometido y sufrido de su navegación, y la de quienes —Sydney Schanberg/Rodrigo Mendoza— aprovechan el oleaje para surfear y recogerse a la primera señal de peligro, con el subsiguiente complejo de culpa. Sin embargo, mientras en aquellos films una y otra postura compartían tiempo narrativo, lo que hacía verosímil y convincente el discurso moral subyacente, en Encontrarás Dragones Joffé comete el error de glosar las hazañas pasadas de Balaguer, en palabras de Jordi Balló un «héroe épico clásico que supera la tentación de lo sombrío, que baja a los infiernos en busca de un rescate», a través como hemos referido de los ojos de Manolo, un «héroe atormentado de nuestro tiempo, que adquiere la conciencia extrema de la culpa, actuante del infierno que asciende a la tierra».

Como resultado, las proezas de Josemaría y la vesanía de Manolo entre 1902 y 1939 adquieren cualidades pedestres, folletinescas, risibles. Y la penitencia y redención contemporáneas del segundo carecen de cualquier convicción, pese a un puntual expresionismo chungo que nos retrotrae a Hoffa (Danny DeVito, 1992) o Nixon (íd. Oliver Stone, 1995) y que se atreve fugazmente hasta con el bullet time. Chris Nolan fue consciente en El caballero oscuro (The Dark Knight. 2008) de que la entrada en escena de una criatura tan extrema como el Joker forzaba la metástasis del universo heroico forjado en Batman Begins. Joffé ha intentado servirse del desorden ideológico presente con el objetivo de reivindicar esencias de un pasado arcádico que, según él y los productores de Encontrarás Dragones, son susceptibles de gestionar  moralmente nuestro futuro. Ignorantes de que las creencias traen aparejadas subrepticiamente articulaciones formales que delatan todas sus costuras en cuanto son infectadas, aun de manera premeditada, por el virus de su antítesis.

O, como manifestase con menos palabrería el cineasta católico Rafael Gil: «Creo que la fe se alcanza por caminos simples y se pierde por los complicados». Al fin y al cabo, más le habría valido a Encontrarás Dragones ser simplemente esa “historia de aventuras a lo Indiana Jones sobre un chaval espoleado por Jesús” que había planteado a partir de la vida del santo la ex-monja Barbara Nicolosi. Puede que tan delirante premisa, la ficción desvergonzada en vez del sermón capcioso, hubiese surtido más efecto a la hora de resetear a Balaguer y captar prosélitos.