Abuela no hay más que una

1. Las abuelas

Cuando el joven protagonista de la anterior película de Brillante Mendoza (Kinatay, 2009) entraba en su humilde domicilio tras una noche de auténtica pesadilla y se cerraba la cinta, daba la sensación de que nunca iba a superar la tragedia que había vivido, de que la brutal experiencia marcaría su vida para siempre. Cuando vemos en las primeras imágenes a la lola Sepa pugnando contra viento y lluvia, afanándose por encender la vela que quiere depositar en el sucio rincón dónde su nieto fue asesinado, tenemos la sensación que nunca podrá desprenderse del dolor de la pérdida. En lucha contra la vejez, contra las articulaciones que no le permiten deambular bien, contra el mismo Jay Jay, bisnieto que la acompaña pero que la saca de sus casillas con sus juegos infantiles, Sepa se esfuerza por mantener la dignidad en una ciudad hostil. Brillante Mendoza hace honor a su nombre, una vez más, siguiendo de cerca a la anciana con una cámara que nos hace sentir, no sólo ver, el ir y venir de la mujer. Que nos muestra esa ciudad nada amigable para peatones, llena de obstáculos, agujeros, imagen de una sociedad en la que parece imperar la ley del más fuerte. Mendoza seguirá respetuosamente a Sepa, cerca de ella, hasta el momento en que, siguiendo a Jay Jay por los pasillos traseros de la funeraria, da con un cadáver esperando ser colocado en el ataúd. Lola Sepa sufre el golpe, reconoce la pérdida y se detiene. Mendoza, sobriamente, le permite una distancia de intimidad. Aunque la cinta sea algo menos vibrante que obras previas, Mendoza ha ganado en serenidad, cambiando el efectismo de Serbis (2008) o Kinatay (2009) por una sobriedad respetuosa que favorece mucho el visionado. Así seguirá el esforzado itinerario de Sepa para engarzar con el paralelo de la lola Puring, la abuela que sufre por su nieto encarcelado y las enfrentará con elegancia en una escena que no habría sido así en las películas previas. Puring, llamada por el fiscal, entra en la oficina. Sepa, conocedora en ese instante de su identidad, la agarra por el brazo y la mira fijamente, sin decir nada. Puring le devuelve la mirada, comprendiendo, sintiendo también el dolor de una abuela herida. Sepa deja ir a Puring y Mendoza corta el plano.

2. Manila, Filipinas

Alternativamente, Mendoza seguirá a ambas mujeres en una ciudad hostil. Un núcleo urbano surcado por trenes, coches, microbuses y rickshaws. Una ciudad dónde las luchas de ladrones y ciudadanos, de policías y vendedores ambulantes están a la orden del día. Dónde un par de días bastan para que los familiares de un trabajador muerto no cobren pensión, dónde los vendedores engañan con el cambio, dónde pueden matar un joven por un teléfono móvil…No en vano, como en El dinero (L’argent, R. Bresson, 1983), la primera escena que vemos es de una transacción monetaria, billetes y monedas. Sepa debe pagar homenaje a su nieto. La procesión va por dentro; pero, por fuera, hay que cumplir con el ritua, el ataúd de calidad que es de rigor,el cortejo fúnebre… Y hay que conseguir el dinero: en el empleo del fallecido, en un puerta a puerta de los vecinos, en la ayuda del concejal de distrito o pidiendo un crédito a cambio de su ínfima pensión. El dinero que delimita su vida, la de sus vecinos, habitantes de una zona se supone que permanentemente anegada, el dinero que delimita incluso su muerte. Y Puring busca también el dinero. El dinero que permita, de uno u otro modo, la liberación de su nieto. En estos momentos no hay más que dinero, ni los familiares enfermos, ni los niños o el trabajo. Todo está supeditado a un comercio de vida y muerte en una ciudad que es ajena a su sufrimiento y Mendoza desplaza el punto de interés del dolor de las ancianas a sus cuitas respectivas por obtener los fondos necesarios. El conflicto sentimental deja paso al conflicto económico, más acuciante en este punto de la trama y más propio de la realidad social de Manila… Por ello no deja de sorprender al espectador, incluso de plantear un conflicto moral (especialmente a los mediterráneos que tal vez esperamos una venganza sangrienta), el acuerdo final entre las abuelas mediante el dinero que equilibra la vida y la muerte. El dinero que lo compra casi todo. Y, las dos lolas, resignadas, serenas, a sabiendas de que poco más pueden hacer, sellan el pacto hablando, con una cotidianeidad chocante, de enfermedades y pastillas, de dolores y mala salud. Como todas las abuelas de todo el mundo. Y, finalizada la transacción, Mendoza recoge en plano general su separación mientras la Justicia se mantiene, ojos vendados, indiferente, en medio del intenso tráfico de Manila.