Cinco

1 Yo tenía veintisiete años y creo que, más o menos, sabía quien era. Pero no sabía muchas cosas acerca de la chica con la que fui a ver Misterios de Lisboa, y eso era algo que me generaba una divertida extrañeza. Porque, en según que otro contexto, decir que has pasado seis horas y pico con una chica, sin especificar la duración de la película, puede motivar toda clase de conjeturas.

2 Ver películas solía ser emocionante. Mi abuelo me contó que hubo un tiempo en el que la gente podía elegir entre pensar en comer, o comer muy poco y quedarse con hambre, o ir al cine. Y la gente iba al cine para no pensar en comer ni en el color gris del cielo y de la tierra. No voy a establecer un agravio comparativo, pero también tenía cierto sentido de la aventura el hecho de rebuscar en videoclubes, rastros y tiendas de segunda mano, encontrar películas sobre las que casi nadie había escrito nada. Verlas, aunque la imagen saltara, aunque las dichosas líneas hicieran aún más raras las escenas raras de la película. También estaba bien, aunque tampoco es que fuera un sacrificio por nuestra parte, dejar de ir a clase para ir al cine. Ahora todo está en la Red: en una hora tendrás descargada esa perla checa de la que hablan en varios blogs, y podrás verla mientras chateas con gente que, en realidad, no te importa demasiado. Por todo eso y otras cosas tenía tan claro que quería ir a ver la película de Raúl Ruiz. Porque sólo la ponían a una hora y en un cine, y no iba a durar mucho en la cartelera. Porque dura cuatro horas y veintiseis minutos. La tomas o la dejas. Aunque luego resultó que la sala estaba prácticamente llena y nos tuvimos que sentar en primera fila. Asistimos a un sold out de Raúl Ruiz, como dijo mi amiga. Y no ha sido el único: un amigo me dijo el otro día que también fue a verla, llegó justo, y se quedó sin entrada porque el aforo estaba completo.

3 Durante la primera parte de la película venían constantemente a mi cabeza las palabras escuadra y cartabón. Me fascinaba el personaje del Padre Dinis porque parecía ser una suerte de alter ego narrativo del director de la película, alguien cuyas acciones las motivaba no ya esa fantasía llamada altruismo sino algo que podríamos llamar la cuadratura del circulo. Como si todo, en esta vida, pudiera encajar. Un diagrama que lo contenga todo y, a su vez, dibuje sobre la pizarra un nuevo enigma, quizá el enigma del tiempo y de las encrucijadas infinitas. Pensé en la maravillosa escena de la pizarra en el bosque de Twin Peaks, y en el padre Dinis trazando líneas y círculos sobre una serie de nombres. Pero, después de la pausa, me vi obligado a desechar la teoría de la escuadra y el cartabón, porque también el padre Dinis pasa a ser parte del enigma, de la ecuación planosecuencial que es Misterios de Lisboa.

4 El ritmo es a menudo un gusto adquirido. O quizá debería decir que en el cine las leyes de la física pueden romperse y se rompen. A veces operan las leyes del encantamiento. Ocurrió que la segunda mitad de la película, tras el entreacto, tiene más metraje y, sin embargo, se me hizo mucho, muchísimo más corta. Ya estábamos dentro del laberinto, y no queríamos salir, aunque sus recodos se hicieran cada vez más difusos y fantasmagóricos y parecieran no tener fin. Los pasillos del cine Alexandra, a su vez, también son una especie de laberinto.

5 La película de Raúl Ruiz es un caballo desbocado, tan cerca de la literatura pura, del placer de contar historias, como del más inquieto lenguaje cinematográfico, ese que permite al espectador deleitarse a cada rato con sus ingeniosas soluciones formales y hallazgos de puesta en escena. Sorprende que un argumento a priori tan intrincado como el que se le presupone a cualquier folletín decimonónico que se precie discurra sin embargo de forma tan ligera y cristalina ante nuestros ojos y oídos. La verdad es que no sé hasta que punto será redundante que me extienda en glosar las virtudes del majestuoso tapiz de narraciones tejido por Ruiz, sobre todo habida cuenta de la exhaustiva e imprescindible entrevista, también publicada en Miradas, que los compañeros Andrés y Santiago Rubín de Celis le hicieron al cineasta chileno, a propósito del estreno en España de su película. Así que me despojaré de una vez del atuendo y los bártulos del cronista, sean estos cuales sean, y os haré una postrera revelación, algo que nadie más contará sobre Misterios de Lisboa y quizá os descoloque en cierta medida: en el filme también hay varios gags de eructos.