No soy un animal, soy un ser humano

Una de las escenas más recordadas de Blade runner (íd., Ridley Scott, 1982) es aquella en la que Roy espeta a Deckard una poética reflexión sobre la  resignación de quien acepta su muerte aun habiendo luchado por su vida. Es un momento trágico, casi místico y totalmente mítico, porque permite la humanización del replicante que se engrandece frente a la pétrea figura del supuesto humano; una muestra más de cómo los hombres sufren un proceso de cosificación mientras sus creaciones habitan su humanidad perdida. Su capacidad de emoción no es lo que finalmente convence a Deckard (y a nosotros como espectadores) de que Roy es capaz de sentir —pues ya había quedado patente en su amor hacia Pris— sino que es su capacidad para expresar esas emociones lo que evidencia y crea la empatía que nos lleva al entendimiento de su circunstancia; es mediante la expresividad como reconocemos la humanidad en el otro.

Kathy H. es la protagonista de Nunca me abandones y por eso Mark Romanek le permite hablar en primera persona poniendo a su servicio desde el principio una necesaria voz en off. El libro de Ishiguro Kazuo en el que se basa la película, está narrado por completo en primera persona, siguiendo una serpenteante evolución basada en los recuerdos de Kathy; pero esa decisión del punto de vista esconde, además, una apabullante coherencia entre forma y fondo, haciendo de su narrativa un juego metalingüístico que podría haber funcionado como salvoconducto para Kathy, del mismo modo que el discurso final de Blade Runner era el de Roy. Sin embargo, antes de ir más allá prefiero advertir la necesidad de haber visto la película (o leído el libro) para leer este texto.

Algo por lo que ambas expresiones (película y novela) pasan de puntillas, es el estado del mundo y las circunstancias en las que la humanidad ha llegado a criar clones para subsanar las enfermedades y la falta de donantes de órganos; y es que, como ocurría en Monsters (íd., Gareth Edwards, 2010), la ciencia ficción sirve de marco para cuestionarse las relaciones personales en situaciones límite. Así pues, Nunca me abandones no presta atención al mundo en el que viven sus protagonistas, sino que se interesa por el triángulo amoroso entre Kathy, Tommy y Ruth por estar ellos limitados en su derecho a amar y a ser amados, al haber sido creados con un claro objetivo. De esa manera, son usurpados de su condición humana ante la artificialidad de su nacimiento, pero no por ello dejan de sentir como lo haríamos cualquiera de nosotros. Sin embargo, la gran diferencia radica en la normalización de cohibir ciertos impulsos (el amor, el sexo, la supervivencia) al no haberles sido autorizado soñar con un mañana, al negárseles sus derechos humanos. Por eso el idílico internado de Hailsham recuerda tanto a El bosque (The Village, M. Night Shyamalan, 2004)—, por su artificiosa seguridad y por el desconocimiento que existe a ambos lados de la valla.

No obstante, asoma en toda este tétrico retrato de nuestra especie una luz esperanzadora en el rol que juega el enigmático personaje de la Madame, una señora que a cada visita a Hailsham se lleva consigo algunas de las obras artísticas de los niños para demostrar al mundo que no son animales, son seres humanos; pues el arte es el lenguaje del alma, y la capacidad de expresión a través del arte es un rasgo diferenciador del hombre. Ahí es donde (y perdonen la distensión) el guionista Alex Garland pierde la batalla de la adaptación, al descuidar que el libro —la narración de Kathy H. en primera persona— es la mejor prueba de su condición humana. Nunca me abandones como obra es el objeto revelador, el salvoconducto para todos los donantes y los cuidadores, pero en su traslación a película Romanek se ve limitado por su guión y queda impedido de escalar a ese nivel del metalenguaje. Así pues, su dirección capta con gracia la melancolía y la resignación de la prosa de Ishiguro Kazuo, pero se queda a un paso de su completez.