Muchos siglos después…

Siempre me ha fascinado la respetabilidad que ofrece algo tan poco sofisticado y tan poco dependiente del mérito como es el paso del tiempo. Cuando Charles Perrault (París, 1628-1703) escribió Caperucita roja (1697) recogiendo la tradición oral proveniente de la Edad Media, o cuando Jacob Grimm (Hesse, 1785-1863) y Wilhelm Grimm (1786-1859) reescribieron el cuento dotándolo de un final feliz y de un aire más tranquilizador (en 1812) no imaginaban, con seguridad, que siglos después serían considerados clásicos de la literatura popular. Hoy es probable que a casi nadie se le ocurra reconocer en este filme de Catherine Hardwicke un relato que pueda pasar a la posteridad y, sin embargo, su ejecución tiene exactamente el mismo propósito y, en esa línea, logros parecidos a los de los cuentos clásicos: retomar una tradición narrativa y dotarla de un significado moral adaptado al tiempo actual, haciéndolo llegar a la máxima cantidad posible de personas (algo intrínseco a la esencia del relato, por cierto).

En ese sentido, es difícil oponerse a la capacidad de Hardwicke. Ya con su cuarto largometraje supo expresar en imágenes, notablemente por cierto (al margen de las debilidades del guión de Melissa Rosenberg), uno de los relatos contemporáneos que ha logrado introducirse en las mentes de los niños y de los adolescentes, antecedente imprescindible para convertirse en clásico: Crepúsculo (Twilight; EE.UU., 2008), el comienzo de una saga que se ha ido deteriorando exponencialmente y que no continuó Hardwicke. Mucho de este filme hay en Caperucita roja ¿A quién tienes miedo?, donde la leyenda del lobo se solapa con la del hombre lobo, y donde el vampirismo y el despertar al sexo de la protagonista (algo que ya estaba en la base del relato de Perrault) siguen siendo temas capitales.

En esa adecuación de las narraciones clásicas a la sociedad contemporánea, a la que me refería antes, la película muestra algunos de sus elementos más interesantes, pero en la incapacidad para tramarlos y dotarlos de un significado unitario es también donde se produce su mayor fracaso. El subtítulo español trata de mitigar ese fiasco, expresando con palabras (¿A quién tienes miedo?) lo que el filme no logra mostrar eficientemente en imágenes: la utilización del terror atávico a lo desconocido para componer un generalizable miedo al otro, legitimación suficiente para exterminar al diferente. Esta idea, de raíz original en el guión del filme (de David Johnson), retomando la moraleja del cuento de Perrault y actualizándola para la sociedad mundial de comienzos del siglo XXI, está representada en el personaje interpretado por un caricaturesco Gary Oldman, un sacerdote (la religión como generadora de miedo) convocado para acabar con el lobo que mata en el poblado. Él es quien asegura que el lobo no es un animal, sino un hombre, es decir, un hombre lobo, trasladando así las sospechas desde lo profundo del bosque (donde se quedaron en los cuentos clásicos) hasta el interior del pueblo, hasta el propio hogar, hasta el núcleo familiar (donde habitan hoy): ¿es posible que quien más quiero desee hacerme daño?

Esta interesantísima reflexión (que linda con las ideas del maltrato doméstico y del abuso sexual en la familia, dos auténticas lacras del mundo contemporáneo) queda en el filme en su mero planteamiento, perdiendo buena parte de su potencia, aunque no toda. De hecho, se observa con claridad, no tanto en la estética —indiscutible el talento de la cineasta para crear atmósferas— como en la retórica y en la narrativa de la película, ciertas semejanzas con otros filmes de los últimos años que van en la misma dirección, bien desde un punto de vista historicista —La cinta blanca (Das weiße Band – Eine deutsche Kindergeschichte, Michael Haneke; Alemania-Austria-Francia-Italia, 2009)— como desde una perspectiva pseudofantástica —El bosque (The Village, Manoj Nelliyattu Shyamalan; EE.UU., 2004)—, ambas muy interesantes aunque seguramente sobrevaloradas. No deja de ser curioso, por cierto, cómo en el filme de Shyamalan la traducción al español lleva al bosque lo que en el título original se queda en el pueblo, que es exactamente el propósito contrario al de la película de Hardwicke; y aunque el prestigio crítico de esta película jamás alcanzará al de ninguna de las otras dos, como quería decir al principio, nos cuenta algo muy parecido.

Aceptamos el moralismo en los relatos clásicos pero no en los contemporáneos, seguramente porque no nos gusta que nuestros coetáneos nos digan cómo tenemos que comportarnos, mientras no nos importa que lo digan unos señores que murieron hace tantos siglos… Por eso el paso del tiempo es tan beneficioso para algunos y tan perjudicial para otros, entre otras muchas razones. Y eso que la mitad de las más de sesenta adaptaciones del cuento de Perrault que han dado el cine y la televisión están hechas entre 1990 y 2011.