Cámara viajera

Invitado por numerosos festivales, Jose Luís Guerín se convierte en un turista accidental y nos invita a su vez a recorrer el mundo con él. La cinta de video es el equivalente de la libreta que, presentada inicial y repetidamente en blanco, el cineasta irá rellenando hasta que, agitadas por el viento, las hojas se muestren completas, rellenas de vida. El video, camara stylo en la equivalencia de Alexander Astruc, dibuja para su autor, para todos nosotros las páginas de este singular blog de viajes. Y singular no tanto por su rareza como por su individualidad. Porque la mirada de Guerín es su mirada. Una mirada que puede ser compartida o tal vez rechazada pero que es intrínsicamente producto de su curiosidad y sus experiencias. Es por ello que Guest tarda un tercio de su metraje en irse definiendo, en construirse en cuanto a homogeneidad. Guerín juega con el cine dentro del cine, con el reflejo de la vanidad de las star y los paparazzi, para derivar hacia su afición más querida, la identificación, la captación, la reelaboración de todas las fantasmagorías que el video, en rodaje o en postproducción, permite. De ahí el juego de imágenes con la estatua ecuestre, o la filmación progresivamente deformada a través de un cristal anegado por la lluvia, o la fugacidad, la inaprensible imagen, que se desliza, en la tierra o el firmamento, ante los ojos de un viajero, desde el tren o desde un avión.

Pero más adelante Guerín deriva a otra cosa. Tras el encuentro, ligero, libre, con Jonas Mekas, el director empieza a contemplar la gente, la vida. En una de las mejores escenas de la cinta la cámara (ahora cámara ojo), detenida en el centro de una zona peatonal, sigue sucesivamente a los transeúntes que en su transitar vienen por su derecha  y se desplazan hacia la izquierda del campo de la imagen. En cierto punto de la panorámica, el ojo es atraído por el movimiento de un peatón en sentido opuesto y empieza a seguirle en su movimiento hacia la derecha. Hasta que identifica, se interesa, por algún otro que se mueve en dirección opuesta. Y así sucesivamente… La cámara de Guerín, su interés, se desplaza pues del objeto al sujeto, por así decirlo. Y será en la siguiente fase en que finalmente el director se dedicará a contemplar a las personas.

La cinta tarda algo en adquirir consistencia. Para algunos la primera parte puede resultar más fresca, más espontánea. Otros preferirán la segunda mitad, más homogénea, más centrada en aquello que mueve no al turista ni al cineasta sino al viajero, más contemplativa de la gente, de los seres humanos. Y aunque las entrevistas en Macao y Habana se queden en la superficie del reportaje más transitado, Guest irá adquiriendo más y más densidad. De los paseantes de la Plaza de Armas de Bogotá a las chabolas de Cali, de  las desubicadas mujeres filipinas a la vida bajo el terror en Perú o Palestina,  la película conformará la imagen de aquello que el cine oculta, de aquello que el director o el artista invitado no suelen ver nunca. La opresión, la injusticia y la pobreza que se ocultan tras los oropeles. Guerín, inteligentemente, deja de lado sus aptitudes más arties para recordarse, para recordarnos, que más allá de la ciudad de Silvia hay todo un mundo que sufre. Con discreción y buen hacer de cineasta, y también con la colaboración de una vociferante Chantal Akerman, nos recuerda que el cine no es sólo documental o ficción sino que ambas se imbrincan inevitablemente. Guest es pues documento en cuanto a la dura realidad con la que el laureado autor se confronta. Es ficción por creación, en cuanto a la selección de las imágenes, los personajes escogidos como protagonistas puntuales de cada secuencia (¡vaya conjunto de secundarios de lujo que hay ahí!) y los temas que aparecen de modo recurrente. Al final (no nos quedemos con la simple idea del reportaje de denuncia) la cámara nos lleva de regreso al punto de origen. A una Venecia, decadente referencia del primer mundo, que será tragada por las aguas de un Diluvio, mentado previamente en países diversos, que la cámara viajera parece captar con delectación, tal vez de modo autónomo al hombre que la sostiene.