El hombre de la cámara

Lo primero que llama la atención de la última película de José Luis Guerín es que, siendo supuestamente un documental sobre sus experiencias en diversos festivales de cine, apenas dedica unos minutos de su estirado metraje a retratar sus engranajes y condimentos. Un dato revelador que delata que al autor de En la ciudad de Sylvia (2007), como sospechábamos, todas las disquisiciones en torno a su cine le aburren sobremanera (lo que le convierte, ojo, no sólo en el creador más astuto de su generación, sino también en el más libre), pero que no es suficiente para apuntalar la defensa de esta Guest, una película (¿narrativa?¿documental? Me importa tan poco como al propio Guerín) que tras una sugerente escena inicial no tiene reparo en convertirse en una lujosa versión de Callejeros para un público que no ve la televisión no sea que la pureza de su mirada vaya a contaminarse. Un público exclusivista y extemporáneo, tan orgullosamente ajeno a los fenómenos de la cultura popular, que uno podría pensar, y no es un chiste, que habría recibido la propuesta con similares vítores si tras los créditos iniciales hubiera aparecido un porno amateur, la presentación de un videojuego, una sucesión de tomas falsas o un añejo programa de Impacto TV. La historia de siempre, vamos: el perro cojo, maltrecho y lleno de pulgas redimido para la élite por el collar (o el corsé) del prestigio. Si el kitsch, en sus orígenes, se fundamentaba en la copia de las obras de arte con malos materiales por parte de nuevos ricos sin sentido del gusto ni de la medida, Guerín hace justamente lo contrario: recicla elementos vulgares que asumen una postiza excelencia por obra y gracia de la ampulosidad del punto de vista… y nada más.

En Guest late, solapado, el beneplácito de este público ensimismado, pero también la dictadura, amable y rigurosa, de un autor igualmente ensimismado y autoconsciente. En este sentido, Guerín no anda tan lejos de Zack Snyder: ambos parecen convencidísimos de haber descubierto la pólvora del lenguaje ofreciendo propuestas que no son más que una envarada y aparente vuelta de tuerca a lo antiguo. Guest es bastante entretenida la mayor parte del tiempo, casi tanto como el peor programa de relleno veraniego, y no seré yo quien niegue la evidente pericia de su montaje o incluso la belleza de algunas de sus imágenes. Lo más preocupante de ella, con todo, es la obsesión que muestra su autor por extraer lirismo de la marginación y la pobreza, con una ausencia de perspectiva moral que, por momentos, sitúa a su autor en el perfecto punto intermedio entre Roberto Rossellini y Javier Cárdenas. Así, cuando Guerín le espeta en plena cara a un vagabundo que le recuerda a Don Quijote (que es lo más parecido a soltarle a un fontanero que te recuerda a Súper Mario, por ejemplo), o en el momento en que le dice a una muchacha semindigente que se está alojando en un hotel de cinco estrellas pagado por el festival de turno, resulta inevitable añorar a aquellos realizadores kamikaze que rodaban a pie de calle, empapándose hasta el cuello del ambiente que retrataban. Uno piensa en Herzog, en Rocha, en Eloy de la Iglesia, y, claro, ante ellos y su crudeza en primer plano, el –con todo, tierno– éxtasis neoburgués de Guerín languidece de forma despiadada y automática.

Sigo pensando que José Luis Guerín es una de las voces más valiosas de nuestro cine. En su momento me interesaron mucho Innisfree (1990), En construcción (2001) y, muy especialmente, En la ciudad de Sylvia. Pero después de ver su última película temo el día que descubra esto y quiera premiarnos con su propia película-tubo. Tres horas y media nos caen como poco.