La historia jamás contada de William T. Naud

Entre otras muchas cosas, el estreno en 1996 de Scream: vigila quién llama (Scream, Wes Craven) permitió que aquellos de entre sus espectadores que hubieran estado atentos en las clases de Historia del Arte del instituto pudieran dárselas de instruidos señalando la influencia del cuadro El grito de Munch en el diseño de la máscara del asesino. Pocos, o más bien casi nadie, sabían que en 1982, un tal William T. Naud dirigió un pedestre y aburrido slasher estrenado aquí en vídeo como Sentenciados (Island of Blood, 1982), en el que, en una escena, ya aparecía un tipo llevando una máscara muy parecida a la de Ghostface. Dos cosas curiosas al respecto: la primera, que Sentenciados se editó en vídeo en EEUU con el significativo título de Whodunit, precisamente uno de los subgéneros en los que podría inscribirse la saga de Craven y Williamson. La segunda cosa es que, en la escena antes mencionada, en realidad, el tipo que lleva la máscara está gastando una broma. Todos sabemos que es muy fácil juntar piezas, atar cabos en el ancho mundo donde todo está por descubrir, pero yo no descartaría que en algún lugar recóndito, quizá inconsciente incluso, del proceso creativo del primer Scream anide el recuerdo de un joven Kevin Williamson viendo la película de Bill Naud en una buhardilla parecida a esa en la que vive el protagonista de Mallrats (Kevin Smith, 1995). Si terminó de verla, eso ya no me atrevería a aventurarlo. Pero la escena de la broma aparece en el primer tercio del filme. Yo compré esa película en un Cash Converters porque en la contracarátula aparecía un fotograma del momento de la máscara, y me picó la curiosidad arqueológica. Bill Naud, por cierto, también fue el guionista de otro pequeño clásico videoclubero, Necromancer (Dusty Nelson, 1988).

No es Sentenciados, desde luego, un slasher memorable, aunque algunos teóricos podrán argumentar que el tedio a lo largo de varias etapas del metraje es un componente imprescindible, un distintivo de origen y de pureza en lo que a ese género respecta. Y tampoco creo que el director y el guionista de Scream pretendan ser intelectuales, aunque Craven fuera profesor de lengua y literatura antes de pasarse al cine. También dirigió una porno bajo el seudónimo de Abe Snake. Veo a Bill Naud antes que a Munch como referente; al fin y al cabo, Ghostface (que es una identidad, no una sola persona), es un purista del horror que, en un momento particularmente agudo de la última entrega de la saga, logra que una muchacha histérica al teléfono empiece a soltar por la boca, casi a vomitar, una entrecortada lista de películas de terror añejas que han sido objeto de remakes en los últimos años. Desde la seminal Navidades negras (Black Christmas, Bob Clark, 1975), pasando por Terror en Amityville (The Amityville Horror, Stuart Rosenberg, 1979), cuya segunda parte era más simpática y desmadrada, hasta La niebla (The Fog, John Carpenter, 1980), entre otras. Este año le tocará a uno de mis clásicos básicos de todos los tiempos, Noche de miedo (Fright Night, Tom Holland, 1985). Menos mal que algunas de las más disfrutables obras de Wes Craven están demasiado subvaloradas como para que Hollywood piense en ellas. Me refiero, por ejemplo, a esas dos rarezas medio marcianas que son Shocker, 100.000 voltios de terror (Shocker, 1989) y El sótano del miedo (The People Under the Stairs, 1991).

Scream 4 es una llamada al orden, es conciencia de clase, es un cuchillazo sobre la mesita de la televisión. Es también una estantería de videoclub ardiendo y una página en blanco pronta a ser mancillada, esa página que deja de escribir Gale Weathers cuando descubre que no ha pasado el tiempo para ella y sus ambiciones literarias porque esto es una película, y que el único papel que le está reservado en Woodsboro es el de eterna wannabe y aspirante a mala periodista. Scream 4 es una película-puente entre dos o más generaciones de pajeros: ahí están Courteney Cox y Neve Campbell, pero también Hayden Pannettiere, que está como el pan, y Emma Roberts. Y Anna Paquin, que dice ser bisexual y ganó un Oscar antes del primer Scream. Y la película también son unas cuantas rubias que se perpetuan en el espacio-tiempo: los mismos que, en Scream 2 (Craven, 1997) lamentamos que Sarah Michelle Gellar desapareciera casi al principio haremos aquí lo propio con la gran, y aquí me levanto y me voy a caminar por el pasillo, Kristen Bell. Que, al fin y al cabo, son Buffy Summers y Veronica Mars. Y Neve Campbell, ella sola, podría tener su foto pinchada en una pizarra como las de las series de policías: ya estaba en Cinco en familia (Party of Five, Christopher Keyser & Amy Lippman, 1994-2000), en la que coincidió con Jennifer Love Hewitt y con Jack Shepard, y también se marcó ese célebre trío con Denise Richards y Matt Dillon en Juegos salvajes (Wild Things, John McNaughton, 1998), una escena que, para algunos de nosotros, fundó toda una tradición onanista. Ella era la única a la que no se le veían los pectorales más que de perfil y ni eso. Aunque para evocarla en plan sentimental, casi que me quedo con las raras escenas románticas que tiene con Skeet Ulrich (su novio Billy) en Scream.

Todo eso, un torrente de recuerdos y mujeres muertas, es la película de Wes Craven y Kevin Williamson. Y sin embargo, mientras la veía, y durante el tiempo que me ha llevado ponerme a escribir sobre ella, pensaba decir que tampoco me había apasionado, que era muy divertida, sí, pero que salvo el principio y el final, el resto no era gran cosa. Pero han llegado los recuerdos, como acreedores, fontaneros y testigos de Jehová, a llamar a la puerta. Como viejos amigos a los que hace tiempo que no ves. Como los años 90. Mientras la estaba viendo me fastidiaba que la película renunciara a ser tan juguetona y sorpresiva como en sus primeros quince minutos, que se erigiera en un mero chiste nostálgico para entendidos con tan sólo un puñado de momentos brillantes, que Kevin Williamson no se disfrazara de Charlie Kaufman y aspirara a retorcer y a destejer aún más las costuras de la saga, a ponerlo todo patas arriba y hacer que la peli se pareciera a esa ficticia Stab 5 en la que, según dicen, hasta hay un viaje en el tiempo. Pero qué demonios, ni Craven ni Williamson necesitan dárselas de nada. Todo está muy claro. Neve Campbell puede haber crecido y hasta madurado, pero, si nos atenemos a lo que cuenta la película, Scream 5 es algo más que una posibilidad. Esta saga, por ahora, no necesita una nueva heroína. Gracias. Habrá tiempo para abrazar aún con más fuerza la posmodernidad y cabrear a los fans con una secuela incomprensible en la que Edward Munch regrese de entre los muertos para reclamar su porcentaje de royalties. La veremos, cómo no. Scream 4 no es el futuro del terror ni de nada porque parece ser que no hay futuro, pero, por lo menos, es mucho mejor que la tercera.

Ahora, el drama, mi drama, será que alguien saque a la luz algunas imágenes de Sentenciados y descubráis que la máscara a la que me refería tampoco se parece tanto a la de Ghostface. Entonces yo me quejaré de mi visión deficiente y vosotros de vuestras cosas, pero, la verdad sea dicha, sigo creyendo sinceramente que el bueno de William T. Naud se merecía este pequeño homenaje, cuatro líneas que le hagan figurar en ese panteón maravilloso al que van a parar los directores de esas películas que a veces parece que nunca hayan existido.

storia jamás contada de William T. Naud