Asgard contra Midgard

I

Thor es la cuarta película en la que Marvel Studios ostenta el control absoluto de sus personajes tras Iron Man (íd. Jon Favreau, 2008), El increíble Hulk (The incredible Hulk. Louis Leterrier, 2008) y Iron Man 2 (íd. Jon Favreau, 2010).

Gracias a los trasuntos sucesivos de Howard Hughes y Walt Disney que se ocultaban bajo los rasgos del ficticio Howard Stark, las dos aventuras del Hombre de Hierro conformaron una interesante reflexión acerca del rol que la figura del creador/magnate ha jugado en la identidad estadounidense. Thor intenta sin suerte ir más allá, revelando una cierta autoconciencia en torno al papel que la propia Marvel ha desempeñado como editorial en la cultura popular de los últimos cincuenta años.

Papel que ha trascendido el de agente embrutecedor de la muchachada, vocero del american way of life y valedor del complejo económico y militar norteamericano. Acusaciones contra los cómics de la Marvel, las adaptaciones citadas de los mismos y otras como X-Men (íd. Bryan Singer, 2000), Spider-Man (íd. Sam Raimi, 2002) y Los 4 Fantásticos (Fantastic Four. Tim Story, 2005) que se han plasmado incluso en Miradas de Cine; interpretando una colonización que lo debe casi todo a la astenia de nuestro ecosistema sociocultural frente al vigor del norteamericano, por un lavado de cerebro ideológico que solo deja en evidencia el de quienes han pergeñado las críticas en cuestión.

II

Hay una escena en Thor de curiosa relevancia alegórica: aquella en la que un viejo garrulo de Nuevo México intenta arrancar sin éxito de un cráter el martillo del Dios del Trueno, tan varado en nuestro planeta como el propio superhéroe, a quien ha desterrado de Asgard un Odín (Anthony Hopkins) harto de la arrogancia y belicosidad de su hijo más querido.

Ese garrulo está encarnado por el alma mater de Marvel, Stan Lee. Y sus esfuerzos por ser digno del Mjolnir de Thor —que bien podría ser la Excalibur de Arturo— son extrapolables a la labor creativa de toda su vida, consagrada a revalidar el espíritu de los grandes relatos mitológicos y clásicos en un contexto como el actual, cuyo descreimiento ya apuntaba el pop característico de los sesenta, década en que adquirió carta de naturaleza el Universo Marvel.

Stan Lee no hizo más accesibles ni popularizó arquetipos de contrastada eficacia empática para generaciones de seres humanos. Los adaptó con inteligencia a un nuevo medio expresivo y a las inquietudes de otro contexto sociohistórico. Sin ir más lejos, en los Relatos de Asgard, origen de la cosmogonía de Thor, Lee se remite a William Shakespeare en varias ocasiones, integrando con mucha habilidad tales guiños en la estrategia fabuladora de las viñetas.

Al fundador de Marvel se le ha comparado con frecuencia (y cierta superficialidad) al escritor isabelino. En un aspecto fundamental, existen indudables concomitancias entre ambos: Para Harold Bloom, Shakespeare forjó una Biblia secular capaz de sobrevivir a sus muchas influencias y debatir con ellas; una Biblia habitada por docenas de personajes vivos, meditativos, víctimas como seres humanos de sus desmesurados sueños y ambiciones. Otro tanto podría decirse del Universo Marvel.

Y de la filmografía de Kenneth Branagh, el hombre escogido por la editorial y productora para dirigir Thor. El actor y realizador británico, como escribió J.A. Souto Pacheco en esta misma revista a propósito de Hamlet (íd. Kenneth Branagh, 1996), ha reelaborado cinematográficamente la dramaturgia shakesperiana hasta en cinco ocasiones «universalizando los textos, reubicando sus marcos temporales, e imponiendo una concepción de la puesta en escena alejada del clasicismo».

Cabría añadir que planteando un interrogante muy fértil sobre la posible pervivencia de la palabra, en tanto creadora de significados, en una era que lo ha apostado todo a la imagen. Característica que se ha apreciado mejor cuando Shakespeare ha dejado de ser el interés obsesivo de Branagh: Listening (2003), La flauta mágica (The magic flute. 2006), La huella (Sleuth. 2007).

III

Por tanto, que Thor alterne su acción entre la majestuosa Asgard, morada de los dioses, y Midgard, es decir, un poblacho humano atrapado en el tiempo y en el que reina un materialismo ejemplificado por la astrofísica Jane Foster, suponía una oportunidad única para que convergiesen los intereses esbozados: los ecos de la dramaturgia bigger than life de Shakespeare en los relatos superheroicos de Lee, y la vigencia emocional de una y otros en el desierto de lo real, con Branagh como intermediario de lujo en la sinergia entre palabras, viñetas y fotogramas.

Sin embargo, una vez vista la película, solo queda reconocer con desaliento que la ciencia ha vencido a la magia, el pragmatismo a la épica. La mosquita muerta (quién iba a ser, Natalie Portman) no accede a jugar con el Mjolnir del Dios del Trueno (Chris Hemsworth). Lo reduce al tamaño de un tornillo. Thor deviene así otra pieza en el engranaje industrial que las propuestas de Marvel Studios han delatado ser muy pronto.

Si Iron Man era una excelente película, y posteriores producciones de Lee y compañía no están sino reforzando aquella primera impresión, se debe a que destilaba una libertad, un savoir faire, un esprit de joie, que ya su secuela trocó en despiadada imbricación en un Universo Marvel que, como sucede desde hace demasiados años en su división de historietas, ha pasado a primar mucho más lo rentable y lo compatible que la parábola y la capacidad de riesgo.

Prueba de ello es que Thor funciona únicamente durante sus autárquicos primeros veinte minutos, los desarrollados en Asgard. Cierto que el brío y virtuosismo habituales en Branagh brillan por su ausencia. Su capitulación perezosa al montaje y los efectos digitales es casi total. Y cierto también que, en turbia sintonía con la reciente edición impresa de los ya mentados Relatos de Asgard, la paleta de colores orquestada por el director de fotografía Haris Zambarloukos es tan infográficamente chillona que emparenta Thor, se haya pretendido o no, con la enfermiza Flash Gordon (íd. Mike Hodges, 1980). Pero la combinación de drama familiar, aventura, fantasía y hasta sentido de lo maravilloso rinde sus frutos, y se perciben para bien las huellas de los Thor de Walt Simonson y, en especial, Jack Kirby: si ha habido un dibujante de cómics en tres dimensiones, ha sido él.

Sin embargo, una vez Thor se ve obligado a ganarse en nuestro planeta (o dimensión) un derecho a ser rey de Asgard que pasa por descubrirse a sí mismo como ser humano mientras, en su hogar, su hermanastro Loki conspira para usurpar el trono, una deprimente vulgaridad se apodera de la película: diálogos telegráficos, personajes endebles como el papel, humor estúpido, narrativa dispersa, planos medios a destajo, un decorado pobre cuya única función es saltar por los aires…

Branagh ha pretendido confrontar formal y tonalmente Asgard y Midgard. Lo único que ha conseguido es reducir la primera a la altura de la segunda; ¿del público potencial de la película? La carencia de atributos contemporánea, una nadería ideológica capaz de corromper cualquier pretensión de grandeza que se le pretendiese inyectar, saltan a la palestra en todo su vidrioso esplendor. Solo la banda sonora de Patrick Doyle —sempiterno y brillante colaborador de Branagh— sabe insuflar algo de carisma a la vertiente humana de Thor y de Thor. A Midgard.

Conviene recordar que Mark Millar y Bryan Hitch en la versión Ultimate del personaje, y Olivier Coipel y J. Michael Straczynski (uno de los cinco guionistas acreditados de la película) en su serie regular, han sabido conciliar en los últimos años a Thor con nuestro presente, aunando crítica y espectáculo con resultados sugestivos. Branagh y los demás responsables de Thor película han optado por reducir metafórica y literalmente al Dios del Trueno a la medida de una solución habitacional. Y lo peor está por llegar: cuantas más películas sobre superhéroes de la Marvel se estrenan antes de la multitudinaria Los Vengadores (The Avengers. Joss Whedon, 2012), menos esperanzas van quedando de que la reunión de todos ellos rebase las hechuras de un capítulo de El equipo A.