Éramos amigos y no lo sabíamos

Abrígate

Las mentiras golpean el corazón

Y párate a pensar en el error que acabó con todo

(Family, Martín se ha ido para siempre)

Cada cierto tiempo el cine nos recuerda, a través de un relato generacional —que pocas veces suele coincidir con nuestra generación—, el valor de la amistad. A diferencia de otras épocas, en la que las redes sociales todavía no habían redimensionado el concepto de amigo, ahora la amistad es algo cuantificable, aunque sigamos sin saber cómo describir los movimientos secretos que nos inclinan a entablar relación con alguien. También es más sencillo romper una amistad, desagregando a la persona de tu lista de contactos. Y, siempre, como tan bien explicaba La red social (The Social Network, David Fincher, 2010), podemos esperar de lo virtual que se constituya en la herramienta adecuada para proporcionar un nuevo comienzo a lo que acabó en la realidad. En breve, resulta inquietante observar cómo son tratados y, en ocasiones, resueltos los pequeños dramas de nuestra vida. Porque nos proporcionan la posibilidad de no pensar demasiado en ello.

El grupo de amigos que protagoniza Pequeñas mentiras sin importancia (Les petits mouchouirs, Guillaume Canet, 2010) ha atravesado diferentes etapas madurativas, por lo que han compartido junto experiencias que todos acordaríamos en llamar que unen. Algunos han sido pareja, otros se desean pero temen expresar su voluntad, y otros simplemente no conciben pasar unas vacaciones si no es en grupo. Sin embargo, ninguno, en mayor o menor medida, tiene reparos en ocultar o mentir, aunque sea en cosas sin importancia, para salvar sus parcelas privadas que no tienen ganas de hacer públicas. De pronto, la unión parece más endeble, la amistad más virtual. El miedo —que todos tenemos— a decir atenaza, hasta poner en cuestión, los vínculos que han forjado una relación de tantos años. Quizá porque nos hemos acostumbrado a incorporar en nuestras relaciones la facilidad de saber qué decir para eludir responsabilidades. Quizá porque, cuando sentimos sobre nuestras espaldas la responsabilidad, preferimos una despedida sin decir adiós. Porque duele menos.

Ludo (Jean Dujardin) tiene un accidente nada más empezar la película. Y en el siguiente corte a escena, sus amigos aguardan en el pasillo del hospital a la espera de poder verle durante unos minutos. Están jodidos, porque cuando a un amigo le pasa algo, siempre piensas que pudiste hacer más. Pero Canet, en una de las pocas decisiones acertadas del filme, corta nuevamente a una reunión en la que acuerdan seguir con las vacaciones. Esa decisión no produce la quiebra de la amistad, sino su resquebrajamiento (gracias, Blanchot), que es algo mucho peor, porque pronostica que no podremos recuperar esa amistad que estamos perdiendo. Y es a partir de ese momento cuando piensas si esas anécdotas, videos caseros y conversaciones en las que, una y otra vez, se habla de Ludo no sugieren que, en el fondo, ninguno sabe quién es. Sí, cuando un amigo está jodido, echamos la vista hacia atrás y recordamos los buenos momentos, dejando que la melancolía haga de proyector de nuestra memoria. Pero, ¿de verdad es la melancolía el mejor vehículo para pensar en los amigos?

A menudo, olvidamos lo difícil que resulta hablar de alguien cuando no está —aclaro: no hace falta que esté muerto, hay otros tipos de ausencias—; nos fallan las palabras, indefectiblemente tontas, e incluso las formas. Probablemente resulta difícil porque siempre sabemos cómo acaba, pero no cómo empezó. Nos duele que, en el camino, dejemos de saber que éramos amigos. Y no podemos evitar que ese dolor cortocircuite hasta la manera de poner en imágenes esa amistad. Por eso, escribir sobre la amistad debe ser una de las cosas más complejas. Siempre notas el peso de la responsabilidad detrás de cada palabra. Porque, ¿qué es un amigo? Y, sobre todo, ¿por qué es nuestro amigo?

La expresión de la amistad suele ser indirecta. Para recordar a Jean Eustache, Philippe Garrel deja abierta una ventana en La frontière de l’aube (2008), tal vez porque es la clase de símbolo que permite una comunicación entre dos lados. Por eso me inclino a afirmar que Pequeñas mentiras sin importancia es el relato de una amistad que no existe o, peor aún, que no sabe dónde encontrarla. Porque esas pequeñas mentiras repartidas alrededor de la narración evitan la auténtica unión, el auténtico dolor, la verdadera quiebra de aquello que podemos llamar amistad. Amagan, en pocas palabras, la tristeza infinita que sentimos al perder a un amigo. Porque inventamos una compensación, un consuelo, una excusa o un perdón para seguir con nuestra vida. Sin una ventana —como no sea la del Chat— que permita la comunicación de ese recuerdo. Porque en la amistad hay cosas que no se pueden decir —que carecen de expresión, más allá de un nivel emocional profundo—, y nuestra generación parece empeñada en inventar palabras para decirlas. Éramos amigos y no lo sabíamos, porque nunca quisimos pararnos a pensar en el error que acabó con todo. Ahora no sabemos cómo escribir un adiós, y ya es demasiado tarde.