Movie mutations

Han pasado siete años desde que la neumática Megan Fox abriese voluptuosamente en un atardecer ambarino el capó de su ostentoso deportivo, para facilitar al barbilampiño Shia LaBeouf el arranque de aquel circo hipertrofiado, pura burbuja cinematográfica, titulado Transformers (íd. Michael Bay, 2007). Una imagen icónica que se repite con idéntica planificación en Furia Ciega 3D (Drive Angry 3D. Patrick Lussier, 2011), aunque muchas cosas hayan cambiado a nuestro alrededor y en el cine comercial, como evidencian la desgarbada Amber Heard, la fotografía sin matices, un muscle car polvoriento y un indescriptible Nicolas Cage, cuya trayectoria personal y profesional epitomiza ejemplarmente una recesión sociocultural y económica que va adoptando día a día trazas de nueva Edad Media —véase En tiempo de brujas (Season of the Witch. Dominic Sena, 2011)—.

Somos conscientes del inminente estreno de Transformers 3: El lado oscuro de la Luna (Transformers: Dark of the Moon. Michael Bay, 2011), que promete ser la madre de todos los espectáculos conocidos por el hombre. Pero cualquiera que siga las noticias en torno a la industria del cine, sabe que la fiesta ha terminado. Reinan el caos y el miedo entre los ejecutivos, defraudan en taquilla un blockbuster sí y otro también, se da luz verde a un guión digno de aficionados si es barato antes que a una superproducción auspiciada por J.J. Abrams y Steven Spielberg…

A propósito de G.I. Joe (G.I. Joe: The Rise of Cobra. Stephen Sommers, 2009), nos atrevíamos a pronosticar en esta misma revista que la crisis traería consigo un renacer del pulp en el seno de la industria del entretenimiento. La apreciación pecó de conservadora: Títulos como Piraña 3D (Piranha 3D. Alexandre Aja, 2010), Machete (íd. Robert Rodríguez, 2010), Invasión a la Tierra (Battle: Los Angeles. Jonathan Liebesman, 2011), Fast & Furious 5 (Fast Five. Justin Lin, 2011), El sicario de Dios (Priest. Scott Charles Stewart, 2011) o la Intolerancia del movimiento, Sucker Punch (íd. Zack Snyder, 2011), están haciendo del trash cinema carne de multisalas con una energía feroz y desprejuiciada —propia de gusanos sobrealimentados con las claves descompuestas de lo que hasta hace poco se entendía por cine popular—, que escandaliza a espectadores trasnochados y Guardianes de las Esencias Audiovisuales, y regocija a la chusma adolescente.

Es este escenario convulso, fascinante, en plena mutación, el escogido por varios directores españoles para hacerse un hueco en el ámbito del suspense y el terror, tomando al abordaje la escena internacional con credenciales no sabemos si pertinentes en todos los casos. La filmografía de Jaume Collet-Serra nos recuerda mucho al equivocado planteamiento de Luiso Berdejo para La otra hija (The New Daughter. 2009). No hemos visto ¡Goool 2! Viviendo el sueño (Goal II: Living the Dream. 2007). Pero, en La casa de cera (House of Wax. 2005) y La huérfana (Orphan. 2009), Collet-Serra dio muestras sobradas de capacidad adaptativa a los requerimientos del mainstream y eso que suele llamarse “oficio como realizador”; lo que, paradójicamente, no hacía otra cosa que menoscabar los posibles encantos respectivos de un subproducto sangriento con Paris Hilton como protagonista, y de un thriller en el que una niña resultaba ser una enana.

Sucede otro tanto con Sin identidad, europudding inspirado por el mediocre best-seller de Didier Van Cauwelaert La doble vida de Martin Harris, en el que resuenan además los ecos de intrigas setenteras como Tinieblas (The Man who Haunted Himself. Basil Dearden, 1970). Habrá quien escriba que Collet-Serra ha sabido conducir con decoro la odisea de un científico que, nada más llegar a Berlín para asistir a un congreso, sufre un accidente del que despierta para encontrarse con que su identidad ha sido suplantada por otro hombre. Pero la única verdad es que la innegable corrección y hasta elegancia puntual de la película desactivan cualquier lectura revulsiva que pudiese inferirse de su argumento, y juegan en contra de la intriga absolutamente inverosímil, material de derribo, que plantea, necesitada de un desmelenamiento que el firmante de Sin identidad, tampoco sobrado de ella, no ha sabido o podido permitirse.

El realizador catalán ha invocado a Alfred Hitchcock y John McTiernan para justificar su puesta en escena. Pero al público mayoritario de hoy no le percibimos muy amoldado a tales patrones y, en cualquier caso, no hace falta remitirse a las escenas cumbre de Sin identidad, que tienen un impacto nulo en el espectador, para valorar que las comparaciones establecidas por el propio Collet-Serra son odiosas. Basta con atender a esos minutos introductorios, cotidianos, en los que se nos pide aceptar que el protagonista deje plantada sin mediar palabra a su acompañante en la recepción de un hotel y que, cuando intente llamarla por el móvil desde el centro de Berlín, ¡no haya cobertura!, para constatar que Sin identidad es un ejemplo como decíamos de escritura implausible, de serie Z. Pero lo malo no es eso. Sino que Collet-Serra se haya revelado impotente para manipular, violentar o exacerbar esas taras dejándonos claro el tipo de película que estaba realizando, lo que podría haber contribuido a forjar un bodrio de cinco estrellas.

Con su presunta finura (incomprensión) expositiva, que delatan también las afásicas interpretaciones de January Jones y el gran Liam Venganza Neeson, Sin identidad testimonia no ya que, aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Sino que, vestida de seda, la mona es bastante menos atractiva que cuando se masturbaba despatarrada a la vista de todo el zoo. Exigimos un remake inmediato de Sin identidad protagonizado por Nicolas Cage y dirigido por David R. Ellis, Patrick Tatopoulos o Paul W.S. Anderson. Artistas al cabo de la calle en lo que a mutaciones del cine contemporáneo se refiere.