Reset

¿Cuántas veces nos hemos servido del concepto de crisis para aludir a un estado moral y anímico colectivo a lo largo de la Historia de los Estados Unidos de América? A pesar de la brutal caída del mercado de valores en 1929, la superestructura de las sociedades capitalistas ha permanecido en pie; pese a las movilizaciones de una juventud acomodada que hoy reniega de su temprana filiación política, después de Vietnam hubo un Irak. Hoy, nos hallamos inmersos en una recesión económica cuyos efectos últimos aún no hemos calibrado, y que sigue abismando a nuestras sociedades en un sumidero del que no hemos siquiera vislumbrado el fondo.

Pese al concienzudo trabajo de los insignes terroristas de la contracultura, cuesta creer en una mutación palpable de la conciencia popular. La persistente restitución del viejo orden institucional y económico demuestran la inquietante capacidad de Estados Unidos para regresar, justo en el segundo fatal, a un estado nacional embrionario y recuperar quimeras fundacionales como si éstas no hubieran pasado por el viscoso filtro de la frustración. La gran industria cinematográfica siempre ha colaborado con eficiencia en este proceso de saneamiento social, contribuyendo decisivamente a la hora de restaurar el Orden cuando fuerzas culturales subversivas amenazaban con desestabilizarlo.

No me crean desubicado vocero del finalismo de Fukuyama. Nada más lejos: es que tal vez no soy especialmente optimista en cuanto a la repercusión de estas crisis —en sus manifestaciones sólida, líquida o gaseosa— en las sociedades civilizadas; pese a determinados períodos de desengaño, inseguridad y desorientación generalizada, reconstruimos nuestro lastimado cosmos sirviéndonos de concepciones teóricas y prácticas que creíamos haber dinamitado tiempo atrás. Como quien busca deshacerse de un búmeran para, segundos después, verse obligado a atraparlo en su inevitable regreso.

Uno de los principales alicientes de The Company Men es la decisión del novel John Wells de tomar como materia prima de su obra la otra crisis económica; la middle class family, objeto de estudio por antonomasia en las aproximaciones literarias y cinematográficas al tema, cede su lugar a aquellos hombres y mujeres que han trabajado consciente y activamente por y para la edificación del universo económico que, paradójicamente, ahora los arrastra a un forzoso exilio. El búmeran que antaño propulsaron con entusiasmo ha regresado inopinadamente para sacudir sus mandíbulas. Es en el desplazamiento desde una trama fría y aséptica —gelificada entre datos micro y macroeconómicos— a una fábula humana preocupada por el devenir vital de unos seres derrotados y arrinconados donde la obra alcanza sus mayores méritos. A pesar de la esmerada labor del conjunto de intérpretes, la asepsia inerte de la cámara de Wells y el trazo inseguro y más bien desdibujado del melodrama resta eficiencia a un material dramático potente.

Y sin embargo, en su diatriba de contornos subversivos, el cineasta rehúsa señalar los deficiencias sistémicos que han conducido a la trágica situación. La solución, para Wells, pasa por la ingenua recuperación de la épica fundacional. El sistema funciona modélicamente; son los individuos quienes deben replantear su actitud por medio de la experiencia adquirida. Pero, ¿puede medrar el altruismo cuando las leyes del mercado predican lo contrario? ¿no es, acaso, este fundamentalismo individualista una de las bases filosóficas de la agresiva economía que denuncia The Company Men? El fantasma del liberalismo americano se encarna, nuevamente, en esta singular modalidad del cine de crisis: clamar por una transformación que no es sino regresión; o en términos de informática pedestre: resetear el equipo.