Dando rodeos

Cuando le ofrezco a Yumiko salir a tomar un café siempre me mira con una media sonrisa tímida y me hace un gesto de ligera afirmación con la cabeza mientras junta sus manos la una sobre la otra en su falda. Es extraño; sus ojos me dicen “No, gracias” mientras su cuerpo parece estar aceptando mi propuesta. Quizás por eso sigo persistiendo en ofrecerle acompañarme aunque, ciertamente, sé que ni si quiera le gusta el café. No es que me guste ponerla en un aprieto, es solo que adoro ese doble proceso de expresión según el cual un japonés te da una negativa mientras parece estar asintiendo. Haber conocido a Yumiko me ayudó a entender algunas cosas sobre su cultura: pedirle que me hablara de los fantasmas japoneses y ver su pavor sincero ante tal aberración me llevó a concluir que muy poco entendemos del terror japonés por estos lares; pero también entendí la subjetividad a la que estamos sometidos por nuestra cultura, ya que lo cursi que me parece a mí ver a una pareja de novios vestidos con colores conjuntados, para ella era muestra de amor honesto y les convertía automáticamente en una monería. Sin embargo, aquello que más me ha costado en ese proceso de hermanamiento (en el que la pobre Yumiko tuvo que aguantar mi empeño en querer aprender japonés y entender las tres clases de escritura de su lengua) fue aceptar que dar rodeos no es un arte para los nipones sino una auténtica necesidad; y, por contra, mi tosquedad y costumbre de ir al grano son signos de muy mala educación. Es bueno saberlo.

Las dos únicas obras de Murakami que he leído (Tokio Blues y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo) tienen mucho de esa tendencia a los rodeos, casi como una road movie circular en la que un personaje (hombre) necesita estímulos exteriores (historias narradas generalmente por mujeres) para darse cuenta de qué es lo que le ha impedido avanzar en su vida a partir de un suceso concreto (la pérdida de un ser querido). Todo fluye lentamente, el protagonista se encuentra a personajes variopintos que le confiesan con una claridad espeluznante las historias más íntimas que uno se pueda imaginar, pero él, en cambio, es incapaz de descifrar su mundo interior. La diferencia entre ambas radica en el elemento de fantasía (cercano al realismo mágico) que impregna la segunda en comparación a la primera, más sobria y raquítica en estructura; pero ambas hacen como mi amiga Yumiko: te dan las malas noticias con tal sensibilidad que no hay dolor posible.

La traslación cinematográfica que Tran Anh Hung ha llevado a cabo de Tokio Blues poco tiene que ver con Murakami, pero tampoco dispone del cómodo y aceptable parapeto de aquella vieja excusa de que toda adaptación debe adaptarse (valga la redundancia) a unas normas diferentes a las del medio original. Si vemos la película sin conocimiento de la existencia de la novela, Tokio Blues se quiere poesía y se descubre vacía; se intuye narrativa mientras se juega a negar esa misma condición; se quiere arte, se queda en vacuidad. Tran Anh Hung quería captar los sentimientos de los personajes, pero se deja por el camino la base sobre la que se sustenta la obra de Murakami: la oralidad. Y es que el escritor nipón basa su obra en los diferentes monólogos que los personajes satélite comparten con el protagonista, confiriendo a la oralidad, a la comunicación, una estatus de grandeza capaz de guiar los caminos de la humanidad. En ese aspecto, no deja de resultar lógico que Tran Anh Hung elimine casi toda línea de diálogo para confiar en la imagen y en el sonido, en una analogía coherente de esa traslación de la obra escrita a la audiovisual, sin embargo niega a la imagen su capacidad de expresión. Y es que ni si quiera la cálida fotografía de Ping Bin Lee consigue evitar que la sobreexposición y la exageración del libreto de Tokio Blues genere una frialdad difícil de salvar, pues Tran Anh Hung se centra en unos paisajes de gran belleza y monumentalidad con intención impresionista, pero acaba olvidándose que en cuanto a la sensibilidad japonesa, dar rodeos es normalmente la mejor opción.