La comunidad

Cada cierto tiempo, las mitologías del fantástico se actualizan o, como mínimo, son revisadas para constatar su vigencia. De entre los múltiples arquetipos que este género tan fértil ha proporcionado durante el tiempo, hay uno que la sociedad contemporánea se ha encargado de poner en entredicho: el hombre del saco. Efectivamente, los remakes de obras seminales como Viernes 13 (Friday the 13th, Sean S. Cunningham, 1980) o Pesadilla en Elm Street (A Nightmare on Elm Street, Wes Craven, 1984) han demostrado que lejos de acomodar al monstruo a lo contemporáneo, hemos de confiar en el poder contaminante que produce seguir creyendo en su existencia. Frente a las amenazas invisibles que emanan de las grietas de nuestra comunidad, y que eventualmente la descomponen minando nuestra confianza en el mundo, el hombre del saco sólo puede entenderse como un acto de resistencia, de mantener con vida unas estructuras decadentes y un universo cuya identidad se agota.

Puede que Wes Craven no sea el revisor más inteligente —al fin y al cabo, su obra, irregular y apasionante, está trufada de producciones coyunturales y de pequeñas gemas (El sótano del miedo [The People under the Stairs, 1991], por ejemplo), que siembran no poco desconcierto ante cualquier acercamiento crítico serio— de las mitologías del fantástico, pero sí uno de los cineastas que más empeño ha puesto en calibrar su estado de salud. En este sentido, Almas condenadas (My Soul to Take, 2010) es el postrero intento por cuajar una mitología y un (otro) hombre del saco en el que seguir creyendo. Pero, he aquí la novedad, adaptando el conjunto a una generación perdida, hija de la paranoia de aquellas víctimas de Freddy Krueger, Jason o Michael Myers, que ha hecho de la existencia del monstruo una necesidad que atraviesa inevitablemente sus vidas. A la manera del Shyamalan de El bosque (The Village, 2004), Craven insinúa que no podemos vivir sin temer a un monstruo, sea de la clase que sea. Porque quizá los miedos atávicos sean otra manera de justificar unas pautas morales cotidianas sobre las que no nos atrevemos a discrepar abiertamente.

La historia de Almas condenadas narra la obsesión de una comunidad, Riverton, que proyecta sobre sus adolescentes la culpa —y la herida que no ha cicatrizado— de los crímenes cometidos por el destripador, el desaparecido hombre del saco que permanece vigente a través de los rituales festivos que los jóvenes le dedican con la intención de disimular esa cicatriz. Convertido en un muñeco articulado, cada año es uno de los adolescentes el encargado de vencerle en una pelea, conjurando así el miedo que les ha marcado hasta el tuétano. Sin embargo, bajo ese aparente contexto festivo y desmitificador, Craven nos pregunta hasta qué punto puede una comunidad sobrevivir gracias a sus miedos. Porque las fórmulas y los rituales para ahuyentar al miedo son, en la mayoría de los casos, los mejores reclamos para convocarlo. Y cuando las fórmulas —derrotar al pelele, escupir en el río antes de cruzar el puente, negar desde la razón los fundamentos del miedo, etc.— se revelan ineficaces, convocar al mal sólo puede conducir a la desintegración de la comunidad.

Uno de los aspectos mejor trabajados por Craven radica, precisamente, en el efecto que produce la desintegración o la falta de cohesión de una comunidad: el miedo se hace inconfesable y cada uno recurre al fetiche que más le conviene para hacerle frente en solitario. El hombre del saco es una metáfora recurrente para justificar un horror todavía mayor: no hemos sabido cerrar el dolor que produjo el destripador, y ahora son nuestros hijos los que tienen que arrastrar la culpa, hasta que no dé más de sí. En breve, como esos buitres que Craven utiliza a modo de ejemplo del devorador que, junto al cuerpo de su víctima, engulle también su alma. Tal vez seguir pensando en el destripador no sea más que perpetuar la psicosis de una población que necesitar creer en el miedo para seguir con vida. Pero el producto de esa psicosis, los adolescentes protagonistas del filme, es tan potente y destructivo —su destino, ligado al del destripador, obliga a que uno de ellos absorba el alma y los pecados de aquel asesino— que precipita una de las reflexiones más sórdidas producidas por el fantástico reciente: cuando la comunidad siente de cerca el miedo, la vida necesita eliminar a los agentes que lo propagan. Los adolescentes tienen que morir para que el horror baje las revoluciones. Son las víctimas compensatorias para mantener esa culpa silenciosa que desintegra nuestra comunidad.

En la empuñadura del cuchillo que el destripador emplea para acabar con sus víctimas puede leerse la palabra venganza. De hecho, en un gesto (otro más) evidente, la primera víctima de la historia es la madre embarazada, a la que acuchilla en off en un intento por frenar a ese hijo que, al nacer, absorberá su alma, su culpa, su miedo inconfesable, convirtiéndose en víctima de una comunidad que, a cambio, exigirá su muerte para mantener sus frágiles estructuras. Por eso, que uno de los adolescentes protagonistas absorba el alma del monstruo sólo puede leerse como una forma de resistir, la llamada de socorro ante una mitología que ha colapsado. En la excelente entrevista, publicada en la edición francesa de Cahiers du cinéma, que Bill Krohn mantuvo con Craven, este último comenta, a propósito de los mitos, que «hay que buscar la fuente de los filmes de horror en la necesidad de matar a los eslabones más débiles.». La seguridad que proporciona seguir creyendo necesita de alguna clase víctima. Lo terrorífico radica en la constatación de que, más allá de la comunidad, el territorio de ese miedo inconfesable, banalizado o ritualizado a través de fetiches, reside en nuestro cuerpo, en nuestra identidad. Y buscar su silencio equivale a acabar con nosotros mismos. Por eso los protagonistas de Almas condenadas conforman una comunidad inconfesable. Todos tienen miedo a dejar de existir si en algún momento comparten su miedo con la persona que tienen al lado. No hay forma de cerrar la culpa que arrastra su presente.