Pasado y futuro del terror

Bien podríamos señalar a estas alturas de película que una de las obsesiones de James Wan y Leigh Whannell (recordemos que éste último ha sido el guionista de todas las películas dirigidas por el primero a excepción de Sentencia de muerte (2007)) es el tiempo pretérito. Por eso en sus películas nos vemos perseguidos por el pasado, el cual nos acecha para hacernos pagar por nuestras propias fechorías (Saw, 2004) o por las de nuestros antepasados (Silencio desde el mal, 2007). En Insidious, es la coyuntura de ambos casos la que forma una trama que, además, gracias a su interés por mirar(se) en la historia cinematográfica del terror, desemboca en un compendio ejemplar de esa preocupación por el pasado de la que hablábamos.

El tiempo (o, más concretamente, su incesante fluir) es el enemigo principal de Josh Lambert (Patrick Wilson), a quien Wan y Whannell no dudan en retratar en los primeros momentos de la película luchando contra él en sus apariciones más humanas y cotidianas (una cana en el pelo que él se empeña en arrancar, la crema que se coloca en la cara para evitar las patas de gallo que surgen con la edad…) Estos dos apuntes, aparentemente fútiles, no hacen sino marcar las pautas del objetivo final del camino que nuestro protagonista está a punto de enderezar: superar su complejo de Peter Pan al enfrentarse a una maldición que llega desde su pasado para afectar a su futuro (personalizado en su hijo). No en vano, mirar al pasado es muy a menudo una puerta al horror, ya sea por el recuerdo de malas vivencias o por la nostalgia que genera la lejanía de algunas felicidades ya inasibles.

Para ello, como apuntábamos en el inicio, Wan y Whannell echan la vista atrás para recuperar diferentes estilos y subgéneros del terror; mirando hacia los antecesores para seguir adelante, superando los obstáculos del presente y enfrentándose a ellos para llevar al terror a un nuevo lugar, entre su pasado y su futuro, en nuestro presente. Insidious es, ante todo, una carta de amor al género. Un ejercicio matemático y calculado de los procesos del terror en tres de sus subgéneros temáticos; no en vano, la película está dividida en tres partes que, de manera exacta, duran media hora cada una. En el primer tercio jugamos bajo las normas de las películas de casas encantadas: una familia se acaba de mudar a su nuevo hogar y extrañas apariciones se suceden una tras otra. En este primer fragmento, Wan explora el escenario sobrevolando el espacio de manera fluida, como si fuese ese espíritu que ha invadido el hogar de los Lambert, posándose en picados, contrapicados, paneos por las estancias y anamórficos que confieren una presencia física, consciente e incluso personal al lugar. Wan confiere a la casa el estatus de personaje.

El segundo tercio se inicia con el traslado que llevan a cabo los Lambert ante la imposibilidad de solventar algo que se escapa a su racionalidad. Esta toma de decisión, de un pragmatismo que escasea en las películas del género, es una apuesta de director y guionista al hacer entroncar las reglas del juego con su vuelta de tuerca. Wan y Whannell hacen que sus personajes actúen bajo los paradigmas del espectador del siglo XXI (nunca una película de terror puso tanto énfasis en el encendido de todos los interruptores al paso de su protagonista, porque pocos personajes se movieron bajo el deseo de quien pretende pasar sobre ciertos convencionalismos desde el conocimiento del medio) y ante ese cambio en las expectativas del espectador introducen una nueva variable que convierte a Insidious, en su segunda parte, en una película de exorcismo del poltergeist. El objeto sobre el que pivota el sexo de Insidious ya no es la casa, sino un niño, por lo que el exorcismo se llevará a cabo sobre él, aunque el método usado será lo que, en su hora de metraje, llevará a la película a su último escalón.

Pues es tras la confesión del pasado oculto, tras la revelación de todo lo que antaño fue, que Wan y Whannel dejan fluir su lado más creativo y arriesgado, a costa de perder a sus espectadores más clásicos. Con cierto regusto estético de los giallos italianos y retomando la figura del ser supernatural que controla al ser humano (algo que también se filtra en las anteriores películas del dueto director-guionista) Insidious propone un final de enfrentamiento contra el miedo, contra la eterna facilidad de cruzarse de brazos por no tomar el riesgo de sostenerse sobre una baldosa falsa. Tras una última media hora de fantasmagorías, de espíritus muertos que desean regresar a la vida, Wan y Whannel luchan con su personaje para mantenerse firmes en su deseo de propuesta sui generis. No obstante, igual que le ocurre a su personaje, Insidious sufre la posesión del espíritu de quienes estuvieron antes y ya no están, que pugnan por seguir presentes aunque sea referencialmente en un margen de la foto. Al fin y al cabo, insidioso es aquello que «bajo una apariencia benigna, oculta gravedad suma». No estamos ante una película de terror más, estamos ante un manifiesto insidioso del género.